Marisa Silva Schultze, el peligro de convivir con los huecos

Lo que propone con esta novela la escritora uruguaya es reconstruir lo devastado,aquello que convive con el inmenso silencio de los hábitos domésticos, visto a travésde una mujer, la cual al no tener rasgos físicos distintivos, mas sí sicológicos y emocionales, puede ser cualquiera, y de cualquier lugar del mundo.

La limpieza es una mentira provisoria (Alfaguara, 1997), de Marisa Silva Schultze (Uruguay, 1956), es una clave al interior de lo nombrado. Todo lo que sucede dentro de la casa de esta protagonista, mujer sin rostro, sin nombre, es lo que acontece al interior de ella misma, desde una soledad endurecida y aletargada por el paso de la indiferencia y la rutina hasta la frustración como cuentagotas sobre el lavadero metálico durante la noche entera.

Lo que propone con esta novela la escritora uruguaya es reconstruir lo devastado, aquello que convive con el inmenso silencio de los hábitos domésticos, visto a través de una mujer, la cual al no tener rasgos físicos distintivos, mas sí sicológicos y emocionales, puede ser cualquiera, y de cualquier lugar del mundo. “Y sos todo al mismo tiempo. Sos la niña mirándote en tu madre y sos ésta, la hija de esa madre, sos su anverso y su reverso, sos aquella cocina donde cabe el mundo y sos ésta, tan pequeña, donde apenas cabe una parte de ti misma”.

La elección de la voz narrativa es un gran acierto, muy afortunada elección. Al elegir la segunda persona (tú), en todo momento parece que alguien vigila y juzga al personaje, porque el narrador —acaso ella misma viéndose desde fuera— se entromete en lo más hondo de la protagonista, es una voz muy activa. Alternando con el monólogo, que no se aleja de ser un rosario de recriminaciones y memoria, este tejido de voces da gran musculatura a la narrativa y la cavilación de La limpieza es una mentira provisoria.

La doble vía (narrador en segunda y monólogos) para mirar y oír lo que sucede en esta novela permite reconocer milimétricamente la atmósfera que rodea a esta mujer. Más que personas, son los objetos (platos, esponjas, jabón, grasa, esquinas vacías) y los espacios los que acompañan la música silenciosa de esta obra. No dejo de pensar en lo bien construida que está la ambientación y el telón de fondo acotado.

El misterio que rodea a la protagonista, en cuya primera escena se encuentra lavando la vajilla, se va desdoblando poco a poco, como el cuentagotas del fregadero. El fracaso, instalado como un ser más, un ser animado, convive en cada uno de los actos que realiza este personaje, quien, mientras no hace nada, es un objeto más del decorado de la casa. La gran acción de La limpieza es una mentira provisoria sucede hacia adentro, en el ensimismamiento.

Es precisamente de este aislamiento de donde nace el perfil reflexivo de la novela. Las cavilaciones y el entendimiento de su entorno que alcanza esta protagonista me resulta pasmoso. “Ese bagaje de signos mudos con los que construyes intimidad y descubres entonces que sí, que lo que quieres de este querer y de esta mujer que ahora sos, que lo quieres en los posibles de esta vida que vives y descubres que tu peor, tu más puntiaguda soledad está en otra parte, está en lo que tu amiga no te pregunta y tú no contestas, está en la nostalgia de ti misma, está en tu orfandad de ti y empiezas, mientras termina la noche, a adivinar que es a ti a quien definitivamente, ya no pareces amar”.

Autora de novelas como Apenas diez, Siempre será después, Qué hacer con lo no dicho y de libros de poesía como Taller de juguetes y Las casas es una ilusión necesaria, Marisa Silva se adentra por universos de esencias mínimas, se sensibilidades y reflexiones.

La limpieza es una mentira provisoria que me recordó, inevitablemente, a Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin. En ambas obras se entreteje la vida de una mujer, personajes femeninos en su mayoría en la obra tanto de Berlin como de Schultze, con su entorno, a veces calamitoso, otras desasosegado, casi siempre pesimista.

Aunque son personajes femeninos, al menos la obra de la uruguaya no puede reducirse a una línea feminista, como algunos precipitados críticos la tildaron. No podría ser así debido a que lo que trata esta obra va más allá, a la esencia misma del ser humano, temas ya de por sí universales y sin género preestablecido, como el desamor y el olvido, por ejemplo.

“La limpieza —siempre lo supe— es una mentira provisoria y, tal vez, promisoria. Es el orden de la noche que permite el desorden de la mañana. Nada más efímero y quizá más duradero que lo que sucede aquí adentro. Todo se hace para deshacer y volver a hacer”.

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