Gracias, maestros, sembradores de vida

Nosotros podremos enseñar a quien nos sigue

Mi querido viejo: algo en lo que estaremos de acuerdo es que debemos mucho de lo que somos a nuestros maestros; maestros fueron nuestros padres, nuestros profesores de primaria, secundaria y universidad, maestros fueron aquellos amigos que nos enseñaron los secretos de la vida.

Yo quiero dar gracias a la vida, porque tuve muchos muy buenos maestros; en la casa aprendí a vivir, a vestirme, a comer, a leer. En la escuela aprendí a convivir con mis compañeros y en la universidad aprendí a entender el mundo en toda su dimensión.

Pero fue en la etapa final de mi preparación cuando tuve la fortuna de encontrar maestros excepcionales, que llenaron mi vida: Emilio Montaño, Alonso de la Florida, Guillermo Soberón, Silvestre Frenk, Jesús Kumate, Mercedes Juan, José Narro, y tantos más; a ellos les debo las enseñanzas, los consejos, las advertencias,  incluso los reproches por mi ignorancia. Soy lo que soy gracias a ellos.

Pero sin duda alguna, el principal responsable de mi desarrollo fue don Manuel Quijano Narezo, al que conocí cuando iniciaba mi estancia en el Centro Médico Nacional; él me llevó de la mano en la cirugía, me enseñaba cuando operábamos juntos, y hacia observaciones que aún hoy me sorprenden. Él me envió a París para prepararme mejor, de allá traje las “unidades de reanimación”, que ahora son las “Unidades de Cuidados Intensivos” de todos los hospitales.

Su amor por la vida me hizo ampliar mis horizontes, ya que, en más de una ocasión, cuando estábamos operando, hablaba de literatura o de música: “¿Ya leyó usted Cien años de Soledad?”, “¿qué le pareció el concierto de la UNAM la semana pasada?”.

Esa vocación por el desarrollo integral de la persona la viví también en París, cuando el profesor Lucien Léger, que me recibió de muy amable manera, me dijo mientras operábamos juntos: “¿Ya visitó usted la exposición de pinturas del Jeu de Paume?”.

Por eso, querido viejo, hoy deseo honrar a nuestros maestros, porque todos tenemos un maestro excepcional, sea en la escuela, en la universidad o en la vida, seres que ha sido capaces de conmover y estimular los mejores sentimientos de alguien.

¿Qué debemos hacer frente a la magnanimidad de aquellos que han sido nuestros maestros, querido viejo?, creo que debemos honrarlos y recordarlos con cariño, porque ellos actuaron siempre desinteresadamente, sin esperar nada son una sonrisa y un “gracias”.

Pero nuestra labor deberá seguir adelante, de modo que, en la medida de nuestras capacidades y destrezas, podremos enseñar a quien nos sigue, y así continuar la interminable labor del maestro de todas las épocas.

Bien por el honor a nuestros maestros, bien, por su recuerdo y la celebración de sus enseñanzas, bien por esos momentos en que nuestras vidas fueron enriquecidas por sus palabras, sus consejos y sus vidas.

Gracias, maestros, por todo.

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