La poesía y la vejez
Ahora, cuando los días se alargan... ¿tenemos tiempo de pensar en la poesía?
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía... eres tú.
Gustavo Adolfo Bécquer
Mi querido viejo: seguramente tú recuerdas, como muchos de nosotros, aquellos años de nuestra infancia en los que en reuniones familiares o en sesiones de la escuela escuchábamos o recitábamos poemas, y tal vez en tu escuela –como fue en la mía– hubo concursos de declamación en donde tratábamos de hacer pininos recitando algún poema frente a nuestros compañeros.
El mundo es muy diferente ahora, porque la velocidad de la comunicación a veces impide que nos detengamos a pensar, leer o recordar aquellos poemas que hablaban de amor, amistad, sufrimientos y triunfos; poemas patrióticos, poemas eróticos, incluso poemas mágicos; tanto la televisión como los teléfonos celulares y las tabletas ocupan nuestro mundo, y no tenemos tiempo para pensar.
¿Pensar?, ¿qué es eso?, dirán algunos. Sí, pensar en nuestra vida, en nuestros ideales, en nuestros sueños y cómo lograrlos.
Sé, querido viejo, que has trabajado mucho, que te esforzaste para lograr lo que has logrado, que has empleado todo tu tiempo y esfuerzo por superarte y tener una familia hermosa, digna y feliz.
Y ahora estamos viejos; nuestros hijos y nietos llenan nuestro mundo actual, y lo celebramos de la mejor manera. Por fortuna, muchos de nosotros conservamos el contacto y la amistad con quienes crecimos, compañeros de la escuela o la universidad, compañeros de trabajo y, por tanto, compañeros de ideas y de ideales.
Y ahora, cuando los días se alargan, cuando cuidamos nuestra salud, nuestros alimentos, nuestro ejercicio y nuestro descanso, ¿tenemos tiempo de pensar en la poesía?
Venturosamente, muchos de nosotros conservamos algunos poemas, y eso nos lleva a aquellos años; los podemos leer solos o en compañía de los seres queridos. Te quiero copiar un hermoso poema acerca de la amistad, del poeta lusitano Fernando Pessoa:
Mis amigos
“Mis amigos son todos así: mitad locura, otra mitad santidad. No los escojo por la piel, sino por la pupila, que ha de tener un brillo cuestionador y una tonalidad inquietante.
Escojo a mis amigos por la cara lavada y el alma expuesta. No quiero sólo el hombro o el regazo, quiero también su mayor alegría. El amigo que no sabe reír conmigo, no sabe sufrir conmigo. Mis amigos son todos así, mitad broma, mitad seriedad; no quiero risas previsibles ni llantos fingidos. Quiero amigos serios, de esos que hacen de la realidad su fuente de aprendizaje, pero que luchan para que la fantasía no desaparezca.
No quiero amigos adultos ni comunes, los quiero mitad infancia y mitad vejez. Niños para que no se olviden del valor del viento en el rostro, y ancianos para que nunca tengan prisa.
Tengo amigos para saber mejor quién soy yo, pues viéndolos locos, bromistas y serios, niños y ancianos nunca me olvidaré de que la normalidad es una ilusión estéril”.
Gracias por tu amistad.
¡Viva la poesía en la vejez!
*Médico y escritor
