Los placeres cotidianos / 30 de abril de 2025

MALINALCO Y LA PEREZA A veces la vida cabe en una tarde: una cómoda hamaca, una cerveza bien fría, un libro en las manos… sentirse sano y bien, con la certeza de que se está donde se quiere estar y no se necesita nada más. Esa emoción que nace de nosotros, tan ...

MALINALCO Y LA PEREZA

A veces la vida cabe en una tarde: una cómoda hamaca, una cerveza bien fría, un libro en las manos… sentirse sano y bien, con la certeza de que se está donde se quiere estar y no se necesita nada más.

Esa emoción que nace de nosotros, tan personal y endógena, no debe reprimir la capacidad de observación y el sentido crítico: Malinalco nos recibió algo ajado, con calles rotas, polvo, y ese aire triste de los lugares que merecerían más amor del que reciben. Llegar ya fue una odisea por una carretera maltrecha y peligrosa.

Dormimos en calma hasta que una estruendosa tanda de “cuetes” irrumpió en la noche y adelantó los cantos de los gallos. ¡Qué escándalo tan rupestre! Mi sobresalto encendió las risas de la Unagi, más serena ella, yo siempre melodramático.

Madrugamos y, después de desayunar, decidimos subir el tramo hacia las pirámides, una escalinata de piedra rodeada de vegetación ya con muestras de descuido. Salimos eufóricos con tenis, sombreros y shorts, todo al más puro estilo hípster de rancho, pero, entre el calor testarudo y una pereza compartida, derivada de la cruda emocional, entendimos a tiempo que el triunfo del día no sería conquistar alturas ni zonas arqueológicas, sino rendirnos a los pequeños placeres.

Y así, huimos a nuestro refugio reservado en el restaurante Colibrí. Allí, entre tequilas con maracuyá, costillas de jabalí con aderezo de pipián y risas fáciles, la tarde entró en escena y nos decidimos escapar, encaminándonos al pequeño hotel y nuestra enorme terraza… Después, las dos hamacas, bajo un cielo limpio frente al cerro supuestamente mágico que guarda silencios viejos, ya nos esperaban.

Ella, inmersa en Esto no es noticia, de Philippe Besson; yo, en El niño que perdió la guerra, de Julia Navarro, metido en acompañar a Pablo en su peregrinaje triste, su exilio que prometía futuro y entregaba desarraigo. Dos historias distintas, dos silencios paralelos y, de este lado, dos presencias entrelazadas apenas por un roce distraído de manos o de pies, como quien recuerda sin palabras: “aquí estoy”.

Fue una tarde de semisiesta, de libros que acompañan sin interrumpir, de cervezas que a esta hora ya empecé a mezclar con gaseosa y hielo para convertirlas en claritas, más suaves, medio dulzonas, copas que se vacían despacio rodeadas de golosinas furtivas y plenos, los dos, intercambiando miradas que no necesitan traducirse.

Una tarde que no figurará en ningún calendario ni será trending topic en ninguna red social. Pero que, en mi memoria, ya tiene un sitio guardado.

Claro, también hubo espacio para el otro júbilo: en las redes hervían los madridistas. Fue precioso haber visto al Barcelona levantar la Copa del Rey con esa mezcla de juego, coraje y arte que lo define. Un broche perfecto para mi cumpleaños, mi regalo más forofo.

Y ahora, mientras ustedes leen estas líneas, yo, si el mundo no se ha salido de su eje y los apagones ibéricos no nos contagian, estaré renovando ritual: esta vez con negronis en mano, gnocchi en el plato y el corazón atento, viendo al Barça enfrentarse al Inter de Milán, soñando con otra noche mágica y el pase a la final de Champions.

A veces creemos que la felicidad necesita escenarios luminosos, victorias ruidosas, grandes conquistas. Pero la verdad es otra. La felicidad, cuando es real, cabe en una hamaca, en un libro, en un silencio ecuánime. Claro que el gol de Koundé el sábado, así, bien celebrado, también transmite aires muy felices.

Es miércoles, mañana será festivo y esos días de asueto a media semana suelen regalarme horas de dolce far niente. Le debo un paseo a mis perros y una visita a mis dos hermanos, ambos convalecientes.

Una de las obras de misericordia recomendada en el catecismo es visitar a los enfermos, hasta en eso no coincido con el clero. Para mí no es ninguna misericordia, es un gusto amoroso.

Los hermanos son amigos entrañables; los míos, además, son lo máximo y poder visitarlos y abrazarlos es un privilegio, nunca obligación. Les llevaré un libro a cada uno. Bonita jornada y feliz Día del Niño.

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