En el léxico político del México de principios de siglo quedó grabada una frase que, con el tiempo, se transformó en un clásico del folclor institucional. Cada vez que el presidente Vicente Fox soltaba una declaración desatinada o intempestiva, su vocero, Rubén Aguilar Valenzuela, debía salir al paso de los reporteros para repetir la célebre fórmula: “Lo que el Presidente quiso decir...”.
La rutina del portavoz, pensada para matizar los impulsos verbales del mandatario, terminó convirtiéndose en motivo de chunga y en símbolo de un gobierno que requería traductores para su propia palabra.
Dos décadas después, la dinámica de la vocería presidencial ha dado un vuelco. Hoy no hay un portavoz que salga a enmendar la plana a la jefatura del Estado; es la propia presidenta Claudia Sheinbaum quien, desde el atril de la conferencia matutina, debe asumir de forma cotidiana el rol de vocera de su gobierno para corregir, aclarar o matizar lo que dijeron sus colaboradores, funcionarios supuestamente autónomos y hasta sus compañeros de movimiento. Así, la mañanera —herencia directa del esquema de comunicación de Andrés Manuel López Obrador— se ha transformado en una constante fe de erratas gubernamental.
El reciente episodio en torno de la consejera jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde, ilustra bien esta dinámica. Luego de que la funcionaria exhibiera una lista de periodistas y medios de comunicación, generando severas críticas por el señalamiento público a la labor informativa, la Presidenta tuvo que intervenir para reinterpretar lo sucedido. “No hubo una lista”, aclaró nuevamente ayer. “Luisa lo que presentó es el uso de las plataformas digitales y las redes sociales para amplificar e incluso generar noticias falsas a partir de una noticia, para generar una tendencia de opinión”.
No se trata de un hecho aislado. En meses recientes, la mandataria ha tenido que emplear el micrófono para apagar incendios verbales o desmarcarse de posicionamientos de su propio equipo y las bancadas de su partido. Ocurrió, por ejemplo, cuando legisladores del oficialismo sugirieron reformas fiscales impositivas sobre sectores de altos ingresos, obligando a la mandataria a desmentir categóricamente que su administración contemplara una reforma fiscal de ese tipo, acotando la estrategia oficial al combate a la evasión. Sucedió, asimismo, ante comentarios discriminatorios emitidos por legisladoras locales contra adultos mayores en espacios digitales, que debió reprobar públicamente. Bueno, incluso tuvo que justificar que el senador Gerardo Fernández Noroña viajara en clase business porque “es muy alto y no cabe” en un asiento turista. O, como pasó hace unos días, sumarse al alegato del hijo de su antecesor, quien escribió una carta al presidente estadunidense Donald Trump para decir que dejarlo sin visa era un atentado a la soberanía.
En cada caso, la mañanera sirvió como una arena para que el grupo gobernante se corrija a sí mismo y atienda sus contradicciones en tiempo real.
Esta necesidad de contención responde, en buena medida, a la ausencia de la figura de un vocero capaz de filtrar las desconexiones y fricciones del gabinete antes de que lleguen al primer nivel de la agenda pública. Al ser la Presidenta la única emisora de peso, la comunicación gubernamental carece de amortiguadores institucionales.
A casi dos años de haber iniciado el periodo presidencial, comienza a notarse un agotamiento en el modelo de comunicación a través de las conferencias diarias. Ningún otro líder en el mundo somete su investidura a una exposición mediática de tal magnitud y frecuencia. Ni siquiera Trump. El ejercicio, que en su momento funcionó como una potente herramienta de combate informativo e implantación de agenda, hoy corre el riesgo de desgastar la voz presidencial mediante una sobreexposición cotidiana.
Sin embargo, desmontar o alterar de fondo este formato resulta una tarea compleja: la mañanera no es sólo un canal de difusión, sino el pilar central del modelo político e identitario del movimiento en el poder. Prescindir de ella implicaría ceder el espacio alrededor del cual gira la conversación pública del país.
