Nuevas realidades IX. La vida antagónica

No es el tiempo el que nos falta. Somos nosotros quienes le faltamos a él.

Paul Claudel

Las nuevas realidades traen consigo aciertos y también grandes desatinos. Desatinos, muchos de ellos disfrazados de aciertos, de recomendaciones de cambio y transformación como todo lo nuevo: inmediato. Y para lo que nos dedicamos seriamente a los cambios y transformaciones humanas, sabemos con certeza que flaco favor les hacen a todas aquellas personas que albergan un deseo de mejora, porque lo que ofrecen son sólo satisfactores inmediatos que poco o nada tienen que ver con su objetivo central.

Los cambios y las transformaciones envueltos en consejos masificados no existen. Pueden existir principios básicos de bienestar lógico, pero nada más, y sin mayor fundamento, éstos no perduran en el tiempo de manera exitosa, sino, por el contrario, les devuelven una vida antagónica. Una vida antagónica es una donde sus valores, emociones y acciones van en direcciones opuestas; esas vidas donde se busca paz y salud, pero se exige uno a sí mismo productividad constante, entretenimiento constante, ruido constante, conexión constante; esas personas que dicen valorar la familia o las relaciones, pero trabajan y se aíslan constantemente; donde el descanso se ha demonizado y el estrés ansioso se convirtiese en bandera del éxito.

Sí, mi querido lector, la vida antagónica tiene que ver con dos principios rectores de las nuevas realidades: la hiperproductividad y la cronopatía. Ambas tienen como finalidad desconectarnos de nosotros mismos, aunque siempre vienen disfrazadas de grandes beneficios: poder, control, éxito. Y la realidad es que, tanto una como la otra, para el coaching, la psicología y la neurociencia no son más que mecanismos o patrones de regulación emocional. Paliativos inmediatos para una historia personal a la que se le niega un espacio real de respeto y oportunidad de verdadera transformación y evolución personal.

El valor del tiempo se ha mercantilizado, eso exige productividad, eficiencia, existencia y presencia constante. Nos han convencido —o eso se pretende— de que la prisa y la aceleración producen mayores y mejores resultados. Hoy por hoy, un momento de no hacer nada resulta casi pecaminoso, imprudente, inviable y culposo. Pero, ¿a qué responde este nuevo estilo de vida implantado por la inmediatez? Pues bien, la hiperproductividad responde a bajar la ansiedad, evitar emociones incómodas, sentir control o relacionar la productividad con el valor personal. La cronopatía es una necesidad de presión constante para evitar la culpa, el perfeccionismo y el miedo, sobre todo a la incertidumbre. Todo esto tiene que ver con los circuitos de recompensa cerebrales, recompensas inmediatas que simulan una mejora, pero que termina por imbuir a quien la vive en un circuito de agotamiento, aislamiento, estrés crónico, improductividad, distracción y parálisis. Y le diré más, mi querido lector, esta pantomima de la inmediatez termina por convertirse en una huida hacia adelante. En un retroceso disfrazado de avance, en una aceptación externa que derrumba los cimientos de lo verdaderamente importante: la validación interna. La capacidad de darnos a nosotros mismos el reconocimiento y aceptación por lo que hacemos, sentimos y somos, sin depender de la aprobación externa. Porque se persigue esa idea de la mejor versión de uno mismo, cuando ni siquiera se puede sostener lo que uno es, su historia, sus errores, sus aciertos, sus áreas de oportunidad, sus talentos o sus habilidades o, incluso, la falta de alguna de ellas. Necesitamos empezar por ahí. La inmediatez no puede seguir haciendo a los seres humanos esclavos del deber, del tener, necesitamos trabajar en función del querer y el ser.

Necesitamos volver a lo básico: a uno mismo, a priorizarse a uno y sus intereses, a alinearnos a un propósito libremente elegido, a adueñarnos de nuestro tiempo y gestionarlo a nuestro favor. A soltar el control de lo incontrolable, a escuchar el silencio, a replegar las críticas, a administrar la fuerza, a canalizar la atención y a educar la voluntad. Pero, sobre todo: a practicar el protagonismo en nuestra propia vida con autoaceptación, autocompasión, con una autoevaluación realista y con la selección y conexión con valores y principios que nos honren como el ser que aspiramos ser. Créame, sólo llega tarde el que no sabe a dónde va. Como siempre, usted elige. ¡Felices protagónicos, felices vidas!