La fábrica de la inteligencia

Ricardo Peraza
Editorial
Hay números que deberían provocar una reunión de gabinete. En el primer semestre de 2026, las exportaciones mexicanas de equipo de cómputo rondaron los 83 mil mdd y, por primera vez, superaron a las automotrices. Detrás del dato hay algo bastante más interesante que una buena noticia comercial; México se está convirtiendo en una de las fábricas de la infraestructura que necesita la IA Mientras discutimos qué empleos destruirá ChatGPT, una parte considerable de las máquinas que permiten que esa revolución exista está saliendo de plantas instaladas en nuestro país.
Conviene dimensionarlo. Durante más de medio siglo el automóvil fue una especie de certificado de mayoría de edad para la industria mexicana. Aprendimos a ensamblarlo, fabricar sus componentes y a integrarnos en una de las cadenas productivas más sofisticadas del planeta. Que otra categoría pueda superar sus exportaciones no significa que el automóvil haya dejado de importar, sino que algo nuevo está ocurriendo a una velocidad extraordinaria.
La IA parece inmaterial porque la vemos aparecer en una pantalla. No lo es. Cada pregunta que hacemos, cada imagen generada y cada modelo entrenado necesita una infraestructura física gigantesca. La nube, pese al nombre, pesa toneladas. Y una parte creciente de ese hardware se está fabricando en México.
Tenemos varias ventajas que no inventamos ayer. Treinta años de integración con EU dejaron cadenas de suministro, infraestructura logística, conocimiento manufacturero y una cultura industrial difícil de improvisar. A ello se sumaron el T-MEC, la rivalidad tecnológica con China y la necesidad de EU de reducir algunos riesgos de sus cadenas asiáticas. La geografía esta vez juega a nuestro favor. El problema es que confundimos participar en una revolución con liderarla.
México puede convertirse en uno de los grandes fabricantes mundiales de servidores y seguir capturando una fracción pequeña del valor que genera la IA. Porque en las industrias tecnológicas el mayor valor rara vez termina en quien aprieta el último tornillo. Se concentra en quién diseña el componente, registra la patente, desarrolla el software, controla los datos, crea el modelo o construye la empresa que encuentra una nueva manera de utilizarlo, como Apple
Sus productos podían ensamblarse a miles de kilómetros de California sin que ésta perdiera el control del negocio. México debería mirar ese principio con atención. Nuestro éxito industrial ha descansado durante décadas en una fórmula eficaz: fabricar bien, cerca del mercado más grande del mundo y a costos competitivos. Esa fórmula nos convirtió en potencia exportadora, pero también generó cierta comodidad.
La IA ofrece la oportunidad de cambiar esa conversación. No se trata de abandonar la manufactura para convertirnos en Silicon Valley, sino de utilizar algo que ya tenemos para construir aquello que todavía nos falta. Si los servidores están aquí, alrededor de ellos deberían aparecer proveedores tecnológicos mexicanos, laboratorios universitarios, empresas de software, especialistas en ciberseguridad, diseñadores de componentes y emprendedores capaces de encontrar aplicaciones de IA para industrias en las que México ya posee conocimiento.
Ahí aparece una palabra menos seductora que IA, pero bastante más importante: educación. Podemos atraer una fábrica con incentivos fiscales. No podemos improvisar diez mil ingenieros, pero sí construir un parque industrial en pocos meses. Formar científicos, matemáticos y desarrolladores requiere años. Y si nuestra capacidad educativa no crece a la misma velocidad que nuestra capacidad manufacturera, llegará un punto en que el principal límite para aprovechar esta oportunidad no estará en EU ni en Beijing, sino en nuestras propias universidades.
Después viene la infraestructura. La IA consume cantidades enormes de electricidad, conectividad y, en muchos casos, agua para refrigeración. Los inversionistas que decidirán dónde colocar los próximos miles de millones no sólo preguntarán cuánto cuesta un terreno o cuánto tarda un camión en llegar a Texas. Preguntarán si habrá energía suficiente dentro de 10 años, si la red eléctrica es confiable, si existen ingenieros disponibles y si las reglas sobrevivirán al siguiente gobierno. La política industrial del siglo XXI será, inevitablemente, política energética, educativa y regulatoria.
Lo fascinante es que esta vez México no llegó tarde. En la primera revolución digital fuimos consumidores. Compramos computadoras diseñadas fuera, utilizamos plataformas creadas fuera y entregamos nuestros datos a compañías construidas fuera. Cuando quisimos participar en la conversación, buena parte de los gigantes tecnológicos ya existían.
Con la IA todavía se están repartiendo las cartas y México tiene una bastante buena. No necesitamos convertirnos en EU, China o Taiwán. Necesitamos dejar de medir nuestro éxito exclusivamente por el valor de lo que cruza la aduana y comenzar a medir también cuánto conocimiento mexicano viaja dentro de cada producto.
Durante décadas aprendimos a fabricar para el mundo. Lo hicimos extraordinariamente bien. Esa capacidad nos ha colocado, casi sin proponérnoslo, en medio de la transformación económica más importante de nuestra generación.
Los servidores ya están aquí. Las fábricas también. Ahora viene la parte verdaderamente difícil: lograr que el siguiente gran producto mexicano no solamente salga de una planta. Que salga de una idea.