¿Un éxito?

¿Imaginan, lectora, lector, a una madre o un padre que, habiendo pasado la noche en vela estudiando con su hijo, felicitara al retoño porque reprobó el examen con la más baja calificación posible y la celebrara como si hubiera sido magnífica voceando al mundo que su vástago había obtenido un gran triunfo?

Estaba en tercero de primaria en El Pensador Mexicano, escuela pública ubicada en la inolvidable colonia Santa María la Ribera, plantel en el que solamente eran admitidos –¡agh!– alumnos varones. La noche anterior mi mamá se había desvelado conmigo preparando el examen de Geografía que tendría lugar al día siguiente. Nos habíamos aprendido nombres y ubicaciones de océanos, ríos, montañas y países, así como las capitales de estos últimos.

Mi mamá no me dejó acostar hasta que no le respondiera bien la totalidad de lo que me preguntaba. Sólo cuando le contesté acertadamente todas las preguntas me permitió irme a mi cama y ella se fue a la suya. Era medianoche o aún más tarde. Me había aprendido completamente lo que se necesitaba saber para la evaluación, así que no podía haber duda de que conseguiría un 10. Pero a la hora del examen todo –no exagero: todo– se me había olvidado. La maestra calificó mi prueba en cuanto me la recogió, pues no había en ella respuesta alguna, y me puso la calificación que me correspondía.

A la salida de la escuela, mi mamá, que me esperaba junto a numerosas madres que también habían ido por sus hijos, me preguntó ilusionada y sonriente cuánto me había sacado. Le respondí escuetamente: “Cero”. “¿Cómo?”, “cero”, volví a decir, contrito. Reaccionó sin dilación. Dejó de sonreír, se quitó una chancla y me la arrojó a la cabeza. Conociendo el carácter bravío de mujer jalisciense de mi madre, su reacción no me sorprendió. Lo extraño, lo incomprensiblemente extraño, hubiera sido que, dirigiéndose a todos los presentes, celebrara: “¡Qué exitazo, miren qué excelente calificación la que obtuvo mi hijo!”. Con un rápido y oportuno cabeceo eludí el proyectil, que entonces siguió su trayectoria y fue a dar a la mitad del arroyo de circulación. La escena provocó el divertido asombro de las demás mamás y la risa indisimulada de los niños que acababan de salir de clases. Yo supe que en casa me esperaba una paliza (faltaban muchos años para que se proclamara la Convención sobre los Derechos del Niño).

¿Imaginan, lectora, lector, a una madre o un padre que, habiendo pasado la noche en vela estudiando con su hijo, felicitara al retoño porque reprobó el examen con la más baja calificación posible y la celebrara como si hubiera sido magnífica voceando al mundo que su vástago había obtenido un gran triunfo? Lo único que podría pensarse es que la progenitora o el progenitor que procediera de esa manera lo que estaría haciendo es ocultar su pesar y su decepción adoptando una actuación esquizofrénica.

Ésa ha sido exactamente la actitud de la presidenta Claudia Sheinbaum ante la jornada del 1º de junio. Había repetido ad nauseam que la elección de jueces, magistrados y ministros era una exigencia del pueblo, pero solamente acudió uno de cada diez ciudadanos a las urnas; de los que acudieron un porcentaje significativo anuló su voto, y la gran mayoría de los sufragantes participó porque fue acarreada, coaccionada y/o extorsionada. ¡Y así se atreve a decir la Presidenta que el pueblo eligió a los próximos juzgadores y que la elección fue un éxito!

Los supuestamente elegidos para la Suprema Corte y el Tribunal Inquisitorial fueron exactamente los señalados en el acordeón del que se repartieron millones de ejemplares pagados con nuestro dinero. Nadie podía conocer los méritos –¡o deméritos!– de los candidatos.

Son lastimosas las abundantes imágenes que circulan en las redes de personas de edad avanzada y con vestimenta humilde que en las casillas abiertamente expresan que no saben por qué están votando ni quiénes son los candidatos, pero están allí porque se les dijo que tenían que ir a votar. Haberlas utilizado para el sainete fue una manera soez de humillarlas, de atropellar su dignidad.

Contra lo que afirma la Presidenta, los nuevos juzgadores no fueron elegidos por el pueblo ni siquiera por la décima parte de la ciudadanía. Los nuevos juzgadores fueron elegidos por la Presidencia de la República y los legisladores lacayunos. Recordemos que el Poder Judicial, acatando suspensiones ordenadas por juzgados de amparo, declinó seleccionar aspirantes. Contra lo que asevera la Presidenta, la pretendida elección de juzgadores fue un innegable fracaso –¡87% de abstención sin contar los votos anulados!– que desmiente que el pueblo haya exigido tal elección.

Ese fiasco, sin embargo, es la puerta a la tiranía.

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