El sueño se esfuma

La vida pública de México tiene coincidencias que parecen salidas de una novela. Mientras la nación entera observaba la podredumbre que provocó Guadalupe Taddei en el Instituto Nacional Electoral (INE), uno de los liderazgos que empujó la creación de ese instituto, Cuauhtémoc Cárdenas, murió a los 92 años de edad.

Una coincidencia que muestra una realidad dolorosa para muchos de mi generación: el sueño se esfuma.

En 1988, la sociedad mexicana, entonces con una pujante juventud que nació y creció en los dolorosos años de las constantes crisis económicas, consecuencia de los errores de los gobiernos populistas de Luis Echeverría y José López Portillo, y que estallaron en la cara de Miguel de la Madrid, comenzó a tomar las calles y los foros universitarios para expresar la urgencia de construir un México con democracia, con equilibrio de Poderes, con poder ciudadano, sin fraudes electorales y sin gobiernos que pasaban sobre los ciudadanos.

Algunos desde las añejas fuerzas de izquierda, que hasta entonces eran más marginales que determinantes. Otros desde la fuerza de los panistas que hasta entonces eran los únicos que, poco a poco, voto a voto, iban ganando espacios en municipios y el Congreso de la Unión para contrastar su visión con la del oficialismo priista. Y otros más desde las mismas entrañas del PRI. Pero todos con un punto en común: las estructuras de poder del país debían cambiar.

Pertenezco a la generación de la crisis económica, a la del desempleo constante y los recortes presupuestales; las graves consecuencias de la caída del precio del petróleo, de la devaluación de nuestra moneda, de la incesante inflación y de un gobierno que parecía no escuchar el hartazgo de una juventud que ya no sentía como propio el nacionalismo revolucionario que ayudó al país a estabilizarse después de la Revolución ni creía que el monopolio político priista era un destino irremediable.

Por eso la rebeldía de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenía Martínez, al criticar y reventar desde dentro al entonces poderoso PRI, fue para miles de nosotros una esperanza democrática.

Pero también la decisión de un Manuel Clouthier y el grupo de panistas que lo respaldaron para que el PAN dejara de ser un eterno competidor testimonial, generó entusiasmo en quienes anhelábamos cambiar al país.

A ellos se sumaron voces históricas de la entonces izquierda minoritaria, como Heberto Castillo.

Ya se habían dado pasos importantes desde finales de los 70 y en 1988 las elecciones cerradas, que pusieron a temblar la enorme y aceitada maquinaria electoral priista, fue un parteaguas: el PRI tuvo que sentarse a dialogar con sus opositores y aceptar que las elecciones ya no podían ser organizadas, vigiladas y certificadas por ellos; que era necesario dar cabida a las voces que exigían cambiar esa dinámica.

La crisis política de 1994, con los asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, junto con la rebelión zapatista, entre otros sucesos, permitió el nacimiento de un Instituto Federal Electoral autónomo, ciudadanizado que, para miles de nosotros, fue como una de nuestras máximas victorias sociales.

Gracias al instituto, hoy nacional, se logró la alternancia en el gobierno y surgió una nación con equilibrio de Poderes, con una SCJN cuyos integrantes ya no eran empleados presidenciales y se crearon organismos autónomos para regular al gobierno. El Legislativo dejó de ser una oficialía de partes y la fuerza de las minorías atemperó gobiernos para que no avasallaran.

Todo eso lo hemos perdido poco a poco desde 2019. Ya no hay una Corte libre. Ya no hay organismos autónomos que regulen al poder presidencial. Ya no hay un Legislativo donde se dialogue, porque en él renació la aplanadora, pero ahora en una versión tan gandalla que ya ni se molesta en cumplir con la ley.

Y lo que hizo Taddei en el INE fue herir de muerte a nuestra gran institución electoral.

Lastimosamente parece que el sueño de mi generación se esfuma.