Xenofobia y racismo

El problema con estas conductas es que desdeñan la esencia 
de los derechos humanos, que es la dignidad humana.

Hace una semana aconteció la primera consecuencia funesta producto del discurso de odio que ha utilizado Donald Trump desde su campaña electoral. En el poblado de Charlottesville, Virginia, hubo un grave enfrentamiento entre supremacistas blancos y un grupo de contramanifestantes.

La confrontación dejó como saldo tres personas muertas, una de ellas era una activista de 32 años, quien falleció a causa de un atropellamiento premeditado, y dos agentes estatales; así como otras 34 personas lesionadas durante los disturbios.

Consultando el Diccionario Filosófico de Fernando Savater, encontré la que me parece una muy atinada definición de xenofobia: “El sentimiento de temor y odio ante los otros, los distintos, los extraños, los forasteros, los que irrumpen desde el exterior en nuestro círculo de identificación”. Es decir, fobia a los extranjeros.

Estados Unidos es, sin duda, un crisol de culturas; sus políticos atribuyen la grandeza de su país como consecuencia de que su cultura se ha nutrido y cimentado históricamente de esa diversidad. Sin embargo, habrá que aceptar que la xenofobia, el racismo, la discriminación y el fanatismo desde siempre han enfrentado a sus habitantes.

El problema con estas conductas es que desdeñan la esencia de los derechos humanos, que es la dignidad humana. Ésta no depende, de ningún modo, de la pertenencia a determinado grupo racial, a las preferencias sexuales, ni tampoco a las creencias —sólo por mencionar algunos ejemplos—, sino que el origen del concepto de dignidad se encuentra sencillamente en el hecho de existir y pertenecer a la especie humana.

Lo acontecido hace unos días en el estado de Virginia se ha convertido en una preocupación nacional e internacional y se prevé que irá en aumento, ya que, ante los acontecimientos, el Presidente estadunidense sólo atinó a decir —tardíamente, por cierto— que la responsabilidad era atribuible a “ambos grupos involucrados”.

La tibieza de su respuesta obedece a que no podía condenar a los radicales defensores de la supremacía blanca por generar violencia, debido a que él es el principal creyente de su preeminencia.

Un dato que podría explicar la manera de proceder del mandatario es recordar sus orígenes: su propio padre, empresario de bienes raíces en la década de los años 60 y 70, se negaba a aceptar inquilinos por el color de su piel.

Trump llegó al poder con base en haber sabido exaltar los sentimientos de una actual minoría blanca que no se resigna a perder su tradicional poder. Creo que la xenofobia, el racismo y los falsos nacionalismos son resultado de la ignorancia y el miedo a perder privilegios de un segmento de la población estadunidense que vio en Trump la promisión de evadir una realidad demográfica que se antoja imposible de evitar.

Parece que se van a vivir más episodios violentos por estas manifestaciones nacionalistas, que van a evidenciar la falta de integración nacional de ese país vecino y que pondrán en riesgo a su democracia; y —lo más grave— al respeto de los derechos humanos de los grupos más vulnerables, entre los cuales estarán también nuestros compatriotas migrantes.

Como Corolario, el inmortal pensamiento de Martin Luther King: “Tengo el sueño de que un día mis hijos vivirán en una nación donde no serán juzgados por el color de su piel, sino por su valor como personas”.

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