Contra todos los pronósticos, ganó Lula la segunda vuelta de la elección presidencial brasileña. El domingo, antes que abrieran las urnas, los apostadores le daban 20% de probabilidad de triunfar. Pero una probabilidad baja no es una probabilidad nula. En Brasil, se hizo la chica.
No comulgo con la agenda de Lula de mayor intervencionismo del Estado en la economía. Tampoco me gusta que alguien gobierne un país por 16 años (lleva 12 y sumará cuatro más al haber ganado el domingo). Sin embargo, si hubiera podido votar en Brasil, lo hubiera hecho por Lula porque tajantemente rechazo una opción desleal con la democracia, como es el caso de los Bolsonaro, padre e hijo.
Tras perder las elecciones presidenciales de 2022 frente a Lula, Jair Bolsonaro conspiró para impedir la alternancia y mantenerse en el poder mediante la intervención de las Fuerzas Armadas y medidas de excepción. Miles de sus seguidores asaltaron las sedes de los tres poderes en Brasilia.
Por tal motivo, el Supremo Tribunal Federal condenó a Bolsonaro a 27 años de prisión. Actualmente se encuentra en detención domiciliaria. Su hijo, Flávio, heredero del bolsonarismo, prometió perdonarlo si ganaba las elecciones presidenciales.
Por más diferencias que yo tenga con Lula, no hubiera podido votar por una alternativa que rechaza los resultados de la elección e intenta imponerse por la fuerza, tal y como ocurrió con los Bolsonaro.
Lo mismo pienso, por cierto, de Trump, que debió haber sido juzgado y condenado por la toma violenta del Congreso en 2021 para impedir la certificación de la elección presidencial que ganó Biden.
El hecho es que Lula ganó y se vienen años muy difíciles para Brasil.
Primero porque queda un país muy polarizado prácticamente a mitades. Y, como consecuencia, ese país tendrá un gobierno muy dividido.
Por un lado, un Presidente de izquierda. Por el otro, un Congreso dominado por partidos de centroderecha y derecha. En la Cámara de Diputados, la derecha en su conjunto tendrá aproximadamente 303 de los 513 escaños (59%), mientras que los partidos de izquierda reunirán unos 124 (24%). En el Senado, el Partido Liberal de los Bolsonaro también será la primera fuerza, aunque sin mayoría absoluta.
En Brasil, además, los gobiernos locales tienen mucho poder. La derecha controlará 14 de 27 gobiernos estatales, que concentran 64% de la población, mientras que el PT de Lula sólo cuatro de ellos, donde vive 14% de los brasileños. Esta diferencia es aún más escasa en las alcaldías donde el PT sólo controla 4.5 por ciento.
Lula tendrá la Presidencia, pero no necesariamente el control territorial, la seguridad pública ni buena parte de la ejecución de las políticas sociales que están a cargo de los gobiernos locales.
Tanto en el Legislativo como en los estados y municipios, el bolsonarismo será la fuerza dominante. Naturalmente, le hará la vida de cuadritos al Presidente.
Para empezar, como era de esperarse, no han reconocido la victoria de Lula el domingo pasado. Pretenden que se anulen los comicios bajo el argumento de que un juez cercano al Presidente decidió mantener abiertas las casillas por más tiempo del legalmente permitido. Es el primer round de una larga pelea entre el lulismo y el bolsonarismo.
Ayer, la reacción de los mercados financieros al triunfo de Lula fue extraordinariamente negativa. La bolsa brasileña perdió 14%, el real se depreció 8% y los bonos soberanos bajaron de precio, de tal suerte que el Tesoro de ese país canceló las subastas programadas de deuda pública ante la volatilidad.
La preocupación central es la sostenibilidad de las finanzas públicas brasileñas. Y es que el déficit fiscal total se acerca a 10% del Producto Interno Bruto (PIB), cuando la deuda pública supera 82% del PIB. En este contexto, se ve imposible que Lula cumpla con su promesa de campaña de ampliar programas sociales y otras medidas de gasto. Los inversionistas temen que no se realice un ajuste fiscal suficiente para estabilizar la deuda.
Más allá de estas legítimas preocupaciones financieras, se vislumbra un posible escenario de ingobernabilidad producto de la polarización y el gobierno dividido. Lula encabezará un gobierno debilitado obligado a negociar permanentemente para evitar una parálisis del Estado. Se enfrentará a un Congreso potencialmente hostil, una oposición que cuestionará su legitimidad, una situación fiscal delicada y gobiernos locales adversos. Es muy posible que haya conflictos entre poderes cuando le bloqueen nombramientos en el Supremo Tribunal Federal y el banco central. Hay analistas que incluso prevén intentos de destitución presidencial si estalla una crisis económica.
Sí, qué bueno que ganó Lula. Pero vienen tiempos muy complicados para el gigante sudamericano. Pobre Brasil.
X: @leozuckermann
