El anhelo de eternidad

Nos resulta tan intolerable la idea de dejar la vida que, para forjarnos el espejismo de que seguiremos viviendo, decidimos que, tras la muerte, nos espera en otro mundo —de cuya existencia ningún ser humano tiene indicios— una vida eterna ya sin las penas de la que estamos viviendo (bueno, no a todos se les depara el cielo: solamente a quienes lo merecemos...).

Nos espanta tanto la muerte que, para hacer tolerable su presciencia, la volvemos calavera de azúcar, chocolate, amaranto, papel maché o papel de china; la arreglamos de catrina, elegante y guapa, no obstante que todo su cuerpo es pura osamenta: la representamos como una muerte amable, risueña, festiva.

Nos resulta tan intolerable la idea de dejar la vida que, para forjarnos el espejismo de que seguiremos viviendo, decidimos que, tras la muerte, nos espera en otro mundo —de cuya existencia ningún ser humano tiene indicios— una vida eterna ya sin las penas de la que estamos viviendo (bueno, no a todos se les depara el cielo: solamente a quienes lo merecemos; los demás serán castigados por sus malas acciones u omisiones). Los propios científicos lo creen: una encuesta realizada en 1996 por dos profesores estadunidenses, Edward Larson y Larry Williams, reveló que cuatro de cada diez son creyentes.

Nos gustaría tanto que aún nos acompañaran nuestros seres queridos ya fallecidos que nos hacemos la ilusión de que el Día de los Muertos vendrán a visitarnos, y por eso les levantamos ofrendas en las que no pueden faltar sus fotos y los manjares y las bebidas que les gustaban. Claro, queremos que al visitarnos estén como estaban en su mejor momento, no como seguramente habrán quedado un tiempo después de las pompas fúnebres o inmediatamente después de éstas si el cuerpo fue cremado.

Borges escribió: “Morir es ley de razas y de individuos. Hay que morirse bien, sin demasiado ahínco de quejumbre, sin pretender que el mundo pierde su savia por eso y con alguna burla linda en los labios” (Inquisiciones). Pero en realidad coincidimos con Unamuno: “No quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo que me soy y que me siento ahora y aquí, y por eso me tortura el problema de la duración de mi alma, de la mía propia” (Del sentimiento trágico de la vida). Y con Canetti cuando dice de la muerte: “Me parece lo más inútil y maligno que ha habido nunca, la calamidad fundamental de cuanto existe, lo incomprensible, lo que jamás ha sido resuelto…” (La provincia del hombre).

La sensatez está de lado de Borges, pero no tranquiliza nuestra sublevación ante la muerte. “No es que apetezcamos vivir porque consideremos las incidencias de la vida invariablemente gratas —advierte Savater—, sino porque aborrecemos la perspectiva de cesar definitivamente, para bien y para mal” (La vida eterna).

Nuestro rechazo no evita, como lo expresó de manera magistral Villaurrutia (Décima muerte), que su certeza nos acompañe como una sombra inevitable:

Si en todas partes estás,

en el agua y en la tierra,

en el aire que me encierra

y en el incendio voraz;

y si a todas partes vas

conmigo en el pensamiento,

en el soplo de mi aliento

y en mi sangre confundida,

¿no serás, Muerte, en mi vida,

agua, fuego, polvo y viento?

Pero ese rechazo nos ha llevado a los prodigiosos avances de la medicina, al espectacular incremento de la expectativa de vida. Porque, si sabemos vivir gozosamente, podemos decir con Charles Lamb: “Estoy enamorado de esta verde tierra; del rostro de la ciudad y del rostro de los campos; de las inefables soledades rurales y de la dulce protección de las calles… El sol y la brisa y las caminatas solitarias y las vacaciones veraniegas y el verdor de los campos y los deliciosos jugos de las carnes y de los pescados y los amigos y la copa cordial y la luz de las velas y las conversaciones junto al fuego y las inocentes vanidades y las bromas y la ironía misma, ¿todo eso se va con la vida?” (Mejor que el cielo).

Spinoza afirma enigmáticamente que el hombre libre, a pesar de su incontrovertible mortalidad, puede “saberse y experimentarse eterno” (Ética). ¿Alguien sabe lo que quiso decir? Quizá que vencimos a la nada al nacer y la nada aún no nos vence mientras vivamos. Porque como supo Baltasar Gracián: “Todo está ya en su punto, y el ser persona en el mayor” (Oráculo manual y arte de prudencia).

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