Ucrania: ¿de Múnich a Moscú?
Los tiranos, aunque se odien entre sí, se atraen.
Por: Jaime Rivera Velázquez
El reciente encuentro entre Marco Rubio y Serguei Lavrov, responsables respectivos de asuntos exteriores de Estados Unidos y de Rusia, para buscar una salida negociada a la guerra de Ucrania, ha sido equiparada por algunos analistas con el Pacto de Múnich de 1938. En la Conferencia de Múnich de aquel entonces, los jefes de gobierno del Reino Unido y de Francia, por un lado, y Hitler por el otro, acordaron la cesión a la Alemania nazi de la región de los Sudetes, perteneciente a la joven República de Checoslovaquia, pero cuyo gobierno ni siquiera fue invitado a la negociación. El británico Neville Chamberlain y el francés Édouard Daladier justificaron ante sus naciones un acuerdo injusto, pero necesario para apaciguar a Alemania y evitar otra guerra. Todos sabemos que la guerra no se evitó, pero le dio al régimen nazi más ventajas para iniciarla. Como sentenció Winston Churchill contra Chamberlain y Daladier: “Les dieron a elegir entre la guerra y el deshonor. Eligieron el deshonor y tendrán la guerra”.
La primera semejanza con Múnich del encuentro en Arabia Saudita entre los representantes ruso y norteamericano es que no invitaron a Ucrania, el país invadido por Rusia. Otra semejanza es que el gobierno de Trump promueve que Ucrania entregue a Rusia territorios donde habita una numerosa población de origen ruso, análogamente al reclamo de Hitler porque en los Sudetes había una población significativa de origen alemán. En estas primeras conversaciones fue notoria la inclinación del representante norteamericano a favor de Rusia. Pero Trump ha ido aún más lejos, al acusar a Ucrania de haber iniciado la guerra (¡!) y al presidente Zelenski de negarse a la paz para perpetuarse en el poder. En la reciente visita del presidente ucraniano a la Casa Blanca, que fue más bien una emboscada, Trump fue aún más ofensivo y amenazante contra Ucrania.
Donald Trump nunca ha ocultado su simpatía por los gobernantes autoritarios. Desde su primer periodo presidencial expresaba admiración por Putin y se esforzaba por acercar sus intereses a los de Rusia, a la vez que manifestaba su repudio a la OTAN y demeritaba a la Unión Europea. Respecto de Ucrania, a Trump no le importa que este país haya sido agredido por Rusia y ésta pretenda arrebatarle territorios; más bien chantajea a Zelenski para que facilite a Estados Unidos el acceso a minerales valiosos, se aleje de Europa y se someta a las exigencias rusas y norteamericanas.
Esta hostilidad manifiesta de Trump al presidente Zelenski hace que el eventual acuerdo con Rusia para imponer a Ucrania sus condiciones de paz, se parezca no sólo al pacto de Múnich de 1938, sino también al pacto de Moscú del 23 de agosto de 1939. En esa fecha, para sorpresa del mundo, los más fervientes enemigos ideológicos, Stalin y Hitler —por medio de sus ministros del exterior, Molotov y Ribbentrop—, llegaron en Moscú a un pacto de no agresión, que incluyó la repartición de Polonia. Ocho días después, los ejércitos alemanes invadieron Polonia, y sólo hasta entonces, Gran Bretaña y Francia se sintieron obligados a declarar la guerra a Alemania; a su vez, la Unión Soviética invadió Polonia por el Este.
De esa forma, Alemania tuvo una frontera segura con Rusia y pudo concentrar sus fuerzas contra el Occidente de Europa. Por su parte, y con el beneplácito de los alemanes, el régimen de Stalin tuvo las manos libres para ocupar militarmente Lituania, Letonia y Estonia, atacar a Finlandia y anexarse las regiones rumanas de Besarabia y Bukovina. El pacto entre las dos potencias totalitarias redituó tantas ganancias estratégicas a ambas partes, que Stalin no creyó que Hitler rompería la alianza. De hecho, el pacto perduró casi dos años. Stalin desoyó las advertencias de que Hitler preparaba un ataque, hasta que, en junio de 1941, Alemania invadió Rusia, y la guerra adquirió otras dimensiones y un nuevo rumbo.
El pacto germano-soviético tuvo también un elemento personal. Los tiranos, aunque se odien entre sí, se atraen. Por encima de la rivalidad ideológica entre el nazismo y el comunismo, Hitler y Stalin sentían una suerte de afinidad y admiración mutua por su personalidad y sus métodos de gobierno. Cada uno había alcanzado el poder absoluto en su Estado por medio del terror, tenían impulsos expansionistas y coincidían en su repulsa a las democracias europeas. Por su parte, Trump y Putin se identifican por su autoritarismo, su desprecio al derecho internacional y su aversión a la UE; además, coinciden en su vocación por un modelo de capitalismo de compadres y la implantación de una plutocracia.
Aún es incierto el destino que tendrá Ucrania, pero hay muchos signos de que podría ser sacrificada por un arreglo entre Putin y Trump. Si esto se consuma y el entendimiento entre los dos plutócratas se mantiene, cernirán sobre Europa una pinza que podría erosionar las democracias y debilitar los valores que le han dado al Occidente su liderazgo cultural durante más de seis siglos.
