In memoriam a mi Yayo
He escrito mucho, paciente lector, sobre el grave conflicto político que se presenta hoy en el mundo entre las llamadas “izquierdas” y “derechas” y como la generalidad pierde de vista, gracias a esa simplificación política, lo que está realmente en conflicto. La lucha que se plantea en Occidente particularmente es la del colectivismo contra el individualismo; por cierto, una lucha milenaria. ¿Qué corrientes políticas defienden el colectivismo? El socialismo, el comunismo y el fascismo. ¿Qué corrientes políticas defienden el individualismo? El liberalismo y hoy su extremo libertario.
Es importante tener esto claro, porque el colectivismo exalta y reconstruye la idea de la igualdad para aplicarla a rajatabla en todos los ámbitos sociales. Por eso el colectivismo es pragmático al escoger las dicotomías narrativas que le conviene para llevarlos al poder. Negros contra blancos, opresores contra oprimidos, homosexuales contra heterosexuales, pobres contra ricos… y ahora, musulmanes contra cristianos. Hemos llegado al extremo de inventar ficciones sociales que la gente debe (tiene) que aceptar. ¿Cómo logran imponer (no es de otra forma) la idea de igualdad? Con la fuerza del Estado, porque si no, no hay manera de hacerlo. El típico ejemplo es la corrección política o las leyes antidiscriminación que tienen una técnica jurídica gris y nebulosa que puede aplicarse a conveniencia en contra del enemigo y justifican la existencia de una Secretaría de la Mujer, por ejemplo.
Por el otro lado, el individualismo que centra al ser humano con derechos y obligaciones sobre todo y donde hay un Estado que sólo tiene funciones esenciales mínimas específicas dentro de las cuales está la defensa contra enemigos internos y externos, la regulación de la convivencia entre individuos y el dirimir sus controversias conforme a derecho.
Ambas formas adoptan el derecho pero su forma de aplicarlas es distinta. En la primera, un super Estado puede cambiar el derecho cuando este no le convenga, ya en el caso de marrullerismo sofisticado como el mexicano, no solo podemos cambiar las leyes a modo, podemos hacerlas evidentemente injustas y absorber al poder que las interpreta para conveniencia de la colectividad, en este caso la transformación. Se desprecia a la ley como regla máxima de convivencia y como la real fuente de la igualdad y se usa como herramienta política.
Voy a ahondar un poco en esto. La “izquierda” ha vendido y exaltado el concepto de igualdad para convencer a la sociedad que esa igualdad es aplicable a todo. No lo es. La igualdad es un concepto fundamental para el derecho porque frente a la ley todos (poderosos, débiles, rojos, negros, mujeres, homosexuales…) son iguales o deberían serlo. Pero la igualdad plena no existe porque los individuos, las culturas y otros factores que nos hacen diferentes; no frente a la ley, pero si frente a la vida. Pero la sociedad y, sobre todo, las generaciones nuevas nacen con este concepto falso de que toda idea, toda cultura, todo punto de vista es igual y no lo es.
En el individualismo, el derecho es fundamental porque es la regla máxima de convivencia. El individuo hace cosas, crea, invierte, educa sabiendo que el derecho lo protege frente al Estado y a otros individuos y es como se ha conseguido el desarrollo económico. El derecho da la libertad e impone el límite a la convivencia social.
Imagine usted, la invención de la patente como un mecanismo de protección de una idea, que además acepta mejoras en su vida útil. Es la protección del pensamiento enfocado en crear valor económico; sin la patente, no estaríamos donde estamos.
Desafortunadamente, son tiempos sombríos para el individualismo y el derecho. El colectivismo ha encontrado la forma de destruirlo en países como México y España, colonizándolo por dentro y cambiando su esencia para servir al Estado. En otros países más fuertes, vendrá la campaña contra el derecho, al que se le considerará como fascismo, ya verán.
