Con las manos en la red

Ya lo planteaban quienes han analizado y estudiado con detenimiento la trascendencia de las palabras y, sin duda, de la imagen, en una época como la nuestra en la que un mínimo gesto puede quedar capturado en la memoria de un dispositivo electrónico que se tenga al alcance. Así se presenta una tensión cada vez más compleja entre la memoria y el olvido que apenas estamos logrando asimilar.

No hay palabra o mirada que pueda pasar inadvertida para quien, por medio de un teléfono celular –por decir una de tantas posibilidades–, busque “capturar” el preciso instante en el que una acción puede adquirir una dimensión que, quizá, no se podía imaginar. O, en el peor de los casos, un alcance que aparentemente no tendría la menor importancia o trascendencia. Y, sin embargo, allí están los registros sonoros y los videos que se mantienen como una constancia de algo que será observado, valorado y juzgado por quienes ni siquiera saben de la existencia del o la protagonista de esa “historia”. Tal vez, con un poco de “suerte” o con un guiño del infortunio, algo que pareciera insustancial adquiere una relevancia que no se puede contener entre las manos. Así, se pueden reconocer acciones que nos hablan acerca de lo más valioso del ser humano como la solidaridad, la bondad, la justicia y que han llegado a nosotros gracias a la mirada de quien, en el momento oportuno y en medio de lo cotidiano, entendió que hay quienes aún mantienen viva esa esperanza de una sociedad en la que existen personas que inciden de manera positiva en su entorno. Sin embargo, hay otras tantas imágenes que expresan todo lo contrario y que, para desgracia de quienes protagonizan esas imágenes, resulta difícil que se olviden con la facilidad de antaño.

Hace algunos años, era habitual escuchar la referencia a los tiempos líquidos, ese término del cual nos habló Zigmunt Bauman en muy diversos libros en los que analizaba la dimensión del tiempo y una cierta trivialización de los temas importantes y trascendentales en una época en la que, a fin de cuentas, se ha apostado por la superficialidad y el olvido, lo cual, sin duda, ha trastocado nuestra manera de comprender la realidad y el vínculo que mantenemos como seres humanos. Quizá por ello, actualmente nos enfrentamos a una suerte de juicios sumarios –en su dimensión virtual– que, a su vez, han generado una serie de reacciones que no son aspectos menores en ciertos ámbitos y que, a pesar de su fugacidad, no pueden olvidarse.

Quizá ese mal momento que fue captado por una cámara o un micrófono tan sólo es el resultado de un mal “momento”, de una pésima ocurrencia o de un simple “arranque” de pésimo humor, tan propio de nuestra condición humana. El problema es cuando ese breve instante alcanza un eco a través de los diferentes medios de comunicación y las redes sociales, y queda expuesto a la mirada de una sociedad ávida de sentido de justicia, de la burla o, como también suele suceder, magnificando un absurdo. No obstante, se llega a percibir algo inquietante entre toda esta maraña de imágenes: es claro que el racismo, el clasismo y la pretendida superioridad “moral” de quienes quedaron expuestos en ciertas situaciones no son la simple excepción que se convierte en la noticia del momento. En efecto, el infortunio les jugó una pésima trastada con, quizá, tremendas repercusiones en su vida personal y su entorno familiar –asumiendo que existiera un poco de entendimiento y genuino arrepentimiento–, producto de la conciencia de sus actos. Y, sin embargo, insisto, este tipo de situaciones no se convierten en noticia por ser la excepción, sino porque evidencian los lastres con los que solemos navegar lo cotidiano, entre los que suelen tener un lugar de privilegio la denostación, el denigrar al otro, la humillación y tanto más.

Es probable que con una carta o video de disculpas sea suficiente para matizar el eco de las redes sociales o los medios de comunicación –algún día conversaremos acerca de la banalización de la disculpa–. Sin embargo, allí quedan los indicios de que se necesita trabajar mucho más a nivel social para que esto deje de ser algo recurrente y no sea una noticia como tantas otras. Ojalá, partiendo de este tema, esto se observe y juzgue de manera diferente con quienes ocupan cargos públicos o forman parte de la cortesilla política en cualquiera de sus niveles: para ellos y ellas, una simple carta o disculpa no debería de ser suficiente, las consecuencias de sus palabras y sus actos no deberían matizarse por el nivel de cinismo y victimización que suelen emplear como recursos efectivos para hacer frente a lo que es evidente. Sí, que son una parte muy visible de la impunidad que, como sociedad, hemos permitido y, quizá, aplaudido, por un simple y cuestionable fanatismo, avalando lo peor de quienes se jactan de ser modelos de la democracia y la justicia social.

Tenemos una tarea gigantesca por delante.