A lo que no se atrevió Calígula

​​​​​​​Incitatus disfrutaba de copas de avena, mariscos y pollo; era adornado con mantos de púrpura y joyería; disponía de una villa con sirvientes dedicados exclusivamente a su cuidado y sus mimos; su caballeriza era de mármol con pesebres de marfil.

El emperador Calígula fue un gobernante tiránico y brutal, pero no es eso lo que más se comenta hoy en día de él, sino que amenazó con nombrar cónsul —una de las máximas magistraturas romanas— y sacerdote a su caballo favorito, Incitatus.

El emperador sentía auténtica devoción por ese equino. Cuando el caballo iba a competir en una carrera, para que durmiera sin interrupciones, Calígula no sólo dormía a su lado la noche anterior, sino que se imponía un silencio total en la usualmente bulliciosa Roma. Con motivo de la única derrota de Incitatus, el emperador ordenó que se ejecutara al auriga —el competidor que manejaba la cuadriga gobernando los caballos en las carreras— para alargar su sufrimiento.

Incitatus disfrutaba de copas de avena, mariscos y pollo; era adornado con mantos de púrpura y joyería; disponía de una villa con sirvientes dedicados exclusivamente a su cuidado y sus mimos; su caballeriza era de mármol con pesebres de marfil. Con cierta frecuencia comía en la misma mesa que el emperador, a quien le gustaba brindar por su caballo, brindis que tenían que seguir todos los comensales.

En algún momento Calígula anunció que nombraría a Incitatus sacerdote y cónsul. No lo hizo. En realidad, al anunciarlo su propósito fue humillar y ridiculizar a los senadores, y advertir a todos los romanos que era tan poderoso —se sabía apoyado por el pueblo y por el ejército— que podía llevar a cabo sin problema algo lo que se le antojara, incluso algo tan extravagante y absurdo. Lo anunció, pero no se atrevió a cumplirlo.

Dos mil años después, en nuestro país, la presidenta Claudia Sheinbaum se ha atrevido a designar a Hugo López-Gatell representante de México ante la Organización Mundial de la Salud, cargo inventado porque los países tienen representantes ante el conjunto de los organismos internacionales con sede en Ginebra, no exclusivamente ante uno de ellos. “Debería ser una vergüenza”, sostiene Sergio Sarmiento (Reforma). La designación no puede causar sino asombro e indignación. Como señala Pascal Beltrán del Río, López-Gatell, a quien el presidente López Obrador puso a cargo de combatir el covid-19, “es recordado como el funcionario que provocó uno de los peores desempeños nacionales frente a la pandemia, en número de muertes y casos” (Excélsior).

La Comisión Independiente de Investigación sobre la Pandemia de Covid-19, encabezada por el epidemiólogo Jaime Sepúlveda, descubrió que durante la pandemia se registraron en México 808 mil 619 muertes en exceso (el gobierno dio la cifra falsa de 334 mil 196), 260.7 por cada 100 mil habitantes. De esas muertes, 297 mil 149 eran evitables: se debieron a la mala atención a los enfermos. 215 mil niños quedaron en la orfandad. El presidente y López Gatell desaconsejaron el uso de mascarillas, recomendaron portar estampitas con imágenes religiosas y se demoraron una eternidad en adquirir las vacunas contra el virus.

Muchos enfermos murieron en su casa porque se recomendó que no se acudiese a hospitales salvo si el enfermo estaba muy grave. Se omitió proporcionar oportunamente insumos de protección al personal médico que enfrentó la crisis sanitaria y se negó la vacuna prioritaria a los trabajadores de la salud del sector privado, lo que ocasionó la muerte de 4 mil 843 trabajadores sanitarios, la tasa más alta del mundo.

La desastrosa gestión de la pandemia no es lo único reprochable a López-Gatell. En su periodo como subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, la vacunación infantil —que le había merecido a nuestro país reconocimiento internacional— se derrumbó estruendosamente, la mortalidad materna aumentó 30% y alrededor de tres mil niños con cáncer murieron por falta de medicamentos. Las protestas de los padres de esos niños recibieron una repugnante respuesta de López-Gatell. Los acusó de estar promoviendo, por protestar, un golpe de Estado. No es fácil concebir mayor miseria moral.

Al designarse a López-Gatell en un cargo inexistente tendrá, como observa Joaquín López-Dóriga, jugoso salario, automóvil, ayudantes, chofer, comidas, viajes y alojamiento gratuitos. Así se otorga, como apunta Gil Gamés, un premio al crimen. El crimen, entonces, sí paga, lamenta Carlos Marín (Milenio). Con la designación, la Presidenta ofende con prepotencia no sólo a las familias de quienes murieron durante la pandemia, sino a todos los mexicanos.

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