El deseo incómodo VII. La integridad

Integridad viene de la palabra latina integer, que significa entero o completo

Cualquiera puede decir que tiene integridad,

pero la acción es el indicador real del carácter.

John Maxwell

Otro de los grandes deseos incómodos que padece la mente débil y que es fundamental para la existencia de una mente fuerte es la integridad. La integridad es el corazón de nuestro carácter, es la firme adhesión a un estricto código moral o ético, es el estado de mantenerse incólume, es la solidez, la cualidad o condición de ser íntegro, no dividido… es la totalidad.

Integridad viene de la palabra latina integer, que significa entero o completo. Es la idea de que una entidad es y está completa y posee todas sus partes intactas y se desempeña de manera correcta. Una persona con integridad no divide su lealtad, no finge ser lo que no es, de ahí sus dos acepciones: ser coherente y ser completo.

Ser coherente consiste en vivir alineado a los principios y valores rectos, dignos y nobles que una persona elija para sí mismo y que consolida en su manera de pensar, sentir y actuar de manera congruente y de forma permanente. Las mentes fuertes conocen bien este valor porque se construyen a partir de ese eje en su individualidad; ellos, para ser quienes son, lo primero que han hecho es seleccionar esa brújula propia, ese eje de actuación personal que caracteriza y estiliza todos sus pensamientos y acciones, por eso son claros, transparentes, firmes, determinados y auténticos, porque es así en esa integridad donde descansa una de sus mayores fortalezas: el ser gente confiable, empática, honesta y justa moralmente.

Las mentes fuertes tienen esos principios y esos valores y, además, los respetan y los cumplen; la mente fuerte no titubea en esos aspectos, por eso elige con mayor facilidad sus opciones, por eso es más contundente en sus intenciones y por eso no teme hacer las cosas diferentes, sus negativas son sencillas, precisas y claras, al igual que sus aprobaciones, porque saben perfectamente dónde sí y dónde no, y bajo qué sí y bajo qué no. Y eso, mi querido lector, simplifica mucho el caer en las tibiezas y en las medianías. La mente fuerte tiene la voluntad y la motivación correcta.

Sin embargo, esto cuesta mucho trabajo a una mente débil que prefiere el vasallaje, la inmediatez y la apropiación, esto cuesta a las mentes débiles que son ambiguas, volubles y sin convicciones profundas, por eso se manejan como veletas y su verdad se vende al mejor postor. La mente débil lo es porque carece de la elección de sus propios valores y principios y, por ende, de respeto y compromiso. La mente débil actúa como conviene a sus intereses e intenciones y no ve más allá, no ve ni siquiera en quién le convierten esas elecciones y, como siempre le digo, mi querido lector, no basta con elegir, hace falta también saber en quién nos convierten esas elecciones y eso es la integridad.

Saber y tener perfectamente claro en quién te convierten las decisiones que tomas y porqué, y basado en qué y para qué… la mente fuerte lo sabe, la mente débil lo excusa. Por eso las mentes fuertes tienen esa belleza que cautiva: la calma, la serenidad, la confiabilidad que emerge de esa autoconciencia autoexigida en sus acciones. Es ese compromiso que hacen consigo mismos ante la honestidad y la verdad, incluso cuando nadie más los mira.

Esto último tiene que ver con seres completos, unificados en el ser y el hacer, es la consistencia interna y funcional que les permite acceder a ese equilibrio. El ser íntegro, mi querido lector, es ese ser que es todo lo que debe ser y en eso trabaja. Porque no se nace íntegro, sino que uno se hace, así lo aprende y lo desarrolla a lo largo de su vida, y se fortalece en las pruebas que la misma vida le impone a uno. Y sí, en estos tiempos de valores relativos y elásticos, de convicciones convenientes y del pragmatismo al que somete la inmediatez, más valor cobra la integridad, la coherencia, lo completo. Como siempre, usted elige.

¡Felices deseos, felices vidas!

Temas: