Mi amigo ha muerto

Es claro que él no está ya en el mundo, y hablar sobre el amor ya no tiene sentido. Lo que aún no me explico es por qué siento aún la tibieza de sus manos y no puedo abrir los ojos.

Mi amigo ha muerto. Su cara se repite en mi mente y no encuentro consuelo. Él era un poeta y, cuando uno de ellos muere, las aves del cielo y los animales que se arrastran lloran por meses, incluso años. Con frecuencia hablábamos del mar, del amor, de la vida. Le confesé mis faltas; él las suyas. Creo que encontrábamos consuelo en mensajes cortos y cálidos. La tristeza me acompaña desde que mi amigo no está y he decidido buscarlo. No importa que me duela la espalda y que los huesos de las piernas me crujan, me internaré en el bosque, caminaré sobre lo verde y húmedo y lo encontraré.

Todo volverá a ser como antes. Estoy segura que él está ahí, todo blanco y rosa, con su sonrisa sobre la mano. Casi lo veo sentado en la piedra, como los otros. Hablaremos de cuando nos conocimos y, aunque yo no soy poeta, nos comprendimos. Él era azul y yo también. Él me dijo que había visto desde el avión los campos quemados, como en su infancia; yo también los veo ahora y recuerdo una sombra en sus ojos.

Quería hablar de Dios con mi amigo, le quería decir que ya no creía en él. Deseaba confesarle que estaba escribiendo una novela en la que Dios ya no existía y eso me daba pavor. Mi madre y yo rezábamos todas las noches y le pedíamos a Dios que nos ayudara. A menudo no puedo dormir sin rezar y luego recuerdo que Dios ya está muerto. Y veo la cara de mi amigo vacía antes de tiempo.

Llego a la piedra, aquí siempre llueve. Yo había estado aquí, con otro amigo, al que encontré  enroscado sobre la piedra. Me acurruqué en su espalda y flotamos un rato en el bosque, mientras llovía. Pero Andrés no está aquí. Quizá porque ya no creo en Dios, estoy siendo castigada y ya no me permitirán hablar con los poetas muertos. Cierro los ojos y rezo y aparece un gato que me dice: “Sígueme”. No sabía que a Andrés le gustaran los gatos, pero sigo al animal.

Todo se repite, pero diferente. Antes, también había un gato. Pero todo terminó en la piedra. Después de platicar con mi amigo regresé a la normalidad. Abrí los ojos y estaba en mi departamento. Pero ahora me doy cuenta que hay un territorio después del bosque y me da miedo, porque sé de mi debilidad por este tipo de lugares.

Estamos en los campos quemados que vimos desde el avión. Un hombre pasa con una yunta, arrastrada por un animal blanco que no reconozco. Los dos me miran con los ojos de mi amigo. El sol está muy caliente, el gato se me mete entre las piernas, me tira en la tierra y me lame la oreja.

Ahí está Andrés, en una silla de madera. Hay fuego a sus costados. El gato se le monta en los brazos. Cuántos troncos hay a su alrededor, seguro va a construir una casa allá a donde va. Tiene tanto rojo en los ojos que me aturde. Platicamos, y recuerdo aquella tarde en la que comimos camarones, carne, pastel de chocolate y tomamos vino. Pienso que no tiene caso hacerle más preguntas. Es claro que él no está ya en el mundo, y hablar sobre el amor ya no tiene sentido. Lo que aún no me explico es por qué siento aún la tibieza de sus manos y no puedo abrir los ojos.

Andrés Sánchez Robayna, en paz descanse.

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