Alejandra

Siempre tuviste el coraje de no retroceder ante lo que eras. Invariablemente mostraste inquebrantable firmeza frente a los funcionarios que no veían con simpatía las tareas de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Les mostraste que, aunque no levantabas la voz ni prescindías de la cordialidad en tu trato, tenías bien puesto un corazón que latía con fuerza

A Alejandra Vélez, in memoriam.

Sólo en estas líneas puedo hacerte vivir de nuevo, recuperar la dulzura que irradiaba de tu mirada y de tu sonrisa, tu devoción por los tesoros que a veces se permite concedernos el destino, tus formas impecables de cortesía, tu plática siempre apasionada y apasionante, tu amor por los libros y la entereza con que defendiste siempre los principios por los que luchamos en la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF). Sólo en estas líneas puedo traerte del Hades, así sea por unos momentos.

Todo pasado está igualmente lejos y todo pasado está igualmente cerca, dilucidó Adolfo Bioy Casares. Está tan cerca el día que te conocí. Trabajabas entonces en la Arquidiócesis de México y me fuiste a ver a mi oficina del Programa Penitenciario de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos para conversar acerca de la visita conjunta que haríamos para supervisar las condiciones de los internos del hospital psiquiátrico Samuel Ramírez Moreno. Me deslumbraron tu belleza y el entusiasmo con que me compartiste tu convicción de que el diablo derrota a los que se dejan derrotar.

¿Te acuerdas, Alejandra, cuando, ya estando en la CDHDF, nos llamó Marcos Castillejos, director general de Reclusorios, alarmado porque Manuel Manríquez San Agustín, indígena preso en el Reclusorio Norte, llevaba varios días en huelga de hambre y se había cosido los labios para tampoco ingerir bebidas porque el Tribunal Superior de Justicia no había respondido en el plazo legal a su solicitud de reconocimiento de inocencia? ¡Qué pregunta, dirás! ¡Robert Louis Stevenson escribió: “¿Recordáis —¿acaso lo olvidaríamos?—…?”.

Acudimos tú y yo de noche al reclusorio a tratar de convencer a Manríquez de que pusiera fin a su abstinencia y se dejara aplicar suero por vía intravenosa. Lo encontramos acostado en una colchoneta, rodeado de internos que apoyaban su proceder y médicos listos para aplicarle el suero. Estaba inconsciente o seminconsciente, inmóvil, y parecía no escucharnos cuando le decíamos que tenía que salvar su vida. Le prometimos interceder ante el presidente del Tribunal para que respondiera en breve. No contestaba y esporádicamente abría los ojos que mostraban una mirada que parecía extraviada.

No nos dimos por vencidos. Nos sentamos a su lado, en el suelo, y al oído le dijimos: “¡Viva!”. Al abrir los ojos semiextraviados se encontró con tu mirada de miel, límpida. Quizá pensó que ya se encontraba en el cielo con un ángel y, suavemente, movió la cabeza de arriba a abajo. Era un ... Los médicos de inmediato le aplicaron el suero. Manríquez estaba salvado.

¿Y qué tal cuando comprobamos, con intenso escalofrío, la responsabilidad de tres jefes policiacos de origen castrense en la ejecución de seis jóvenes o en el encubrimiento de esas ejecuciones? ¿Y qué tal cuando comprobamos, comprobación que molestó mucho al procurador José Antonio González Fernández, que una mujer había sido quemada con cigarrillos en la Procuraduría General de Justicia?

Siempre tuviste el coraje de no retroceder ante lo que eras. Invariablemente mostraste inquebrantable firmeza frente a los funcionarios que no veían con simpatía las tareas de la Comisión. Les mostraste que, aunque no levantabas la voz ni prescindías de la cordialidad en tu trato, tenías bien puesto un corazón que latía con fuerza.

Una tarde extendiste tu mano blanca como un lirio, estrechaste la mía, me miraste y me dijiste con tu voz más emotiva: “Jefe, qué cosas hemos vivido en la Comisión. Jamás las olvidaremos. De viejitos nos reuniremos a recordarlas con la piel chinita”. Nos reunimos después muchas veces, a hablar de ésas y de otras muchas cosas. Me encantaba conversar contigo, que siempre rehuiste los lugares comunes y hacías reflexiones que me recordaban a Hölderlin: “Quien ha pensado lo más profundo, ama lo más vivo”. Pero no llegaste a viejita, creo que por vanidad —toda mujer bonita es vanidosa— al estar consciente de que los años, hasta ahora, no habían menguado tu belleza. Por eso no me dejas más remedio que volverte a la vida en estas líneas.

Voy ya en la tercera copa de vino, que hace que tu recuerdo sea más intenso, bendito sea Dionisio (Baco en la mitología romana). Te revivo en estas líneas, siento tu mano en mi hombro, pero no puedo, ¡ay!, escucharte, verte, abrazarte. No hace falta decirte, Alejandra, que tu adiós ha desgarrado mi alma y se ha llevado parte de mi ser.

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