Cuando desperté, el cambio climático seguía ahí

PorRicardo Peraza La noticia llegó seca, como suelen hacerlo las malas noticias. EU salía, otra vez, del Acuerdo de París. Trump lo anunció desde la Casa Blanca con una frase breve que rebotó en los noticieros internacionales: “El acuerdo perjudica nuestros ...

Por Ricardo Peraza

La noticia llegó seca, como suelen hacerlo las malas noticias. EU salía, otra vez, del Acuerdo de París. Trump lo anunció desde la Casa Blanca con una frase breve que rebotó en los noticieros internacionales: “El acuerdo perjudica nuestros intereses. América primero, otra vez”.

Estados Unidos —el segundo mayor emisor de carbono del planeta— renunciaba de nuevo al pacto global para frenar el cambio climático. No fue una sorpresa. El escepticismo climático siempre había sido un hilo subterráneo en la retórica de Trump, una idea vendida a millones de votantes que prefieren la inmediatez del empleo hoy sobre la amenaza difusa de un planeta inhabitable mañana.

Pero el clima no entiende de ciclos políticos. No espera a que los gobiernos se decidan. El CO2 no negocia. Cada tonelada liberada al cielo se queda allí durante siglos, atrapando calor, alterando patrones meteorológicos y empujando al planeta hacia escenarios cada vez más extremos.

Las consecuencias se sienten primero en los márgenes. En Chiapas, México, las lluvias intensas transforman los ríos en torrentes impredecibles, arrancando cultivos de raíz y dejando comunidades bajo el agua. En Tabasco, las inundaciones son casi rituales anuales. En Centroamérica, las sequías prolongadas han obligado a miles de agricultores a abandonar sus tierras, empujándolos hacia las caravanas migrantes rumbo al norte. Cuando llegan a la frontera sur de Estados Unidos, no los llaman refugiados climáticos —aunque lo son—, sino migrantes ilegales.

Pero el margen no está tan lejos. En California, los incendios forestales ya no son estacionales. En Florida, los huracanes se fortalecen cada temporada. Monterrey vivió en 2022 uno de los peores desabastos de agua en su historia. Las altas temperaturas y la falta de lluvias colapsaron el sistema de abasto. Aunque los expertos advirtieron durante años sobre la vulnerabilidad hídrica de la región, las soluciones nunca llegaron.

Y mientras los científicos alertan, los políticos siguen debatiendo. No fue un error. No fue ignorancia. Fue diseño. Desde hace décadas, las grandes corporaciones vinculadas al petróleo, el gas y el carbón comprendieron que la negación directa del cambio climático era una batalla perdida. Entonces, cambiaron de táctica: sembrar la duda.

No hacía falta convencer a la gente de que el calentamiento global era un mito. Bastaba con persuadirlos de que el tema era “complejo”, que “la ciencia no es concluyente”, que “hay muchas variables”. La duda, incluso en pequeñas dosis, es un anestésico potente. Parálisis por análisis.

Esta estrategia tiene historia. En los años 50, las tabacaleras financiaron estudios alternativos que relativizaban la conexión entre fumar y el cáncer. Con el cambio climático, la fórmula fue idéntica. Las grandes petroleras sabían desde los años 70 del impacto de los combustibles fósiles en el clima. Sus propios informes internos advertían del aumento de temperaturas y del deshielo polar. Pero al público le dijeron otra cosa: que el debate científico seguía abierto.

La verdad, sin embargo, es rotunda. 97% de los climatólogos concuerda en que el cambio climático es real y está provocado por la actividad humana. No es una estadística ligera ni un dato circunstancial. Es el resultado de décadas de investigación, modelos climáticos complejos, análisis satelitales y datos acumulados de todo el mundo. A pesar de esto, la narrativa de la duda sigue viva. Hoy, sus consecuencias se sienten en cada ola de calor récord, en cada huracán fuera de temporada, en cada ciudad que se queda sin agua. El río Colorado, que abastece a millones en EU y México, está en niveles críticos.

Parte del problema es estructural. Las democracias modernas funcionan a ritmos demasiado breves para enfrentar problemas a largo plazo. Las crisis políticas se miden en semanas. Las crisis climáticas, en décadas. Los presidentes necesitan resultados rápidos. El cambio climático exige paciencia y compromiso sostenido. Y en ese desajuste temporal, la inacción se justifica.

La retirada de EU del Acuerdo de París se vendió como una victoria económica. “Protegemos nuestros empleos, nuestras industrias”, decían los asesores de Trump. Pero es una victoria que hipotecará décadas. Porque mientras se flexibilizan los controles sobre emisiones, las industrias contaminantes se fortalecen, y cada tonelada extra de carbono que llega a la atmósfera hace que los futuros escenarios climáticos sean más violentos, más impredecibles.

En el fondo, el sistema está diseñado para eso: priorizar el beneficio inmediato, relegando el costo al futuro. Es más rentable seguir extrayendo petróleo hoy que invertir en energías renovables cuyo retorno económico es más lento. Es más sencillo aprobar subsidios para la industria del carbón que reformar toda la matriz energética nacional. Y mientras tanto, los niveles de CO2 siguen subiendo.

La historia de la humanidad está llena de advertencias ignoradas. De civilizaciones que desaparecieron al agotar sus recursos o al no adaptarse a cambios ambientales. Pero esta vez es global. Esta vez no hay otro valle, otro continente al que mudarse.

Y cuando desperté, el cambio climático seguía ahí. Más cercano. Más agresivo. Ya no esperando. Sino golpeando.

Porque mientras debatíamos, él nunca dejó de avanzar.

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