Requiescat in pace, Franciscus

Se fue de este mundo el sucesor de San Pedro, el Santo Padre, el hincha de San Lorenzo de Almagro, el argentino, el jesuita, el hombre que buscó la paz, el misericordioso, el guadalupano, el hombre de buena fe, el hombre que quiso transformar a la Iglesia católica. Se fue ...

Se fue de este mundo el sucesor de San Pedro, el Santo Padre, el hincha de San Lorenzo de Almagro, el argentino, el jesuita, el hombre que buscó la paz, el misericordioso, el guadalupano, el hombre de buena fe, el hombre que quiso transformar a la Iglesia católica. Se fue el papa

Francisco. Se fue Jorge Mario Bergoglio a los 88 años de edad después de un papado de 12 años. Se fue el líder de los católicos y de la religión más importante en la historia.

Su muerte se convierte en la noticia principal en el mundo y la más importante en días. El mismo cónclave es parte de su final y de un nuevo comienzo para los católicos. Aunque haya guerras, conflictos militares u otros problemas internacionales, su deceso se posiciona como el centro de la información que todo periodista quiere cubrir. Es un enigma. Es un símbolo. Es un emblema único.

Su muerte es debatida y comentada por feligreses, ateos, herejes, políticos, creyentes, no creyentes, etcetera. Su muerte se transforma en un evento global que junta a masas y encapsula todo tipo de oraciones que tienen como destino el corazón y la principal sede de los católicos: El Vaticano.

Nos guste o no, la muerte del Papa nos atrae y nos hace sentir “un algo” por su partida. Es ese hombre que, aunque no lo hayamos visto en persona o no sea realmente alguien que mucho nos importe, su muerte genera una reacción automática en nuestros sentimientos y pensamientos. Su figura se incrusta en nuestra cultura, en nuestro ser, en nuestro desarrollo como personas, en nuestra sociedad y en nuestro México. Al final, el catolicismo es parte íntegra de nuestras tradiciones. Nadie lo puede negar.

La muerte del papa Francisco enumera grandes pasajes religiosos, políticos y humanitarios de su gestión como líder del Vaticano. Su función como Papa se basó en querer transformar o reformar una iglesia católica hundida en la ideología conservadora, en la burocracia y en los lujos.

Si bien no lo logró y nunca quiso dar más de dos pasos hacia adelante, sí hizo estremecer a muchos dentro y fuera de la Santa Sede. Como Papa, fue un político que alzó la voz cuando lo vio necesario, pero también calló realmente en las injusticias de las autocracias y las dictaduras. Quiso posicionarse de un lado, pero mejor prefirió jugar al neutralismo. Fue un hombre de paz. Fue un hombre que viajó a países donde ningún Papa se había atrevido a pisar suelo. Fue viajero. Entendió que el catolicismo, si bien no estaba en extinción, sí necesitaba una nueva proyección o imagen que atrajera a los que dejaron la religión o no creían ya en la iglesia católica.

Ambicionó ser un Papa progresista dentro de un mundo lleno de secrecía, hipocresía, tradiciones, mafia y obscurantismo. Su progresismo lo llenó de enemigos, pero también de seguidores. Dio pasos que ningún sacerdote, cardenal, arzobispo o papa se hubiera atrevido a dar.

Pretendió ser rígido en la administración hacendaría y en los temas que más han manchado al Vaticano por décadas.

Su muerte se entrelaza con el año del Jubileo de la iglesia católica, con la conmemoración de la fundación de la ciudad de Roma y con la resurrección de Jesús de Nazaret.

Se va el jefe de Estado, el líder religioso y el político que no parece político. Se va la voz de Jesucristo en la tierra. Se va un Papa que no alcanzó a ver la paz en Ucrania y en Palestina. Se va un Papa que no pudo reformar a una iglesia que realmente lo necesita. Se va un Papa que deja huella.

Requiescat in pace, Franciscus.

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