Ingeniero de la transición

Pascal Beltrán del Río

Pascal Beltrán del Río

Bitácora del director

El fallecimiento de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano (1934-2026) dio lugar a muchos comentarios elogiosos sobre la trayectoria del tres veces candidato presidencial —surgidos de todo el espectro político— y también a numerosas descalificaciones. Unos y otras eran reflejo, en su mayoría, de las visiones ideológicas de cada comentarista.

Había quien ayer celebraba la vida de Cárdenas por sus posturas políticas —por ejemplo, sobre el papel del Estado en la economía—, y quien la deploraba justo por eso. Fue constante el señalamiento de que sin la lucha del michoacano el movimiento gobernante no habría llegado al poder, lo que para algunos era un gran logro y para otros, una calamidad.

Yo quisiera recordar al ingeniero Cárdenas por razones distintas. Lo conocí hace 40 años, cuando acababa de dejar la gubernatura de Michoacán y se aprestaba a encabezar una lucha dentro del PRI en contra del dedazo. Me lo había presentado mi padre, quien coincidió con él y con Porfirio Muñoz Ledo en actividades estudiantiles en los años 50. Más tarde, yo lo trataría exclusivamente como reportero.

Cuando cursaba mis estudios universitarios, me acerqué a su movimiento como lo hicieron muchos jóvenes de la época. Me atraía su discurso a favor de la libertad, aunque nunca coincidí con muchas de sus ideas sobre la economía, particularmente para el sector de los hidrocarburos. Sigo pensando que lo más importante que hizo Cárdenas fue contribuir decisivamente a la transición democrática, peleando por dejar atrás el régimen de partido hegemónico que asfixiaba a la nación.

El ingeniero nunca dejaba que sus propias ideas se atravesaran en la búsqueda de lo que resultaba más importante para él: la democracia, una plataforma sobre la cual podrían discutirse sin ataduras ni coerción los diversos puntos de vista que conviven en la sociedad mexicana.

Cárdenas era fino en el trato, pero no sólo porque era un caballero, sino porque creía en la fuerza del diálogo. Su propósito era convencer, no imponer. Jamás recurrió a la ofensa en el debate público y nunca hizo de la soberbia el sello de su actuación. Hombre de pocas palabras, cuando callaba no era porque le faltara qué decir, sino porque para él era más importante escuchar a otros que escuchar su propia voz.

En tiempos en los que la polarización y la vanidad se han impuesto en el ejercicio de la política, puede resultar raro que otro haya sido un promotor de las alianzas más amplias. Bajo su conducción, el Partido de la Revolución Democrática —que surgió de su primera campaña presidencial— entró en coalición con el PAN para disputar al PRI las gubernaturas de San Luis Potosí, en 1991, y de Tamaulipas, en 1992. Hoy eso debe ser un sacrilegio para quienes consideran traidores a la patria a quienes tienen un pensamiento político diferente al de ellos.

A Cárdenas le debemos que la ruptura del régimen priista de siete décadas se haya dado de forma tersa, consensuada, sin estallidos violentos. Recuerdo que a mediados de los años 80 circulaba en ámbitos académicos un informe de la CIA que advertía que México se encaminaba a una nueva revolución armada. La disputa por los resultados electorales de 1988 bien pudo haber tomado ese derrotero de no haber sido porque el ingeniero supo canalizar la tensión social y la molestia de sus simpatizantes en la creación de un partido, el PRD.

Si algo tengo que reprocharle a Cárdenas no es que no haya visto el país con mis ojos, sino que se haya fatigado de defender la democracia con el advenimiento del morenismo. Quizá si él hubiera pintado su raya en cuidar al INE y al Tribunal Electoral, Andrés Manuel López Obrador no se habría atrevido a colonizarlos. Es indudable que esas instituciones habían sido, en buena medida, resultado del movimiento de cambio pacífico de 1988.

Finalmente diré que la muerte de Cárdenas ha producido fenómenos muy extraños, como que, en el curso de unas cuantas horas, cuatro expresidentes de la República —tan distintos como lo son Fox, Calderón, Peña Nieto y López Obrador— postearan mensajes para lamentar, cada quien en su estilo, el fallecimiento del michoacano. Eso habla de la enorme fuerza de su presencia a lo largo de las últimas cuatro décadas.