Caminaba la Catrina,
buscando por la nación
las ruinas de la mancilla
que marcharon al panteón.
Llegó al templo de la ley,
donde el voto ya expiró,
y al señor de aquel Palenque
toda el área se rindió.
Preguntó por Guadalupe,
la del INE muy galante,
que a los cuates dio una dote
con su firma de contratante.
¡Ay, comadre Taddei, qué gracia!
Tu imparcialidad murió;
en la fría y dura tumba
el gran árbitro durmió.
Los contratos de a montón
fueron para el amigote,
mientras canta un pisaverde
y la huesuda da un azote.
Siguió al Poder Judicial,
sepultado en hondo foso;
los jueces del tribunal
llegaron con alborozo.
Con el acordeón copiado
y la tómbola en la mano,
jueces a modo han llegado
a pisotear al hermano.
Sin saber de la justicia,
con el sello del patrón,
llegaron con gran malicia
a rendirle adoración.
Ya no hay ley ni hay amparo
contra el dedo del señor;
el dedazo fue tan caro
que mató al buen juzgador.
Pasó a ver los contrapesos,
que quedaron en huesito;
al Inai, sin más receso,
por completo lo extinguieron.
La gran transparencia mía
fue sepultada sin tregua;
se acabó la garantía
y el contrato ya no llega.
Nadie sabe de facturas
ni de compras al amigo;
escondiendo todo el gasto,
no dejaron un testigo.
Revisando su Bitácora,
la Parca muy atenta vio
cómo en esta mala hora
toda ley se sepultó.
La 4T hizo el milagro
de enterrar la libertad;
hoy mandan el dogma sacro
y la oscura opacidad.
Ya no hay INE de certeza
ni ministros de verdad;
sólo manda la tristeza
y la ciega necedad.
Se llevaron la autonomía
con los votos de la mano;
se acabó la garantía
de este pobre pueblo hermano.
Gritó la Muerte en su viaje:
—¡Aquí mataron la ley!
Y cerrando el reportaje,
aplaudió feliz al rey.
Descansen en paz las leyes,
la justicia y la razón,
la verdad y el buen derecho
de esta triste gran región.
