Distribuir sin crecer: el canto de las sirenas
Durante su conferencia matutina de ayer, la presidenta Claudia Sheinbaum buscó matizar el magro desempeño de la economía mexicana, desestimando los reclamos de analistas y especialistas.
Al referirse a las exigencias de reactivación, acusó a sus críticos de repetir una “cantaleta” centrada obsesivamente en el crecimiento económico. Desde su perspectiva, el Producto Interno Bruto es un indicador insuficiente que no refleja de manera fidedigna la calidad de vida ni la distribución del ingreso de la población.
Es verdad que el crecimiento por sí solo no garantiza de forma automática el bienestar social. Sin embargo, la historia económica universal ha demostrado una regla inflexible: resulta imposible construir un bienestar sostenible sin crecimiento.
Galardonados con el Premio Nobel de Economía como Paul Krugman o Angus Deaton han documentado exhaustivamente cómo la expansión sostenida del aparato productivo constituye el cimiento indispensable para reducir la pobreza a gran escala. Para Deaton, el crecimiento económico es el verdadero motor que ha permitido el progreso material y sanitario de la humanidad en los últimos dos siglos, mientras que Krugman ha reiterado que, si bien la productividad y el crecimiento no lo son todo, en el largo plazo lo son casi todo.
Por lo demás, si de “cantaletas” se trata, la memoria exige recordar quién instaló el tema del crecimiento en el centro del debate político. El 21 de marzo de 2018, en un acto de campaña frente al Hemiciclo a Juárez, el entonces candidato Andrés Manuel López Obrador prometió solemnemente que, de ganar la Presidencia, México dejaría atrás el mediocre desempeño del periodo neoliberal —que promediaba un 2% anual— para alcanzar una tasa promedio de 4% al año, llegando incluso al 6% hacia el final de su gestión. La promesa no era un asunto menor; era la columna vertebral de su propuesta de transformación.
Ya en el gobierno, la realidad pronto confrontó las expectativas oficiales. En marzo de 2019, ante el pronóstico del FMI que anticipaba una expansión de apenas 0.9% para ese ejercicio, López Obrador rechazó los datos en su conferencia matutina y apostó públicamente a que el país crecería al 2% o más, descalificando la credibilidad del organismo internacional.
Al cierre de 2019, antes de que la pandemia hiciera su aparición, la economía mexicana no sólo no llegó a 2%, sino que se contrajo un 0.1%. Aquella caída fue provocada de forma directa por la incertidumbre y la desconfianza que generó la cancelación arbitraria del proyecto del aeropuerto en Texcoco. Al concluir el sexenio, el balance resultó incuestionable: el país no creció el 4% promedio prometido, sino a una tasa insignificante, inferior a 1% anual.
Fue precisamente cuando el modelo se mostró incapaz de generar dinamismo, que cambió el discurso. En mayo de 2020, en medio del desplome económico provocado por la crisis sanitaria, el tabasqueño anunció que preparaba una alternativa metodológica: “Estoy ahora trabajando sobre un índice para medir bienestar. Un índice alternativo al llamado Producto Interno Bruto: lo voy a presentar”, aseguró. Aquella propuesta no pasó de ser una maniobra retórica. El presidente nunca formalizó una medición capaz de sustituir al PIB.
La lección que deja este trayecto es contundente: no existe una alternativa real al crecimiento económico. Es la única vía viable para generar un aumento persistente en el nivel de vida de las familias. Elevar el salario mínimo por decreto e incrementar las transferencias monetarias directas pueden ofrecer un alivio inmediato y una percepción temporal de avance, pero esos instrumentos encuentran un límite muy claro. Sin crecimiento, la recaudación fiscal se estanca y el Estado pierde la capacidad presupuestal para financiar los propios programas de redistribución. Descalificar la exigencia de crecimiento como una simple “cantaleta” sólo sirve para eludir la responsabilidad de construir una economía sólida, próspera y con futuro.
Distribuir sin crecer es el canto de las sirenas que puede llevar a la economía nacional a estrellarse contra los arrecifes.
