Nuestra geografía imaginaria desborda una desenfrenada retórica —reproducida por los medios masivos de comunicación— que impone la fantasía de que vivimos en democracia, los ciudadanos tenemos derecho a la libertad, la autonomía, la justicia y donde el éxito está al alcance de todos. La realidad es otra. En este juego de mentiras millones de personas están obligadas a migrar. Estados Unidos —en especial Nueva York— son el “paraíso” al que millones aspiran.
El Síndrome Duchamp, escrita y actuada por Antonio Vega y dirigida por Ana Graham y el propio Vega, es una elegía a la soledad del migrante. El foco de su atención no está en las tiendas de la Quinta Avenida, en la euforia de Wall Street. Se centra en los seres humanos que no caben en la sociedad, que ni siquiera merecen convertirse en noticia.
Emigrar significa para millones niveles de estrés que superan la capacidad humana de adaptación, afirma la investigadora Joseba Achotegui, especialista en siquiatría de la Universidad de Barcelona (Vol. 7, Núm 1, marzo de 2008, Revista en Línea Fundación OMIE). El cuadro clínico del migrante se designa como “síndrome de Ulises”, en referencia al personaje de la Odisea, quien responde “nadie”, cuando el cíclope le pide identificarse.
El migrante padece un “desequilibrio sustancial entre las demandas ambientales percibidas y las capacidades de respuesta del sujeto”. La soledad forzada “es un gran sufrimiento que se vive sobre todo de noche, cuando afloran los recuerdos, las necesidades afectivas, los miedos”. Los inmigrantes provienen de culturas donde las relaciones personales son muy cercanas, por lo que les resulta en especial penoso soportar el vacío afectivo.
La aproximación de Antonio Vega y Ana Graham a la migración es poética, polivalente. La trama gira en torno de un mexicano que viaja a Manhattan con el sueño de triunfar en stand up comedy. De día es conserje y de noche imagina mundos que se vuelven metáfora de su dolor y su carencia. Hay una evocación cáustica de la emoción romántica.
El migrante poco a poco se va convirtiendo en cucaracha, en una ciudad donde el encogimiento es epidemia. La columna de la historia es la relación del protagonista con su madre y su proceso de deshumanización en un contexto donde no es nadie, “donde la gente tira gente que todavía sirve”.
El tejido dramático es un complejo enjambre de estrategias de apariencia simple. En el aquí y ahora el personaje habla directo al público. En ese marco juega con los tiempos y espacios. El narrador salta del yo a personificar la voz de sí mismo de niño y la de su padre. Es testigo y parte de la historia. Sus amigos son un migrante en situación de calle, al que vemos en forma de pequeño títere, una cucaracha que fue persona alguna vez, con quien entabla cotidianas conversaciones y una rata que se disfraza de ardilla. La referencia a Kafka forma parte de las reflexiones.
Esta obra es una crítica a la dictadura del consumo. Expone un proceso incesante de desilusión, de desarticulación del sentido de lo heroico y de lo humano. El final de la trama es descorazonador. En una afortunada ironía se ofrece la posibilidad de un desenlace feliz: “Pero cuesta”, se advierte al público. Como cuesta todo: hasta los sueños.
El síndrome Duchamp está construida a partir de una delicada y contagiosa empatía. Con un arsenal de recursos imaginativos, sentido del juego y del humor. El espacio está poblado de objetos a los que va llenando de significado afectivo e implicaciones simbólicas, a los que vemos de manera directa y en la mediación del video en vivo. El tono es desparpajado. Y la exigencia actoral compleja.
El protagónico lo encarna el propio Antonio Vega. Lo acompaña en escena Miguel Pérez Enciso, en el papel de sombra y facilitador de utilería. La voz en off es de Concepción Márquez. Vega aborda a su personaje en un camino casi opuesto al histrionismo. De manera natural el énfasis recae en la fragilidad convergente entre personaje y actor. El manejo de los títeres, las sillitas y mesitas, la soledad extrema del personaje, la ternura que atraviesa el discurso, el diseño sonoro me mordieron el corazón. Hay en este trabajo autenticidad y no tienen lugar el narcisismo y lo grandilocuente.
La puesta en escena invita a pensar sobre la existencia concreta y práctica de fenómenos y objetos y su manipulación imaginativa; plantea preguntas sobre el sentido, la originalidad y la necesidad del arte, sobre el valor que damos a las cosas y a las personas. El Síndrome Duchamp se puede ver en el teatro El Galeón, de jueves a domingo hasta el primero de marzo.
