Hay series que se cancelan a tiempo. Y hay otras que se aferran a la pantalla, temporada tras temporada, repitiendo la misma trama, los mismos giros, el mismo final, hasta que el espectador ya no sabe si las sigue por costumbre o por una forma particular de masoquismo. La CNTE pertenece, sin duda, al segundo grupo. Lleva décadas al aire. Y cada temporada es peor que la anterior.
Esta vez los guionistas se superaron en ambición. La temporada 2026 prometía ser la gran consagración: el estreno coincidía con el Mundial, el escenario perfecto para alcanzar por fin el estrellato internacional. La estrategia era de manual. Con el partido inaugural programado en la CDMX, la CNTE amenazó con movilizaciones el día de la inauguración si el gobierno no atendía su exigencia principal: la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007. El cálculo era claro: tomar de rehén al país justo cuando el mundo entero lo estaría mirando. Rating garantizado. Audiencia global cautiva. Bloqueos con vista panorámica al estadio.
Como toda serie que se respeta, hubo tensión dramática. Hubo paro nacional indefinido, plantones, marchas, mesas de diálogo que se reanudaban y se rompían, los 39 puntos del pliego revisados “uno a uno”. Hubo, incluso, el giro de traición obligatorio: a las afueras de la Segob, los maestros gritaron “¡traidores!” a sus propios líderes, y “¡no es suficiente!” a quienes negociaban en su nombre, mientras los dirigentes huían de las preguntas de la prensa. Drama interno, subtramas, personajes que se vuelven contra el protagonista. Los guionistas conocen su oficio.
Y entonces, el final de temporada. El clímax. El momento que justificaba toda la espera. ¿Y cómo terminó? Con dinero.
Porque al final del último capítulo, después de tanto suspenso, lo que quedó sobre la mesa fue lo de siempre, con otros nombres. La promesa de desaparecer la Usicamm, la creación de una aseguradora pública de pensiones para el magisterio disidente, el fortalecimiento del Fondo de Pensiones para el Bienestar. Antes ya venían los incrementos salariales de 10% para 2025 y 9% para 2026, la reducción de la edad de jubilación, la basificación de más de un millón 200 mil docentes. Recursos. Concesiones. Cheques. La misma resolución que el público ya conoce de memoria, porque la ha visto en cada temporada anterior. El problema de fondo —ese que la CNTE jura defender— sigue exactamente donde estaba. Lo único que se mueve es la cifra.
Y aquí está el detalle que ningún guionista quiere abordar, porque rompería la fórmula: el gobierno repite que abrogar la ley de 2007 representaría un costo equivalente a20% del PIB del país. Es decir, la demanda central de la serie es irrealizable. Lo cual le viene de maravilla a la trama: si la exigencia nunca puede cumplirse, la serie nunca tiene que terminar. Renovación automática asegurada. Temporada tras temporada, el mismo conflicto sin resolución posible, porque la resolución acabaría con el negocio.
Lo más exasperante no es la repetición. Es que todos sabemos cómo termina antes de que empiece. El mexicano ya domina el arco narrativo completo: amenaza, escenario de máxima visibilidad, paro, bloqueo, mesa de diálogo, ruptura, gritos de traición, y finalmente el acuerdo económico que pospone todo para la siguiente entrega. Niños sin clases al cierre del ciclo escolar como daño colateral recurrente, comerciantes del Centro Histórico como extras sacrificables, automovilistas de la capital como público involuntario que paga su boleto con horas de su vida en el tráfico.
La pregunta, entonces, no es qué pasará la próxima temporada. Eso ya lo sabemos. La pregunta es hasta cuándo. ¿Cuántas entregas más resistirá una saga que dejó de sorprender hace años, que repite el mismo libreto con producción cada vez más cara y guion cada vez más cínico? ¿En qué momento la audiencia —el país entero— cambia de canal?
Las series viven mientras hay quien las financie. Y mientras el final de cada temporada siga llegando con dinero, esta seguirá renovándose. El estrellato mundialista no llegó. Pero el cheque, como siempre, sí. Y ya viene la próxima temporada. Cada una, peor.
