Donald Trump está a punto de descubrir que la credibilidad no es un activo perpetuo. Sobrevivió a escándalos sexuales, procesos judiciales, acusaciones de corrupción y declaraciones que habrían terminado con la carrera de cualquier político y sobrevivió, y por segunda ocasión volvió a la Casa Blanca. Hoy podría perder las elecciones por algo mucho más elemental: millones de estadunidenses dejaron de creerle y se sienten traicionados por él.
Al cierre de esta columna, casi 60 millones de estadunidenses ya votaron anticipadamente. Texas superó los ocho millones de sufragios y Carolina del Norte rompió sus propias marcas. Una participación extraordinaria para unas elecciones intermedias. Las urnas aún no revelan ganadores, pero sí un entusiasmo ante la posibilidad de cambiar el equilibrio del poder en Washington.
Las encuestas tampoco ofrecen consuelo al presidente Trump. NBC news coloca a los demócratas siete puntos por encima de los republicanos en la preferencia por el control del Congreso: 52% frente a 45%. Reuters/Ipsos sitúa la aprobación presidencial en apenas 32%. Tres cada cuatro estadunidenses consideran que la economía va por el camino equivocado.
Mientras tanto, Trump insiste en que Estados Unidos vive una prosperidad extraordinaria.
La economía creció 3.4% en el tercer trimestre, sí; pero la inflación alcanzó 3.7% y los precios de la energía muestran aumentos considerables. El crecimiento suena espectacular en el papel, pero no permea a la cuenta del supermercado, la hipoteca o el recibo de electricidad.
Durante décadas, Donald Trump capitalizó el resentimiento social en identidad política. Supo interpretar magistralmente el abandono de las comunidades, la desconfianza a Washington y el hartazgo con las élites. Encarnó como nadie las teorías de la conspiración y representó al perfecto outsider. Convenció a millones de personas que alguien los escuchaba y comprendía; creó su culto. Uno de sus grandes talentos consiste en lograr que sus seguidores confíen más en él que en las instituciones. Y, ahora, pretenden que crean más en sus palabras que en su propia realidad.
Ahí están las alertas, el presidente tuvo que regresar a Texas, Iowa y Kansas, estados que ganó con amplia mayoría en 2024, para salvar las candidaturas republicanas. En Texas, el demócrata James Talarico está siete puntos por encima del republicano Ken Paxton. En Michigan, Abdul El-Sayed supera por 11 puntos a Mike Rogers. Kansas, Maine y Ohio también registran ventaja demócrata.
Las encuestas no representan los resultados finales y ya han fallado, como en 2016, pero sí están obligando a los republicanos a recalibrar sus esfuerzos en territorios que daban por seguros.
No se confundan.
Una victoria demócrata no significa una conversión o adhesión ideológica del electorado. El voto de castigo puede devolverles el Congreso sin resolver su crisis de liderazgo. Las divisiones internas, particularmente sobre Israel y la política exterior, siguen abiertas.
Los demócratas podrán dominar el Poder Legislativo, investigar a la administración Trump y hasta frenar su agenda. Pero necesitan demostrar que pueden ofrecer soluciones reales sobre vivienda, salarios, inmigración y costo de vida. El rechazo a Trump no constituye un aval a su proyecto de nación.
El presidente confundió su capacidad de seducir al electorado y dominar la conversación pública con un cheque en blanco para imponer su realidad con frases grandilocuentes y exaltaciones a la nostalgia. Por años le funcionó de maravilla con sus seguidores. ¿Estamos frente al fin del trumpismo? Todavía no, pero sí se acerca su ocaso. Su movimiento MAGA, construido sobre la identidad, el agravio y el culto a su persona, no termina con una derrota legislativa, pero sí comienzan los aprietos, los cuestionamientos y la pérdida de credibilidad. ¿Lograrán capitalizar los demócratas estos errores? Al tiempo…
POST SCRIPTUM
Urge escuchar las demandas legítimas de la Generación Z y reconstruir el contrato social, las protestas en Europa son sólo la primera llamada..
