Tom en el granero

Por Alonso Díaz de la Vega Las notorias alusiones que Xavier Dolan hace con su thriller Tom en el granero 2013 a Alfred Hitchcock, así como las sutiles referencias a Estados Unidos y una cultura muy similar a la del conservador Midwest denotan intenciones abiertamente ...

Por Alonso Díaz de la Vega

Las notorias alusiones que Xavier Dolan hace con su thriller Tom en el granero (2013) a Alfred Hitchcock, así como las sutiles referencias a Estados Unidos y una cultura muy similar a la del conservador Midwest denotan intenciones abiertamente políticas, pero desafortunadamente carentes de la compasión que requiere el diálogo. Con Tom en el granero, Dolan aspira a reformar los prejuicios y el odio contra la comunidad homosexual en las zonas rurales de Norteamérica, pero más bien emprende un combate con las mismas armas que sus opositores y fracasa en el ejercicio dialéctico, que ni siquiera intenta iniciar. Para Dolan el cambio deriva de la retórica. Esto se percibe desde la ominosa escena inicial en la que el enlutado Tom (Xavier Dolan) arriba a la granja donde creció su amado Guillaume, ahora muerto. La atmósfera brumosa, el mugido de las vacas grabado con un volumen y textura amenazantes, tienen algo de la llegada de la protagonista de Rebecca (1940) a la mansión Manderlay, también embrujada no por un fantasma, sino por un recuerdo. La primera aparición de Francis (Pierre-Yves Cardinal), el hermano sexualmente reprimido de Guillaume, se da en la noche, cuando despierta a Tom mientras le cubre la boca con la mano y lo obliga a mantenerse mudo sobre su relación con su hermano. Este thriller, como Psicosis (1960), al que Dolan rendirá homenaje durante una ducha, tiene un monstruo, pero mientras Hitchcock le dio a Norman Bates (Anthony Perkins) una humanidad compleja y una posibilidad de ser visto como persona, Dolan le brinda a Francis una identidad patética, simple, cuyas características se suman como un símbolo.

Es difícil no comprender esta cinta como panfletaria, exagerada y paranoica, lo cual la hace un ejercicio hábilmente manipulador para su causa y para mantener a los espectadores tensos. Dolan también se cuida de caer en generalizaciones al establecer la granja de la familia de Guillaume como un lugar maldito al que ninguno de los demás pueblerinos quiere acercarse. El terreno de los Longchamp está encerrado afuera de un tiempo más tolerante en el que vive el resto de la comunidad. Sin embargo, el que Francis porte una chamarra con la bandera estadunidense en la escena final y la última canción del soundtrack hable de su hartazgo con América son elementos generalizadores que apuntan a un blanco en común y exigen el necesario respeto a los derechos de los homosexuales. La intención es loable, pero la narrativa revela temor, apatía y beligerancia. Dolan quiere forzar a los intolerantes a aceptarlo, y aunque su artesanía como cineasta es extraordinaria para un joven de 25 años, el ponerla al servicio de un intenso narcisismo y un discurso caprichoso lo excluye aún de la grandeza.

Dirige:

Xavier Dolan. 

Actúan:

Xavier Dolan.

Pierre-Yves Cardinal.

Lise Roy.

Evelyne Brochu.

Manuel Tadros.

@diazdelavega1

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