Por razones que no voy a explicar aquí estuve tomando algunos vuelos al interior de la República a bordo de las aerolíneas de bajo costo. Puedo dar fe de un funcionamiento adecuado, con horarios que casi siempre son respetados, y que logran obtener ganancias limitando las prestaciones a los pasajeros, argumento por completo entendible y que coincide con las líneas análogas en Europa. Se limita la capacidad de llevar equipaje libre de cargo, los alimentos y las bebidas se venden a bordo, y prácticamente no hay pantallas o acceso a internet. A cambio de eso se ofrecen tarifas que le permiten viajar a un mayor número de personas, lo que resulta francamente plausible en una sociedad que pretende ser cada vez más democrática.
Mi observación gira en torno a un asunto que podría mejorar a corto plazo y con un esfuerzo mínimo por parte de las empresas, las dos con la letra V al inicio de su nombre.
En alguno de los vuelos me senté en las primeras filas de asientos, de forma que pude apreciar con detalle la preparación que hicieron las y los sobrecargos para la venta de comida y bebidas, y mi sorpresa fue mayúscula al ver que prácticamente toda la oferta comercial está compuesta por alimentos y bebidas pletóricos de ultraprocesados y bebidas con jarabe de alta fructuosa. Me di a la tarea de revisar con detalle, en el caso de las dos aerolíneas, la carta en la que están por escrito tanto los productos individuales como los “paquetes” de alimento y bebida ofrecidos con un precio más bajo que si se compran por separado. Igualmente, la mayoría de la oferta comercial con un excedente enorme en calorías de las más dañinas y como mencioné con una cantidad enorme de ultraprocesados, inclusive utilizan un sistema de calentamiento de agua para poder ofrecer unas sopas de estilo oriental, con un olor, a mi juicio, muy desagradable, pero que se reconstituyen al instante con la adición de agua a punto de ebullición. En alguno de los vuelos que tomé tenía hambre, porque no alcancé a comer a la hora acostumbrada, y no pude comprar nada por la cantidad de calorías y tóxicos que representaba. Exclusivamente pude comprar una botella de agua mineral, pero no había nada medianamente saludable. Con mucha discreción me atreví a ponderar, sólo con la mirada, la composición corporal de algunos miembros de la tripulación y pude ver que en algunos casos tenían evidencia de sobrepeso u obesidad; como médico que soy, y con una mirada entrenada para apreciar detalles clínicos, me atrevo a decir que con un pequeño porcentaje de error. Desde luego, también pude ver que algunos miembros de dicha tripulación traían envases con evidente comida de casa, pero algunos otros consumían los alimentos ofertados por la aerolínea.
Desde luego, como dije al inicio, aplaudo el enorme empuje empresarial que significa tener en México aerolíneas de bajo costo, y les deseo la mejor de las suertes para que más mexicanos podamos seguir viajando a costos razonables, pero también reconozco que existen áreas en las que es indispensable la mejora, en consonancia con los objetivos estatales de la prevención de enfermedades degenerativas como la diabetes y la hipertensión, cuya aparición está ligada a este tipo de alimentos y bebidas. Espero que dejen de engordar a sus pasajeros y pasajeras.
