El retrato de María Félix, de Diego Rivera, apareció en Ni tú ni yo

Addis Tuñón

Addis Tuñón

El fama-sutra

Bienvenidos sean, mis sensuales famalovers. Como saben, aquí somos libres de humo, no nos reservamos el derecho de admisión y analizamos a los famosos en todas las posiciones.

Ser comentarista de espectáculos implica, entre otras cosas, el privilegio de estar en las primeras filas de los mejores shows que se ofrecen en la ciudad. Gracias a De primera mano, programa en el que trabajo desde hace cinco años en Imagen Televisión, soy —al igual que mis compañeros— considerada para las noches de estreno, revelación de placa y clausuras. Con el paso de los años, tanto ver y comparar me ha permitido edificar un criterio sobre la calidad de lo que veo y, por ende, emitir la reseña o crítica hacia un público que confía en nuestra recomendación o advertencia.

Cada cabeza es un mundo: lo que a mí me parece maravilloso, a mis colegas les puede dar sueño. Para fortuna de quien nos ve o nos lee, casi siempre pensamos diferente y cada quien expone sus argumentos para defender o, de plano, alertar sobre el espectáculo en cuestión.

Hace meses, el accidentado y, debería decir, empecinado estreno del musical Ni tú ni yo me voló la cabeza. Habían perdido la batalla contra el heredero de Juan Gabriel, quien al no poder negar los permisos para la interpretación de los éxitos del Divo de Juárez, decidió jugar sucio y pagar quién sabe cuánto para boicotear el estreno. Cuando el Codere y el Pepsi Center prefirieron pagar la penalización por negarles el acceso a sólo horas del estreno, la neta, me hirvió la sangre. No soy parte del staff ni reparto los programas, pero cuando el poder estrangula al derecho, hay que señalarlo.

Ni tú ni yo logró salir en un improvisado y semiclandestino escenario sólo para amigos y prensa. No sólo tuvieron que cambiar el título; también la historia, que inicialmente aludía al cantante. ¿Resultado? Se veía parchada, como cuando en los años 80 se te rompía la cinta del casete, la pegabas con cinta adhesiva y la canción pasaba por un bache del que jamás se recuperaría. Sin embargo, habían burlado al villano. Mi reseña, entonces, fue positiva.

El fin de semana, Ni tú ni yo abrió el telón. Esta vez sí hubo venta de boletos y teatro. Solo fueron dos fechas, pero ya era real. Lisset fue un ente amorfo; Ernesto D’Alessio demostró que no nació para amar, Michelle Rodríguez no tuvo dinero ni nada que dar, Jass Reyes debió hacerlo todo por amor, y el tenor Carlos Alberto Velázquez nos arrancó lágrimas abrazándonos muy fuerte. El Teatro Metropólitan tuvo sold out y, en general, la gente se veía contenta.

Como una obra de teatro debe aspirar a una temporada y no sólo a dos fechas, aquí mi crítica: acortaron la obra, pero sigue siendo muy larga. Hay números (identifiqué tres participaciones) que no suman nada y parecen más un compromiso. Tuvieron tiempo para ajustar el guion y lo dejaron igual. Hubo momentos donde se notó el playback; es decir, no todos cantaron en vivo, y en un musical eso es terrible. Igualmente, es imperante que haya una orquesta en vivo; sigo dudando que la hubiera.

Producir no son enchiladas. Por ello, son pocos y muy admirables los productores teatrales que actualmente enriquecen la cartelera. Debo decir también que toda puesta requiere correr con público varias veces para ajustar tiempos y efectos, y Ni tú ni yo no ha tenido esa oportunidad.

Ustedes ya me van conociendo: tengo ojo fisgón, pero crítica de corazón, y esta obra tiene alma. Su gente, sus inversionistas y los actores creen en ella. Se la han rifado y han luchado por defender su derecho a estar. Ese viernes en el Metropólitan el aforo no era sólo público: fuimos la resistencia. El basta a la censura, el aplauso a los idealistas y la ovación (que sí la hubo) a Juan Gabriel y a su gran legado.

Ya sé, parece que terminé, pero no. Ahí les va el chismecito. Resulta que invité a mi amigo, el empresario y exrepresentante de Juan Gabriel, Eugenio Martínez, al estreno. A mi llegada, los compañeros de la prensa no lo reconocieron, ya que ha dado muy pocas entrevistas, la última fue a Gustavo Adolfo Infante hace año y medio.

Luego de cuestionarme por Imelda Tuñón, les dije quién era el señor rubio que me acompañaba, así que lo convencimos de hablar. Para acabar pronto, Eugenio reveló que viene otra temporada tras el éxito de la docuserie de Juanga, Debo, puedo y quiero, y soltó lo que creo fue una bomba: afirmó ser el propietario legítimo del cuadro original de María Félix, el cual tiene en una de sus mansiones, notariado y registrado ante el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). ¡¡¡Traka!!!

Se había dicho que un colaborador del exgobernador de Chihuahua, César Duarte, lo tenía; que el último avalúo era de cinco millones de dólares y que Iván Aguilera sostenía una disputa legal para recuperarlo. Yo sé que Eugenio no tiene por qué alardear ni, mucho menos, mentir. Quien dude de la cercanía que Martínez tuvo con el Divo es porque no ha visto lo que yo. Si mi amado Eugenio algún día decide abrir su caja de Pandora, estaré en primera fila. En tanto, agradezco que nos diera la nota.

De todos los cuadros que le pintaron a La Doña, mis favoritos son Nuestra Señora del Apocalipsis de Sylvia Pardo y Caja de cristal de Bridget Bate. Sin embargo, el retrato de María Félix tiene algo que me hace amarlo: es un sobreviviente a la censura. La libertad del pintor fue profanada con pintura blanca; pese a ello, y gracias a eso, esa obra es la más famosa y buscada.

Hay obras perfectas y pinturas perfectas. Y hay sueños que pelean por ver la luz. Corazones valerosos que con un pie pisan el escenario y con el otro patean al boicot. Ni tú ni yo es eso. Guardando las distancias, el retrato de María es eso. Este viernes, dos prófugos de la censura tuvieron reflectores.

Ultimando mi reseña: el arte es rebelión. Creo que en Ni tú ni yo tienen la pasión y los elementos para mejorar la obra. Que disfruten de una emocionante semana y recuerden: ¡todos somos un retrato desnudo a censurar, por lo menos, en la memoria de alguien!

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