Las encuestas empezaron a fluctuar a días de que se llevara a cabo la segunda vuelta electoral en Brasil. Se vio una reducción considerable en la brecha electoral. La diferencia entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro era de 1 o 1.5 por ciento. Prácticamente, consistía en un empate técnico. El juego estaba para cualquiera, pero con una pequeña tendencia a la derecha.
Fueron dos semanas de campañas, declaraciones y un debate acalorado después de la primera vuelta. No había tiempo. El margen de maniobra era pequeño. Haber ganado o perdido por una diferencia de 2% no significaba nada. La presión se sentía de ambos lados. El futuro del país sudamericano dependía de dos opciones no muy buenas, pero eran las que actualmente sólo existían para decidir. Los factores externos importaban. Las manos de potencias extranjeras estaban influyendo en la segunda vuelta.
Brasil se convirtió en la sensación no sólo de América Latina, sino también del mundo. Todos los ojos estaban puestos en cómo quedarían los bastiones ideológicos de toda la zona. Medios, redes sociales y personajes importantes tomaban a su favorito, como también, al candidato más relevante. Era una guerra de comentarios, declaraciones, números, afirmaciones y mentiras. Era la extrema derecha contra una izquierda progresista-populista. Era un cuarto mandato contra el regreso del apellido Bolsonaro.
El 25 de octubre se tenía que elegir al hombre que se encargaría durante los próximos cuatro años de tomar las riendas de Brasil y desarrollar su progreso tal como está marcado en su bandera. Uno de los candidatos tenía que sacar 50% del balotaje. Se fue una primera vuelta. Llegaba la segunda. La fiesta electoral más importante del país marcaría un hito histórico. Todo el electorado estaba obligado a votar. Había mucho en juego. Podía surgir una remontada. Por ahí se habló de una posibilidad. Todo dependía de los sufragios y los votantes. Los municipios, las regiones y las zonas podían marcar una diferencia según cómo se tiñeran de color: azul o rojo.
Así pues, Brasil decidió su futuro este pasado domingo. La elección caminaba bien, pero por cuestiones de transporte y logística, se pidió prolongar la votación por otras dos horas más: de 17:00 hasta las 19:00 horas. La determinación fue tomada con toda atribución por parte del exabogado de Lula da Silva y actual ministro del Supremo Tribunal Federal, Cristiano Zanin. Era un hecho sin precedentes. Nunca se había realizado o tomado una decisión así.
Dos horas se prolongó la votación. Se cerraron los balotajes. Se causó un estallido de rumores, fraude y golpe de Estado. Los minutos fueron pasando. Los resultados iban llegando. Los números estaban parejos en un principio. Hubo una o dos remontadas de ambos lados. Después, Lula da Silva se fue arriba. La diferencia se impuso. Fueron cuatro millones votos los que separaban a los candidatos. El norte, noreste y sureste le dieron la victoria a Lula. La remontada y la paliza eran contundentes. La polémica sobre la prolongación de la votación dio sólo 35 mil votos más. La derrota es más que obvia.
Lula da Silva va por su cuarto mandato presidencial remontando en una elección histórica. Compartirá el poder con un Congreso conservador. No será fácil. Sin embargo, no hay pretextos. El brasileño lo eligió de nuevo. Se prefirió el progresismo y las promesas populistas.
Flávio Bolsonaro pasará a la historia como un perdedor. Se escapó a Estados Unidos.
Brasil tiene que pasar página. Hay mucho trabajo que hacer.
