Las encuestas no gobiernan, ni los likes votan

Ricardo Peralta Saucedo

Ricardo Peralta Saucedo

México correcto, no corrupto

Una encuesta puede ayudar a elegir a quien encabece una campaña. Mide conocimiento, aceptación, rechazo y competitividad. Pero no puede determinar, por sí sola, quién sabrá conducir un gobierno. Confundir popularidad con capacidad pública es un riesgo rumbo a 2027.

Morena enfrenta el desafío natural de todo partido que ha crecido, gobierna y procesa una diversidad cada vez mayor de aspiraciones. Las nuevas coordinaciones estatales y las diferencias entre aliados abren una discusión legítima sobre la selección. No se trata de descalificar las encuestas, sino de reconocer sus virtudes y sus límites.

La encuesta significó un avance frente a prácticas que durante décadas marcaron al sistema político mexicano. Obliga a mirar fuera de los acuerdos de escritorio, reduce el peso del dedazo y permite escuchar a una sociedad que no siempre participa en las estructuras partidistas. Puede descubrir liderazgos, corregir percepciones internas y evitar candidaturas definidas exclusivamente desde las cúpulas.

Pero toda encuesta es una fotografía, no una biografía. Registra una percepción en un momento específico; no necesariamente mide experiencia, preparación, conocimiento territorial, capacidad administrativa, integridad, formación de equipos o habilidad para construir acuerdos.

Suelen confundirse tres conceptos: popularidad, competitividad y capacidad de gobierno. Alguien puede ser conocido sin ser competitivo; competitivo sin estar preparado para gobernar, o un servidor público extraordinario puede no haber construido aún suficiente conocimiento electoral.

Hay, además, un cuarto elemento: la continuidad de los procesos de transformación que dan resultados. Donde existen avances verificables, gobiernos transparentes y administraciones honestas, la sucesión exige preguntar quién puede preservar el legado, profundizar lo alcanzado y evitar que el cambio político interrumpa lo que costó años construir. Continuidad no es inmovilidad ni herencia del poder: es responsabilidad con los resultados.

Ahí reside la responsabilidad de los partidos. No basta con preguntar quién puede ganar una elección, sino quién puede gobernar al día siguiente. ¿Conoce su territorio? ¿Ha administrado recursos y tomado decisiones difíciles? ¿Puede integrar equipos competentes, dialogar con sectores distintos, enfrentar una crisis y comprender qué debe transformarse y qué merece conservarse?

Ninguna gráfica responde por completo esas preguntas.

También importa cómo se construyen los números. Morena ha desarrollado mediciones propias y ejercicios espejo para dar mayor certeza a sus procesos. Transparentar resultados puede fortalecer ese modelo: la transparencia no debilita una decisión legítima; la fortalece.

Las diferencias entre aliados tampoco deben leerse necesariamente como fracturas. Las coaliciones reúnen organizaciones con historia, militancia y responsabilidades propias. Con reglas claras, mediciones verificables y diálogo político, las diferencias pueden convertirse en acuerdos. La unidad no consiste en eliminar la discusión, sino en saber procesarla.

Y hay algo que ninguna metodología estadística sustituye: el oficio político. La política comienza donde termina la encuesta: reconocer a quien obtuvo respaldo sin excluir a quien quedó atrás; integrar capacidades, recorrer el territorio, escuchar, negociar y convertir una competencia interna en un proyecto colectivo.

Morena tiene razones para defender las encuestas. Son una herramienta democrática frente a los mecanismos discrecionales del pasado. El siguiente paso no es abandonarlas, sino complementarlas con trayectoria, preparación, honestidad, resultados, conocimiento territorial y capacidad de gobierno.

En 2027 México necesitará candidaturas competitivas, pero, sobre todo, gobernantes capaces de transformar lo pendiente, preservar lo conseguido y profundizar lo que ha funcionado.

Las encuestas ayudan a elegir. Las encuestas no gobiernan.

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