Jesica: las muertes que sí se cuentan

Se ha convertido en la madre del movimiento

Los rostros de enojo, combatividad, determinación y, ¿por qué no?, de miedo se hicieron presentes en el mitin de habitantes de Delicias, Chihuahua, el pasado sábado 12 de septiembre a las 13 horas alrededor de la glorieta de El Reloj. Ese espacio, delante de las oficinas de gobierno del municipio, se convirtió, durante largo rato, en el escenario donde centenares de ciudadanas y ciudadanos hicieron patente su rebeldía a lo que estaba ocurriendo en la presa La Boquilla, a unos kilómetros de esa plaza pública.

Numerosos manifestantes mostraban carteles con el rostro de Jessica Silva, la mujer asesinada por efectivos de la Guardia Nacional, días antes. Rezaba el cartel: “Me uno a mi pueblo, me uno a mi estado y me uno a tu familia”. La frase hiela la sangre: Jessica se funde en el espíritu de la época. Se ha convertido en la madre del movimiento, el espíritu que guía las acciones de todos. Imposible no pensar en otro ser que, con su muerte a manos de las fuerzas de orden, también se convirtió en símbolo de una lucha: Floyd George, el afroamericano asesinado a manos de policías de Minneapolis, en el estado de Minnesota, Estados Unidos.

Son las muertes que sí se cuentan en este mundo y en el otro. A diferencia de las muertes por covid-19 en México, donde dicen los que saben que son tres veces más de las reportadas (70 mil x 3), la muerte de Jessica está siendo revivida, reportada y comentada todos los días. Jessica se niega a desaparecer tan fácilmente. Es, ya, un símbolo de la resistencia de un pueblo contra la tiranía de un gobierno que no ve ni escucha ni oye a su pueblo y su dolor.

La muerte de Jessica es, sin duda alguna, producto de un asesinato premeditado de la Guardia Nacional. Su muerte es prueba de que esa institución de seguridad pública es militar, no policiaca. Los militares siempre disparan primero, y después preguntan. La policía, cuando es entrenada, siempre pregunta primero, y después se defiende, cuando sea necesario. La policía sin entrenamiento ni pregunta ni dispara: pide mordida.

  • En el caso de Jessica, dispararon primero, para luego averiguar cuál era su pecado.

Pero la razón de fondo estriba en otro lado. Está en el corazón de piedra de un Presidente que no negocia, nunca, pensado que la negociación es cosa de débiles y de menesterosos que no saben lo que quieren. En cambio, el Presidente mexicano se considera a sí mismo como infalible: siempre tiene la razón. Sus palabras, por tanto, son órdenes a los suyos. Cuando señala a un personaje o un movimiento, es la instrucción a los suyos: ataquen. Cuando ataca a Krauze y Aguilar Camin, Paco Ignacio Taibo, siempre complaciente con el poder como las hordas fascistas, exige su salida del país. Cuando dice que el movimiento en defensa del agua en Chihuahua es de sus detractores políticos, Conagua se niega a resolver el conflicto y manda a la Guardia Nacional con órdenes de disparar, si es necesario.

El pueblo que reclama la muerte de Jessica objeta el autoritarismo y define una línea en el suelo que no estaba antes. En el legado histórico de este gobierno, habrá un antes y después de la muerte de Jessica Silva. Ya es un gobierno con la sangre del pueblo en sus manos. El debate nacional, reflejado en ese microcosmos de una presa chihuahuense, es entre autoritarismo y represión o libertad y democracia.

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