Cosmópolis

Vi Cosmópolis CanadáFranciaPortugalItalia, 2012 en la pasada edición del Festival de Cannes en la que formaba parte de la selección oficial. A los 20 minutos la pregunta “¿qué historia me quiere contar su director David Cronenberg?”, empezó a darme vueltas en la ...

Vi Cosmópolis (Canadá-Francia-Portugal-Italia, 2012) en la pasada edición del Festival de Cannes en la que formaba parte de la selección oficial. A los 20 minutos la pregunta “¿qué historia me quiere contar su director David Cronenberg?”, empezó a darme vueltas en la cabeza y así seguí hasta el final. Para escribir esta columna con miras a su estreno el viernes 3 de mayo, le concedí el beneficio de la duda viéndola de nueva cuenta y la pregunta regresó: el efecto fue el mismo.

Basada en la novela homónima de Don DeLillo —que no he leído— Cosmópolis es una historia que transcurre en un día desde que un joven multimillonario, deprimido y con tendencias autodestructivas se sube a la parte trasera de su limusina blanca enfrentando dos situaciones: una probable bancarrota por apostar su fortuna contra la subida del yen, y atravesar todo Manhattan para cortarse el pelo.

Durante ese recorrido que le toma el día y parte de la noche seguimos a Eric Packer, interpretado por Robert Pattinson, el lánguido vampiro de la saga Crepúsculo al que se le ve madera aunque muy verde y que todavía tiene un largo camino por recorrer en su carrera como actor. Cargando la película sobre sus hombros Pattinson recita una serie de parlamentos vacíos, sin sentido y planos que dan la apariencia de que ni él mismo comprendió.

Buena parte de la película sucede en el año 2000 dentro de la limusina en un día caótico de Nueva York con la visita del Presidente a la ciudad, amenazas de atentados, violentas manifestaciones en las calles y una crisis económica que está a punto de provocar un crash financiero. Diferentes personajes suben y bajan de la limusina y hablan con Eric que —como sentado en un trono— maneja distintas pantallas y conversa con heterogéneos interlocutores sobre tecnología, sexo, capitalismo, seguridad, poder y dinero. Tiene un encuentro sexual casi mecánico con una entusiasta Juliette Binoche y muestra más pasión cuando se somete a su chequeo diario de próstata (¿diario?), creo que le gusta hasta cuando su médico dice: “su próstata es asimétrica”.

Más allá de que la adaptación de la novela sea buena o mala, la película debería valer por sí sola, bien aparte del libro de Don DeLillo, pero esto no sucede. El cine de David Cronenberg se ha caracterizado por el desarrollo de historias dentro del género fantástico con tintes de ciencia ficción y horror y con cuestionamientos sobre la condición humana y la tecnología como ExistenZ, Crash, La Mosca, The Dead Zone, Videodrome y Spider, entre muchas otras. Recientemente se despegó del género con Una historia violenta, Promesas peligrosas y Un método peligroso.

Su regreso a esa línea sucede con Cosmópolis en la que desfilan otros actores que ante el llamado del director deben haber corrido a ponerse a su disposición pero que a estas alturas deben estar lamentándolo: Paul Giamatti, Juliette Binoche, Samantha Morton, Mathieu Amalric, figuras de primer nivel sometidas a interpretaciones sin pies ni cabeza.

Cronenberg escribió el guión en seis días y se nota. Puede que esos monstruos del cine puedan darse el lujo de hacer eso y tener su película en la Sección Oficial del festival de cine más importante del mundo pero su película “hace agua” por todos lados. Los diálogos son demasiado largos y algunos no llevan a ninguna parte. No hay un clímax o conflicto, el trabajo de Pattinson hace gris al personaje y aunque se esperaba mucho de él, el rol y la película en general le quedan enormes.

Juliette Binoche interpreta a una amante cuarentona del joven que además es su contacto en el mundo del arte. No queda claro su peso en el relato. Sarah Gadon es la fastidiada esposa de Eric en lo que se percibe como un matrimonio arreglado con intereses económicos, y sin duda el momento rescatable lo tiene Paul Giamatti, pero, eso sí, con un personaje desarticulado e inconcluso como todos los demás y que a fin de cuentas Giamatti saca adelante porque es buen actor.

Si quería llevar a la pantalla una crítica al modernismo y al declive del sistema capitalista que propone DeLillo, Cronenberg se perdió en su Cosmópolis, un atentado contra la paciencia que definitivamente no vería por tercera vez. 5/10.

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