Suicidio: problema estructural

Se reveló que el número de casos creció a 7 mil 818.

Es popular la cita “Lo que  no se define no se puede medir,  lo que no se mide, no se puede mejorar (…)”, atribuida al físico y matemático británico William Thomson, conocido como Lord Kelvin. Pero, no obstante la moraleja, algunos problemas sociales sí se definen, sí se miden, pero no se resuelven. En México, tenemos al Inegi, una excelente Institución que cuenta y mide, y tiene un alto grado de confiabilidad pública, pero diferentes problemáticas que mide no se resuelven, la razón más común es la falta voluntad política de quienes gobiernan, pero no es la única, a veces hay voluntad y no hay recursos, tal es el caso del suicidio, que, si bien es cierto, no es comparable con la proporción de  crecimiento del número de desapariciones forzadas, sigue creciendo año con año.

Pero no sólo eso, sino que es un problema que enfrenta  una fuerte estigmatización, y por lo mismo puede estar siendo mal diagnosticado, a su vez, esto puede estar impactando de forma diferenciada a las personas  dependiendo de su condición social, etaria o laboral, tal y como se puede demostrar con los datos publicados durante 20 años por el Inegi.

El incremento de suicidios se visibilizó contundentemente desde el año 2006, cuando  el Inegi publicó un documento con cifras pormenorizadas. En ese entonces, ocurrieron 4 mil 277 suicidios (3 mil 563 hombres y 713 mujeres). En números absolutos, el Estado de México (340), Ciudad de México (329) y Jalisco (330), tuvieron el mayor número de casos. Le siguieron Chihuahua (253) y Veracruz (228).

El grupo de los jóvenes de 15 a 24 años encabezó el número de víctimas con 1, 213, y le siguió el de adultos de 25 a 34 años con 1, 095. Entre las personas que tenían sólo instrucción primaria y secundaria sumaron 2 mil 908, es decir, casi una tercera parte. Las actividades a las que se dedicaban las víctimas: 651 eran trabajadores agropecuarios, 694 artesanos, 470 trabajadores administrativos, 266 comerciantes, y, 1,137 no trabajaban. De estos datos podemos concluir que el número de víctimas hombres fue cinco veces más que el de mujeres,  que el mayor número de víctimas tenía menor instrucción educativa; que más víctimas eran personas que no tenían trabajo; o  que, sí tenían, pero con ingresos precarios; y, que la edad más vulnerable fue de entre los 15 y 24 años.

Pasaron 14 años y, a partir de las estadísticas de mortandad, se reveló que el número de casos creció de 4 mil 277 a 7 mil 818 (bajo el rubro de “lesiones autoinfligidas”). De éstos, 6 mil 383 fueron hombres y 1,427 mujeres. El grupo de 18 a 29 años de edad representó la tasa de suicidio más alta: 10.7 decesos por cada 100 mil personas; los estados con mayor porcentaje fueron Chihuahua, Aguascalientes y Yucatán. Hasta esta fecha, tal y como se observa, los datos son semejantes, pero, cuatro años después, en 2024, aunque la cifra volvió a subir: 8 mil 856 (lo que equivale a una tasa de 6.8 por cada 100 mil habitantes contra el 6.2 del 2020 y 5.1 del 2014), y la proporción de hombres y mujeres siguió siendo semejante a los otros años (2.6 por cada 100 mil mujeres y 11.2 por cada 100 mil hombres), hubo una gran diferencia: el grupo más vulnerable ya no fue el de jóvenes, sino el de adultos de 30 a 44 años (10.7), y, aun cuando le siguió el de jóvenes de 15 a 29 años (10.2), sería muy importante conocer ¿cuáles son los factores que determinaron este cambio?

La persona que se suicida es una persona que sufre, derivado probablemente de problemas de salud física o mal funcionamiento de los mecanismos de regulación nerviosa, pero también por el impacto de factores sociales externos a la persona: carencias, situación económica, estrés laboral, desigualdades, etcétera.

Tener un diagnóstico certero del problema puede ayudar a generar acciones eficaces para frenar a tiempo su crecimiento, pero, sobre todo, para erradicar la estigmatización del suicidio, que impide que  las personas puedan buscar apoyo cuando lo necesitan.

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