Gregor Von Rezzori, Caín. El último manuscrito
Esta novela puede entenderse como la muerte de todos los días, la del Caín abatido por las mismas balas, el retorno perpetuo. Aquí todo ya ha pasado, un letargo repta por entre las calles, los personajes, el hábitat cotidiano
Estamos a punto de despertar cuando soñamos que soñamos, predijo Novalis. En este soñar que soñamos está Caín, la novela póstuma de Gregor Von Rezzori, la cual debe entenderse como una continuación de La muerte de mi hermano Abel y no como una segunda parte, no como una historia distinta, no como otro universo, y esto toma especial resonancia debido a que Caín viene a completar un ciclo narrativo de largo alcances.
Con Aristides Subicz como protagonista, aunque con Schawb (que en realidad es Abel) junto a él, y quizá con el propio Von Rezzori como otro personaje, orquestan el cuaderno C, que viene a completar el A y B de la novela anterior, donde ya está en plena formación la arquitectura del fracaso: el régimen nazi ya no existe, la tragedia de Auschwitz es una voz lejana y ya comienza a conformarse un nuevo orden mundial del otro lado del continente europeo.
Esta novela, hay quien la ha llamado antinovela y con mucha razón, puede entenderse como la muerte de todos los días, la del Caín abatido por las mismas balas, el retorno perpetuo. Aquí todo ya ha pasado, un letargo repta por entre las calles, los personajes, el hábitat cotidiano. Y de nuevo, como una obsesión duradera, Rezzori aspira a comprender la ontología de la novela, acaso de la narratología. El lenguaje es el mismo: elegante, a veces convulso, con manejo exacto de la frase, sin tener algo de sobra. Las tres voces que se sobreponen en esta novela, Rezzori, como narrador, Aristides y Schawb logran entrelazar bien sendos registros, aunque hay momentos en que se confunden, aunque pronto se sale de ese marasmo.
Con este Caín, el autor vuelve a su ensayística narrada, a su obsesión por encontrar el misterio de la novela por la novela, a pergeñar métodos, fórmulas, pócimas de cómo se hace una novela. Sin duda este gran proyecto que es Abel y Caín es el más ambicioso intento del autor por reconocer sus propias propiedades como novelista.
Sin Abel, Caín no existe. No es menor reafirmar que esta última novela se une a la anterior por el ingenio fratricida que inventa el autor, esta batalla entre dos creadores (que acaso es uno), entre dos lectores, entre editores, entre personajes que regresan a gastar bromas, a hechos históricos que ponen en relieve la famélica situación europea, entre fragmentos hilvanados por un hilo conductor muy claro. No dejo de pensar que tanto Abel como Caín representan una de las obras más prodigiosas del siglo XX en Europa. Lo que hace Von Rezzori puede entenderse como el análisis antropológico centroeuropeo, y también el gran laboratorio de pruebas de un narrador compulsivo, anecdótico y siempre mordaz.
Es, sin temor a equivocarme, la mejor obra del autor, la más arriesgada, la mejor construida, narrada, imperiosa, sostenida. Pocas veces, a pesar de la complejidad de la estructura estilística, se cae la novela, se repone, con cierto humor negro, y, con el gran oficio narrativo de Von Rezzori, con grandes facultades reflexivas.
Se requiere tiempo para leerla, paciencia y cierta fortaleza física y mental. No es una obra fácil, impone retos al lector, lo somete a veces en su flujo, lo instiga. Supongo que es lo que se propone todo escritor cuando dice hacer la gran obra, la novela total. Posiblemente, esto fue lo que creó el autor, una novela completa. Y vuelvo a la dificultad en su urdimbre, tanto de forma como de fondo. No dejo de pensar que Abel y Caín tienen mucho de La Montaña mágica, de El hombre sin atributos, de La muerte de Virgilio, y quizá, sólo por el trabajo extenso y crítico de una sociedad, con el Archipiélago Gulag: de ese calibre es este tándem de Von Rezzori.
Hoy termino con la ruta Gregor Von Rezzori. Volver a este autor, a diez años de mi primer encuentro con él, mediante Memorias de un antisemita, representa el descubrimiento de un universo complejo y fascinante. De personajes decimonónicos, unos, contemporáneos, otros. Volver a un autor tan lejano en tiempo y en ideas, en relaciones sociales y mentales. Volver a un autor con perfil aristocrático, con guiños de realeza, con estructura de élite europea en decadencia. Volver a Gregor Von Rezzori impone retos como lector y como creador, representa estar en desacuerdo con él, inquirirlo, desafiarlo, también. Sin duda, Aníbal Campos ha tenido una enorme empresa al traducir a este escritor. Y es un gran acierto de Sexto Piso haber rescatado su obra, ponerla en nuestro español y darla a conocer al público mexicano. Vale, pues, entrar al universo de Gregor Von Rezzori como un desafío a nuestras habilidades como lectores y posibles escritores de novela.
