El centro de la galaxia

Leda Rendón

Leda Rendón

Umbrales mínimos

Ella bajaba, con mucho cuidado, una pequeña montaña, iba en su coche, y tuvo la certeza de que ésa era la atmósfera de su siguiente cuento, no tenía muy claro por qué ese momento era tan especial, pero continuó todo su trayecto con esa certeza. No tenía del todo clara, tampoco, la razón por la que el simple hecho de estar suspendida en una pendiente sobre un coche le producía tal sensación de libertad. Pero así era, se imaginó de pronto por fin escribiendo un cuento fabuloso, uno que sorprendería a todos y se propuso entrar al mundo que se le había presentado por unos segundos como un portal mágico. 

Primero sopesó la idea de escribir un cuento en el que se convertía en un árbol, es decir, que ella con su conciencia humana experimentaba el crecimiento y la vida de un árbol, porque le había fascinado la idea de que “los árboles son aire solidificado”, ya que consumen el carbono que está en el aire. Y suspiró y se imaginó en un contacto voluptuoso con el viento, sintió el gas entrando en su organismo de árbol, se vio, a ella misma, siendo ramas y tronco y raíces. Contaría todo desde que era una semilla, luego describiría su primer rayo de sol sobre su, aún diminuto, cuerpo. Enseguida hablaría de su hermosura de roble, con todo un ecosistema funcionando en torno a sus bondades. 

 Ahora ella está acostada y vuelve a vivir la epifanía, viene con el sol amarillento que se cuela por la puerta de su habitación. Siente paz. ¿Cómo puede sentirse así si está tan cansada? ¿Será que ahora está como hipnotizada? Normalmente vive con una sensación de insatisfacción en el cuerpo y se pregunta si a los otros les pasará lo mismo o únicamente a ella. Y ve el sol, y el sol le saca una sonrisa, ya no quiere nada demasiado especial, sólo desea un poco de lo que le pertenece. ¿Por qué todo es tan injusto?, piensa. Está hecha un nudo, le duele el estómago y se pregunta qué pudo haber hecho tan mal para recibir tanto odio, y no encuentra ninguna respuesta, porque no la hay. Ya lo sabe.

La mujer siente un golpeteo en las tripas, como si hubiera una culebra en su interior, además las tiene duras, casi sólidas. Cierra los ojos, ahogada de dolor y ve una luz en su interior, es una luz entre lo negro, un cometa flotando en medio de la galaxia que es su estómago. Sí, la mujer tiene la certeza de que en su estómago está el centro de la galaxia y esa idea la vuelve loca. No es posible. Debe ser que imaginarse como un árbol definitivamente la sacó de la realidad. Entonces decide caminar entre las personas para ver su reacción. Si es verdad lo que siente, entonces debe ser especial para los otros su sola presencia.

La mujer se baña, se pone un hermoso vestido amarillo y sale a caminar, ¿la voltean a ver?, sí. Un niño se detiene varios segundos frente a ella, con un helado en la mano, y la mira fijamente al estómago. Ella lo permite hasta que la madre corre a quitarle al niño de enfrente y le pide una disculpa. Los niños son particularmente sensibles a las cosas importantes. Pero ese incidente no probaba nada. No podía comprender qué sucedía: una mujer caminaba por la ciudad con el centro de la galaxia en el estómago y nadie lo veía realmente. ¿Cómo era eso posible?

Ella camina varios kilómetros y va coleccionando pequeños incidentes que podrían indicar que hay algo especial en ella. Pero nada es contundente hasta que una ciega le pide unas monedas. Ella mete la mano en su bolsillo y saca una pequeña piedra transparente. Ve con asombro la piedra; no sabía de su existencia y la suelta. El tesoro cae en la mano de la ciega que, sin pensarlo, se traga la piedra y abre sus grandes ojos negros, que se llenan de vida y se arroja a los pies de ella.