Por Michael Bröning*
NUEVA YORK.— El 8 de mayo de 1654, el alcalde de Magdeburgo se presentó ante la Dieta Imperial en Regensburg con dos hemisferios huecos de cobre y 30 caballos. Nada unía las dos mitades metálicas, pero los caballos no podían separarlas. Los hemisferios se mantenían unidos por el vacío en su interior y por el peso de la atmósfera que los rodeaba. Solo al abrirse una válvula y entrar aire a presión, las esferas se desintegraron.
Otro vacío en Magdeburgo está a punto de llenarse cuando el estado de Sajonia-Anhalt, en el este de Alemania –cuya capital es Magdeburgo–, acuda a las urnas el 6 de septiembre. Se espera que el resultado sacuda la escena política alemana y ofrezca una lección crucial para los movimientos democráticos fuera de Alemania: limitarse a cerrar filas contra la extrema derecha se convierte en una táctica peligrosa cuando se la confunde con estrategia.
En encuestas recientes, el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD) ha alcanzado 43% de intención de voto, muy por delante de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) del canciller Friedrich Merz, que se sitúa en 23%. Esto le da a AfD una oportunidad real de liderar un gobierno regional. Las elecciones podrían suponer un punto de inflexión, marcando el fin del cortafuegos político (Brandmauer) erigido por los principales partidos del país para mantener a la extrema derecha fuera del poder. El partido AfD en Sajonia-Anhalt, liderado por Ulrich Siegmund, un carismático empresario de 35 años con uno de los mayores números de seguidores en redes sociales entre todos los políticos a nivel regional, está clasificado como partido extremista por el servicio de inteligencia interior del estado federado. Irónicamente, las reglas constitucionales diseñadas para impedir que estos partidos alcancen el poder podrían resultar decisivas para su ascenso. El umbral del 5% en Alemania para entrar en los parlamentos federal y regionales, que se remonta a la fundación de la República Federal, se introdujo para evitar la fragmentación política. Ahora podría dejar afuera a los socialdemócratas, a los Verdes, a los liberales y al partido nacionalista de izquierda BSW. Si un número suficiente de estos partidos no alcanza el umbral, AfD podría convertir aproximadamente dos quintas partes de los votos en una mayoría absoluta.
Pero incluso si estos partidos más pequeños logran entrar en el parlamento, un gobierno liderado por AfD en Sajonia-Anhalt sólo podría verse bloqueado por un gobierno en minoría o por una coalición ideológicamente incoherente que reuniera a la CDU y al partido anticapitalista Linke. Tal acuerdo corre el riesgo de alimentar el discurso de la extrema derecha de que un cártel de fuerzas mayoritarias está conspirando para mantenerla alejada del poder y produciría un gobierno basado en poco más que la oposición a un adversario común.
El auge de AfD se ha visto alimentado por una combinación de preocupaciones generalizadas sobre la inmigración y las cuestiones de seguridad relacionadas, el aumento de los costos energéticos y una reacción contra las causas culturales percibidas como progresistas, desde el género hasta el lenguaje. En Sajonia-Anhalt, la plataforma del partido no se anda con rodeos. Advierte sobre el “envejecimiento y extinción del pueblo alemán” y aboga por prohibir la bandera arcoíris en los centros educativos, imponer una moratoria a la expansión de la energía eólica y establecer patrullas ciudadanas voluntarias.
Y Sajonia-Anhalt podría ser solo el principio. Con un apoyo en torno a 28%, AfD es actualmente el partido más fuerte en las encuestas nacionales. El número de afiliados se está disparando y casi la mitad de los alemanes hoy afirman que el partido no les da miedo. Para los partidos tradicionales de Alemania, excluir hasta un tercio del electorado no es una solución viable. Pero tampoco lo es el alarmismo. Un artículo de portada reciente de Der Spiegel, el semanario más influyente de Alemania, mostraba una foto policial de Siegmund bajo el titular El hombre más peligroso de Alemania. Siegmund, aparentemente encantado, ha estado repartiendo ejemplares firmados, convirtiendo la portada en un recurso de campaña.
Hace casi 400 años, el experimento del hemisferio de Magdeburgo demostró la fuerza extraordinaria que genera el vacío. El Brandmauer funciona según un principio similar, tratando de contener a una fuerza opositora manteniéndola fuera del gobierno. Pero la exclusión no puede sustituir a una gobernanza eficaz, y los vacíos se llenan rápidamente cuando se abren las válvulas. Lo mismo ocurre en otros países europeos. En Francia, los partidos tradicionales unieron fuerzas para mantener a raya a la extrema derecha del país en las elecciones legislativas de 2024, pero no lograron formar un gobierno estable.
Lo que la democracia liberal necesita ahora no son muros más sólidos contra los insurgentes políticos, sino un Estado que cumpla sus promesas fundamentales: una política de inmigración que no sea ni cruel por mera apariencia ni un ejercicio de ilusiones; una política energética que potencie la producción industrial, en lugar de socavarla, y reformas que generen dinamismo económico en lugar de frenarlo con regulaciones. En 1654, dos casquillos de cobre y 30 caballos les demostraron a los príncipes reunidos del Sacro Imperio Romano Germánico el poder de la presión atmosférica. Este mes, Magdeburgo podría revelar una vez más el poder de la presión atmosférica. La cuestión ya no es si se llenará el vacío, sino si se llenará de ira y resentimiento o de competencia, capacidad de respuesta y decencia.
*Es parte de la Comisión de Valores Fundamentales del Partido Socialdemócrata de Alemania
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