Gregor von Rezzori, La muerte de mi hermano Abel

El protagonista, Aristides Subicz, es guionista de filmes de mediana a mediocre calidad, pero quien, de manera desordenada, escribe la gran novela, para lo cual ha hecho investigaciones, tomando notas, fotografías, entrevistas

Dentro de un cuarto de hotel, un donjuán seduce a una prostituta, la obliga a preguntarse qué sentimiento es ése que le nace de aquel encuentro. De cuerpo firme, alto, de suavidad al tacto y al trato, el conquistador (o cazador) consigue desarmar la tozudez de la mujer y que se vaya con él a vivir. Ambos descansan en la cama, no sin precauciones: ella debido a él; él, no se sabe, pero lleva consigo la nostalgia de algo no resuelto. El hombre se viste, sale del cuarto, no sin antes decir, il faut j’arrange ma maison.

Así comienza La muerte de mi hermano Abel, de Gregor Von Rezzori, sin duda, la novela más resuelta del autor. Aquí, no sólo se reaviva el tema toral de los libros anteriores: la crítica a la Europa media de la posguerra, la identidad de un apátrida, el régimen judío después del Holocausto, también hallamos el ejercicio más literario de entre sus libros, crear la gran novela, no sin cinismo y burla, del siglo XX.

La novela dentro de la novela, eso es La muerte de mi hermano Abel. El protagonista, Aristides Subicz (de nuevo un álter ego de Von Rezzori), es guionista de filmes de mediana a mediocre calidad, pero quien, de manera desordenada, escribe la gran novela, para lo cual ha hecho investigaciones, tomado notas, fotografías, entrevistas. Este galán de medio pelo se encuentra con una prostituta con quien vive y suele ser a quien le cuenta anécdotas, ella misma es la que descubre los manuscritos de la obra que escribe el protagonista.

La gran variedad de estilo hace de la novela un collage, un fresco donde caben todos los ambientes, las escenas, los territorios posibles. Visceral, perversa, cínica, esta novela vuelve a lacerar a esa gran Europa mojigata, insensible, desinteresada. “Parábola de una Europa que no ha podido juzgarse a sí misma, La muerte de mi hermano Abel recorre ciudades en ruinas que se reconstruyen en aras del consumo”, escribió Juan Villoro sobre esta obra.

Entre su rabia, siempre hay espacio para la única certeza: el sexo. La carnalidad es uno de los elementos más bien desentrañados por el escritor. No son mínimos ni pocos los pasajes en donde los encuentros sexuales se convierten en revelación o nudo de la trama. Aquí, nos enfrentamos a un von Rezzori autobiográfico, al Von Rezzori donjuanesco, al galán de televisión, al personaje más paródico, en algunos casos, y al más enigmático, en otros. “Qué maravilla, ser amado por una prostituta que está a disposición de cualquier hombre, de la que cualquier hombre se sirve sin pensarlo”, dice el personaje.

Mucho de monumental (y de monumento narrativo) tiene este libro. Si bien es cierto que lanza mordaces críticas sociales, aquí el núcleo no deja de ser la aspiración a la gran obra. Lo que alcanza Von Rezzori es la teoría de cómo hacer una novela. En su estructura, es una aspiración del El quijote; en las reflexiones, se asemeja a La montaña mágica, pero con sus propias dimensiones de novela total.

Von Rezzori atina en nombrar su novela a modo de culpa compartida, porque en un cierto sentido todos son Abel y Caín, hermanos que conviven bajo una misma enseñanza, pero con intenciones diversas. El título de esta obra supone el pecado original de la humanidad, un pecado de origen. La muerte de mi hermano Abel es la obra fratricida de la Europa del siglo XX.

No son pocos los estereotipos y arquetipos desfilando por las páginas: la prostituta, el eterno aprendiz de novelista, los corruptores del mercado editorial, actores superfluos, dictadores, los arribistas, los pequeñoburgueses, los lumpen. Al autor no le interesa tamizarlos como personajes literarios, los abomina, los exhibe, incluso, los acorrala para llevarlos a sus límites.

Esta no es una obra sencilla, vale decirlo. Los saltos de tiempos, el maremágnum de personajes y registros literarios, las muchas historias satélite alrededor de la principal, pueden impedir un avance de la lectura. Sí, Von Rezzori pone en práctica las habilidades del narrador elíptico, polifónico, astuto hasta para engañar al lector, la destreza con la que construye cada escena es digna de un autor mayor.

Asistimos a la mejor obra del austrohúngaro. En esta ruta que he emprendido, La muerte de mi hermano Abel es el punto más álgido, la de mayores dimensiones y ambiciones. Con ella, Gregor Von Rezzori se posiciona como un autor arriesgado y solvente, quien buscó no sólo darle al género obras de tradición decimonónica, como Un armiño en Chernopol, sino también reinventarse y pergeñar una gran novela, a veces fragmentadas, otras como un gran flujo de pensamiento, otras con la eficaz narración lineal.

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