Acabar las soledades

La palabra hoy está puesta en reserva por el confinamiento de estos días. Flota sin trama en el tiempo detenido: Héctor Aguilar Camín.

Por Guillermo Fajardo

Una confesión colectiva de nuestros miedos es, al mismo tiempo, un acto de sinceridad y un regreso a la conversación democrática. La pandemia nos ha llevado a soledades nunca imaginadas, ese sueño de los misántropos. Ante este apuro humano, la revista Nexos se dio a la tarea de iniciar un diario colectivo sobre la manera en que hemos habitamos nuestros encierros. El resultado de este esfuerzo, ahora reunido en forma de libro bajo el título Covidiario: 99 días, 99 autores (Ediciones Cal y Arena, 2020) revela esa condición auténtica del sedentarismo involuntario en un mundo acostumbrado al movimiento perpetuo.

La amenaza de la pandemia nos ha llevado, de la mano, a ser testigos de múltiples ofensivas, un estado bélico que parece reproducirse con la sencillez de la rutina. Se libran batallas en los laboratorios, en los medios de comunicación, en la conversación pública, en la ingente cantidad de noticias falsas, en nuestra imaginación, en nuestros tratos cotidianos. Este libro habita, precisamente, esta última porción de la vida que creíamos resuelta, no porque existir sea una tarea fácil, sino porque nunca le dimos suficiente significado al hecho de preparar un café o esperar la llegada de la tarde. La pandemia le ofreció, a buena parte de la humanidad, la oportunidad de reinventarse en soledad o de descubrir la catástrofe del silencio.

Conforme el virus avanza, pues, tenemos que descubrir en la rutina una nueva forma de la sorpresa. Esta encomienda, por supuesto, no ha resultado nada sencilla. Los testimonios reunidos en este diario representan la conclusión de las deliberaciones que tuvimos con nosotros mismos y que creíamos olvidadas. Ángeles Mastretta, en la primera entrada, así lo reconoce: “Yo nunca había sido miedosa, no se me ocurrió jamás pensar en los ladrones. Pero aquí estoy: guardada. ¿Por miedo? ¿A qué? A todo mal”.

Un diario colectivo es el más afortunado de los oxímoros. Es también una plaza para entender que la intimidad que creíamos auténtica y original es en realidad una calistenia repartida entre todos. Si algo adelantan estas memorias es que posible ver en nuestros miedos el depósito más elocuente de la vida. Gracias a ellos buscamos protegernos. Erigir ciertas murallas. Casi todos sufrimos, bajo intensidades diversas, la probable invasión de un organismo extraño en nuestra sangre. Es el vitalismo descubierto del día a día el que logra conjurar esta horrible posibilidad.

Adentrarse en estos testimonios es también acudir a una multitud de registros distintos. Aunque animados por un mismo impulso, los textos reunidos en el diario alumbran la pregunta básica de los estilos: el contar las cosas con una voz desenfadada, solemne, o exaltada, es tocar cemento fresco y aire que corre entre los pasillos. Entre milagros y maldiciones habitamos los silencios y las llamadas al orden de nuestras vidas.

Álvaro Ruiz Rodilla (Ciudad de México, 1988) encargado de editar el volumen, da en el clavo cuando dice que la pandemia nos mostró “el drama de interiores”, que “se represan en un mar interior desconocido”. Tiene razón: nuestros cuerpos líquidos, previos a la pandemia, ya fueran las humedades calmas del lago, la furia temible de los ríos, o la vastedad de los océanos, fueron desdoblándose, conforme el encierro se actualizaba, hasta quedar irreconocibles. Me parece que esos viajes al interior me ahorraron unos cuantos libros de autoayuda.  

¿Las cosas cambian? Ana Sofía Rodríguez, por ejemplo, escribe en su oportunidad: “Los platos me recuerdan que sí pasa el tiempo”. Memoria, espacio, futuro. Nuestros habitáculos desaparecen, se abren nuevas buhardillas, notamos grietas en nuestras paredes, descubrimos azoteas y una nueva disposición de nuestras ventanas. No hay ningún tipo de paganismo en estos nuevos reconocimientos. Nos damos cuenta, simplemente, que creíamos en cierto orden que ya no es.

Algunos de los testimonios relatan cómo fue sufrir del coronavirus en carne propia. Otros, sobre las cosas que hacemos para volver a imaginarnos. Otros más, sobre las formas en que procesamos el mundo. Todos, sin embargo, pueden resumirse en eso que escribe Héctor Aguilar Camín: “La palabra hoy está puesta en reserva por el confinamiento de estos días. Flota sin trama en el tiempo detenido”.

Este diario, finalmente, también puede verse como un manual de modales, pequeños descubrimientos, fragmentos iluminados, filosofías caseras. El libro no contiene ningún tipo de secreto. Al contrario: se abren las puertas de los hogares. Hay que fregar los platos, calentar la sopa instantánea, atender a los hijos, imaginar a los que vienen en camino, barrer los pasillos, prender la televisión, tomar una copa de vino, espiar a los vecinos, leer el periódico con una taza de café.

El milagro de la vida diaria. El lector lo sabrá bien.

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