Rabia de barrio

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

La violencia en México no siempre llega anunciada con el estruendo de un fusil de asalto o por el vuelo de un dron armado con una ojiva explosiva; a veces germina en el desinterés colectivo, a la sombra de un portón de madera en una calle cualquiera.  

El pasado 9 de agosto, en el fraccionamiento Parajes de Oriente de Ciudad Juárez, el sol de la tarde caía a plomo sobre el cruce de Desierto de Sahel y el bulevar Zaragoza. José Pablo, a quien todos en el barrio llaman Tulio, sudaba junto a su amigo Óscar buscando reparar la rótula rota de su camioneta roja. La grasa de motor se mezclaba con el polvo del desierto chihuahuense mientras intentaban poner en marcha el vehículo sobre la banqueta. Un simple gato hidráulico sostenía la pesada estructura de metal y la frágil paz entre dos vecinos. 

De pronto, la madera del portón contiguo crujió y se asomó Yovani Said, de 25 años. Con la mirada agria y la paciencia extinta antes de iniciar la conversación, lanzó una pregunta seca, casi masticada: “¿Se van a quedar afuera todo el día o qué?”. 

La respuesta de Tulio, enmarcada en esa resignada normalidad de quien sabe que la autoridad es una entelequia lejana, invocó a una burocracia que nunca llega: “No, nomás la arreglo y me quito, pero si quieres háblale a Vialidad”.

Yovani no llamó a nadie. Entró en su casa, tomó las llaves para abrir el portón con la parsimonia de quien va a sacar la basura, y volvió a salir empuñando una katana de hoja larga, curva y empuñadura gris, sujetada firmemente con ambas manos. Como Butch en Pulp Fiction. 

La escena, congelada por un instante en el sopor de las tres de la tarde, se quebró con un destello metálico. No hubo mediación, no hubo gritos prolongados ni la intervención de alguna figura comunitaria. Solamente el silbido de un acero diseñado para el combate cercenando de un tajo la carne, los nervios y las arterias de un hombre que intentaba cubrirse el rostro. En un segundo, la mano de José Pablo cayó inerte sobre el pavimento caliente, y la sangre comenzó a teñir la tierra del fraccionamiento. 

Este episodio atroz es una radiografía dolorosa de la degradación social en nuestro país. Nos demuestra lo desprovistos que estamos los mexicanos de instancias reales de intermediación comunitaria. Vivimos en una sociedad desgastada, donde la desconfianza hacia las instituciones ha erradicado el concepto mismo de resolución pacífica de conflictos. 

Cuando la policía municipal llegó minutos más tarde a Parajes de Oriente —una de las colonias de más rápida expansión en el sur de la urbe fronteriza—, los vecinos rodeaban la escena con las ropas salpicadas de rojo, tratando de contener la hemorragia de un hombre mutilado, mientras el agresor aguardaba en su domicilio con el arma ensangrentada todavía en la mano. 

La autoridad sólo aparece como un agente forense o un equipo de limpieza; jamás está presente para prevenir que la frustración diaria se transforme en carnicería. Yovani Said compareció días después ante el juez con la mirada perdida, vistiendo el mismo short negro y la playera azul con la que perpetró el ataque, asintiendo casi en trance cuando se le recordó que las espadas son objetos hechos para dañar. 

Su apatía en la audiencia refleja la desconexión profunda de una ciudadanía que ha perdido la capacidad de calibrar la gravedad de sus actos. El problema de fondo no es únicamente la brutalidad de la agresión, sino la vacuidad de un entorno donde la primera respuesta a un desacuerdo con un extraño por un cajón de estacionamiento es la mutilación. 

Hemos naturalizado un estado de sitio permanente a nivel micro, donde cada ciudadano se asume como juez y ejecutor en su propia banqueta. Mientras carezcamos de mecanismos locales de arbitraje, de policías de barrio eficaces y de un tejido social que valore la convivencia elemental, la violencia en México seguirá escalando en la vida cotidiana, convirtiendo cualquier tarde calurosa de domingo en una tragedia irreparable.