Mentes sobre vientres: el mito de la tasa de natalidad y el crecimiento económico

Manola Zabalza Aldama
Común denominador
Esta semana, el Inegi publicó la Encuesta Intercensal 2025 y los titulares se llenaron de alarma. La tasa global de fecundidad del país cayó de 1.9 a 1.2 hijos por mujer entre 2019 y 2024. En la Ciudad de México llegó a 0.8, la más baja de las 32 entidades. Somos también la entidad más envejecida: la mitad de los capitalinos tiene 37 años o más, y ya hay casi tantas personas de 65 años y más como niñas y niños menores de 15. Las reacciones no tardaron. Se habló de una caída histórica, de pensiones y de una economía condenada a disminuir. Ya salieron quienes proponen incentivar los nacimientos, como si el problema de fondo fueran las cunas o todavía peor, las mujeres.
Detrás de ese pánico hay una idea intuitiva y muy equivocada: que la riqueza de una sociedad depende de cuántas personas nacen en ella. Es la lógica de los modelos clásicos de crecimiento, donde la tecnología está dada. Si hay menos trabajadores, se produce menos; si se produce menos, se acumula menos capital; y la economía termina cayendo más que la propia fuerza de trabajo. Bajo esa lente, cada punto de fecundidad perdido es un punto de futuro perdido. Sin embargo, la evidencia dice lo contrario.
Un estudio reciente del MIT y la London Business School (Daron Acemoglu, David Autor, Keelan Beirne y Andrew Scott, 2026), equipo premiado con el Nobel de Economía, contrastó esa predicción con siete décadas de datos de decenas de países y cientos de mercados laborales de Estados Unidos. Donde bajó la natalidad, creció más el PIB por trabajador y crecieron más los salarios, sin afectar el tamaño total de la economía. Los autores ofrecen un ejemplo cercano: en 1950, EU tenía una tasa de natalidad 1.6 puntos porcentuales menor que la de México. Según sus estimaciones, esa diferencia explicaría la brecha en el crecimiento anual del PIB por trabajador entre ambos países de 1970 a 2020.
La explicación de este fenómeno económico radica en los incentivos para adoptar tecnologías e innovar. Cuando escasean los trabajadores jóvenes, que suelen realizar las tareas más fáciles de automatizar, su trabajo se encarece. Entonces a las empresas les conviene desarrollar y adoptar máquinas, software y procesos que hagan esas tareas. Los datos lo confirman: donde cayó la natalidad aumentaron las patentes de automatización y de tecnologías de la información, el peso de las industrias de alta tecnología y la productividad.
La respuesta correcta a este cambio demográfico no es intentar revertirlo, sino prepararse bien y en prioridad de las familias mexicanas para que puedan aprovechar el momento y aumentar sus ingresos. La Ciudad de México tiene una ventaja de partida: es la entidad con mayor proporción de población con educación superior y con posgrado del país, justo el talento que complementa a la tecnología en lugar de competir con ella. Invertir en innovación, formar talento y acompañar a quienes ven transformadas sus tareas no son políticas industriales aisladas; son la estrategia demográfica que necesitamos. En esa misma lógica, el Sistema de Cuidados que impulsa la administración de Clara Brugada busca cuidar a todas nuestras infancias para que aprovechen muchísimo sus vidas y oportunidades económicas; así como prepararnos a la nueva realidad demográfica.
El pánico de esta semana confunde cantidad con capacidad. Los cuerpos de las mujeres no pueden equipararse a ser máquinas de capital para la producción de más trabajadores y consumidores. Es una visión limitante, que lleva a las conclusiones económicas erróneas. Este momento demográfico para el país y para la Ciudad de México nos puede llevar a una vida más próspera y a familias con mayores ingresos. Por eso es importante darles prioridad a las mentes y que dejen de recomendar políticas económicas a los vientres.
*Secretaria de Desarrollo Económico de la Ciudad de México