Se aceleran muertes por cambio climático

Lorena Rivera

Lorena Rivera

Editorial

Las muertes relacionadas con el cambio climático han aumentado más desde la entrada en vigor del Acuerdo de París que las registradas una década antes. Esto es un hallazgo del informe 2026 de The Lancet Countdown sobre salud y cambio climático. Y no es todo. Los riesgos sanitarios se han acelerado a pesar de los esfuerzos globales para poner en marcha la transición energética.

 El estudio, presentado previo a las negociaciones de la 31ª Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP31) a llevarse a cabo en Antalya, Turquía, es contundente al señalar que los peligros a la salud y la supervivencia de las personas han llegado a niveles excepcionales.

El dato que mejor dimensiona esta emergencia es la mortalidad por calor documentada entre 2016 y 2023, ya que las altas temperaturas estuvieron asociadas a un promedio de 540 mil 800 defunciones anuales a nivel global, de estas muertes, la crisis climática causó 68% en comparación a 55% del periodo 2006 y 2015. 

Solamente 2023, el año más caluroso del que se tengan registros, fue responsable de 710 mil fallecimientos por calor, que superó las muertes por malaria o VIH. 

Estas cifras toman mayor dimensión cuando se ponen en un contexto de desigualdades, sí, porque no todos los organismos responden de la misma manera al estrés térmico, no sólo por su condición física, sino también por factores socioeconómicos. 

Los adultos mayores, bebés, pacientes de enfermedades crónico-degenerativas, mujeres embarazadas y personas que trabajan al aire libre son los más afectados. 

Pero estos grupos en países con un índice de desarrollo humano (IDH) bajo, sobre todo quienes viven en condiciones de pobreza, enfrentan riesgos aún mayores, porque no tienen la capacidad de protegerse de los impactos y por ello experimentan una proporción más elevada de fallecimientos atribuibles al calor, aunque la contribución histórica de sus países al calentamiento del planeta ha sido menor respecto a las naciones más desarrolladas.

Junto a las temperaturas extremas están la exposición y los golpes de calor, porque si bien una persona sin factores de riesgo puede experimentar estrés térmico por calor y poner en peligro la vida, aquellas que tienen alguna enfermedad existente puede agravarse, como padecimientos cardiovasculares, respiratorios y hepáticos, por ejemplo.

Cambio climático y salud están vinculados a la capacidad laboral de las personas y éste es otro de los hallazgos importantes del décimo informe de The Lancet Countdown. El año pasado se perdieron 573 mil millones de horas laborales potenciales y esto representó una pérdida de ingresos por 1.07 billones de dólares. 

Para las naciones con un índice de desarrollo humano bajo y medio, las mermas fueron más hondas, para las primeras, las pérdidas fueron de 5.0% del Producto Interno Bruto; para las segundas, de 3.7% del PIB; en contraste, en los países con un IDH alto fue de 1.4% y 0.5% en los de un IDH muy alto.

La crisis climática debilita las economías y, por consiguiente, los sistemas de salud. Pensemos en América Latina y México, donde viven poblaciones expuestas a temperaturas extremas y a sequías —que se relacionan con la seguridad alimentaria e hídrica—, porque son economías con una importante dependencia de las actividades agrícolas.

El reporte destaca que las sequías extremas han aumentado más en la década posterior al Acuerdo de París, pero de manera desproporcionada. Y la salud de los sistemas alimentarios también están siendo dañados.

En 2025, las sequías extremas afectaron 51.8% la superficie terrestre mundial al menos un mes al año, lo cual es la segunda cifra más alta de los registros. Esto contrasta con la aceleración en el aumento de los días con lluvias muy extremas, pues se observó que entre 2016 y 2025 éstas afectaron al año a 17.2% del planeta, lo cual significa mayor riesgo en la incidencia de inundaciones que amenazan la salud de las personas.

En este sentido, temperaturas extremas y los cambios en los patrones de precipitación han aumentado las condiciones favorables para la transmisión de enfermedades por vectores, como el dengue, malaria y virus del Nilo occidental.

La inestabilidad del clima y el vínculo con la salud es un tema que no puede pasarse por alto, pero hay muchos rezagos que hacen difícil evitar impactos y daños severos. 

En 2025, 75.8% de los países miembros de la Organización Mundial de la Salud (OMS) no había reportado evaluaciones de vulnerabilidad y adaptación desde 2020 —necesarias para una respuesta eficaz basada en pruebas—, y 71.1% no había notificado la elaboración del Plan Nacional de Adaptación de la Salud, la guía de la acción y la movilización de recursos. En este sentido, el financiamiento internacional que ya se ha desembolsado no ha cubierto ni un tercio de las necesidades resultantes de los golpes de la inestabilidad del clima.

Lo peor vendrá para aquellos países que no tengan un plan de reducción de riesgo de desastres para hacerle frente al fenómeno de El Niño 2026-2027, amenaza que se suma a los riesgos climáticos. A estas alturas ya deberían haber detectado exposición y vulnerabilidad, así como preparación y alerta temprana.

Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud, en la presentación del informe de The Lancet Countdown lo resumió bien: “Las pruebas son innegables: el cambio climático es una de las mayores amenazas para la salud a las que se enfrenta la humanidad. Sus efectos ya son visibles a través de un mayor estrés térmico, fenómenos meteorológicos extremos, inseguridad alimentaria y enfermedades… Pero este informe también nos recuerda que las soluciones están a nuestro alcance. Si situamos la salud en el centro de las políticas climáticas, podremos salvar millones de vidas, construir sociedades más resilientes y garantizar un futuro más saludable para todos”.

Y ya se sabe que se requieren reducciones urgentes de las emisiones de gases de efecto invernadero, inversión en ciencia y tecnología, así como financiamiento climático y para la salud. Una lucha contracorriente.