Intensidades corrosivas, a 130 años del nacimiento de López Velarde

Mucho se ha dicho sobre Ramón López Velarde (1888-1921). Que era enamoradizo. Creyente, también. Poeta, a todas horas. Autor de libros como La sangre devota, Zozobra, El son del corazón, El minutero. Me atrevo a asegurar que todos los escritores mexicanos, ya no sólo poetas, han leído en algún momento, para aliviarse o enfermarse de amor o devoción, al poeta zacatecano, mejor dicho jerezano —la provincia en el caso de Velarde importa demasiado—

Ahí están los extraordinarios ensayos que Xavier Villaurrutia, “más allá de la pasión atenta que ponía en alcanzar imágenes inesperadas, relaciones sutiles y al mismo tiempo precisas entre los seres y las cosas. Idéntica pasión ponía en odiar, como al peor enemigo, el lugar común, la expresión borrosa y cansada…”. El fundamental trabajo de investigación y análisis, además de estar escrito con excelente pluma, Un corazón adicto, de Guillermo Sheridan, “López Velarde fue un poeta, pero con el tiempo ha devenido también en un enigmático referente al que apela nuestra atribulada idiosincrasia para reiterar sus certidumbres y explicar sus silencios”.

Además: El tigre incendiado, de Marco Antonio Campos; Ni sombra de disturbio, de Fernando Fernández, los textos de corte crítico de Alfonso Reyes, Salvador Elizondo, Jorge Cuesta, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Carlos Monsiváis, Gabriel Zaid, Vicente Quirarte, Luis Vicente Aguinaga, Luis Miguel Aguilar Camín, el concienzudo prólogo a la obra reunida que realizó José Luis Martínez, así como los textos de ficción y poéticos, El Testigo, de Juan Villoro, y Veladora, poemario de Christian Peña, obras en las que López Velarde es protagonista.

Ya pasaron las décadas en las que se redujo al autor de Mi prima Águeda a la categoría de poeta cívico debido al éxito de La suave patria, poema más declamado en patios de primaria y secundaria del autor. También lejanas están las fechas en que a Velarde se le ponía en una vitrina donde era inalcanzable e intocable, poco a poco se le ha desgastado, los críticos lo han sometido, su obra la han llevado al límite del estudio, lo cual ha contribuido a entender mejor su práctica, sus dolencias, las debilidades que tenía como poeta y periodista, los dones que le otorgó a la modernidad poética de nuestro país, además de reconocer la influencia de Baudelaire, de Lugones, de Jules Laforgue, de todos los místicos ingleses en su obra.

Sí, López Velarde fue uno de los personajes de la literatura mexicana que no sólo forjó un estilo, sino que su personalidad misma, su día a día, el de Fuensanta, el de los países provincianos, el de la devoción católica, el erotismo sujetado, dimensiona más aún el traje de poeta que llevaba a todas partes. Lacónico, callado, silencioso, el poeta jerezano es acaso quien mejor sabía colocar adjetivos en los poemas, sorpresivos, altisonantes, disruptivos, corrosivos. En la poesía de Velarde se halla un juvenil acento de los contrarios, ironía y solemnidad, sensualidad y castidad, provincia e universalidad, amor y sufrimiento. Cada vez que releo La sangre devota, el libro de Fuensanta, regreso a la cotidianidad confundido y muchas veces rezagado, acaso como él “Mi hambre de amores y mi sed de ensueño/se fatigan en el ignorado/grupo de doncellas de un lugar pequeño”; “Esta manera de esparcir su aroma/ de azahar silencioso en mi tiniebla;/esta manera de envolver en luto/ su marfil y su nácar/… esta manera de tornar/ su mutismo en venero de palabras/ y su boca en ahorro…”. 

Es bien cierto que nada nuevo, en estas breves líneas, he dicho de Ramón López Velarde. Pero siempre quiero regresar a él, no con arrogancia de crítico, sino con la taciturnía de lector constante.

HASHTAG. Hay acciones que no pueden pasar por alto las autoridades, en este caso mundiales. Lo de Donald Trump es inentendible. Está bien que no quiera estar en ningún acuerdo, que desee salir de todos los pactos; qué bueno que deja en claro que él, por ende una gran parte de su país, tiene bronca con el resto de los ciudadanos de este planeta; conformes estarán muchos de que quiera deshacer el TLCAN, ya que no le convence la negociación, más que perfecto que le diga a los miembros del G7 que falta Rusia porque es una potencia y porque Putin es su amigo; apoyo que quiera un Estados Unidos más seguro, en el fondo todos queremos lo mismo para nuestro país, pero nunca, bajo ninguna circunstancia, es aceptado lo que ha hecho con los menores de edad migrantes. Mandar a una jaula a seres humanos sólo lo han hecho los cobardes, los dictadores, aquellos que han cometido crímenes de lesa humanidad, los Hitler, los Stalin, los Pinochet. Lo que suceda en Estados Unidos en las próximas elecciones sólo le corresponde decidirlo a los habitantes de ese país, pero espero que los líderes de otras naciones comiencen a buscar medidas de protección ante un hombre que se comienza a convertir en un enemigo mundial y común.

Escritor

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