Reforma fiscal: estamos a tiempo

Los efectos de reproducción de la actividad industrial en otras actividades son muy altos.

Las decisiones más importantes de un sexenio deben tomarse al principio del mismo porque, de no hacerlo así, se perderá una irreparable oportunidad para reclutar los apoyos necesarios.

El aumento de los impuestos siempre repugna, ya que hay una aversión a que el gobierno gaste demasiado. No se simpatizará con aumentos a presupuestos por mucho que sea evidente que se requieran fondos para realizar la labor del gobierno para sostener y dinamizar la economía y la marcha general del país. Por mucho que lo anterior se explique, siempre habrá resistencias.

El momento que se escoja tiene que calcularse con cuidado, ya que lanzarse a los reajustes de los presupuestos públicos puede requerir reformas estructurales que resultarán un fracaso. La decisión suele depender totalmente del humor político de la comunidad que perciba prosperidad o relajamientos negativos. Nadie querrá reducir el gasto gubernamental si es considerado útil y fomentador de progreso.

Por el contrario, son constantes las voces que, por una u otra razón, quisieran que el dinero que se recaude de los impuestos esté más seguro y mejor empleado por los mismos causantes, en lugar de que lo administre el gobierno, al que se le tiene poca confianza.

En México, sin embargo, el problema del desarrollo está íntimamente ligado a la capacidad de atender los problemas básicos como el nivel nutricional, la salud, educación y en general el bienestar social. La queja que más ha caracterizado al gobierno inmediatamente anterior es que se hubieran destinado fondos excesivos para el consumo y a las obras paradigmáticas y ostentosas en lugar de haber destinado cantidades análogas para incrementar las capacidades productivas de las microempresas y cómo esto resulta en el desaprovechamiento total del potencial socioeconómico del país. La comunidad debe de atender, en primer lugar, su potencial de producción de artículos y servicios. Esto significa no sólo aumentar la “productividad”, sino también la producción, en términos reales, de todo el proceso.

Es importante la actividad industrial en virtud de que la experiencia nos enseña que sus efectos de reproducción en otras actividades son muy altos, de tal suerte que la mayor parte del gasto industrial provenga de muchas entidades que ofrecen componentes del producto final. Por esta razón, en nuestro caso, el estímulo a las pequeñas y medianas industrias que emplean la mayor parte de nuestra de fuerza de trabajo es de primordial importancia y, casualmente, fue la más abandonada por el régimen de AMLO.

El principal defecto que tuvo la administración recién pasada fue la de no aportar lo suficiente para estimular la producción. Esto se reflejó en la necesidad de importar no sólo fuertes volúmenes de granos y comestibles, sino también componentes y piezas, además de artículos de consumo diario distribuidos a través de las cadenas de los supermercados. De ahí que una parte predominante de la industria mexicana ha sido ocupada por empresas extranjeras.

El gran dilema que tiene que afrontar el gobierno naciente es el momento en que habrá de decidir lanzarse a modificar principios y normas presupuestales, a fin de que el gobierno cuente con el respaldo financiero que requiere, entendiéndose que, en comparación con otros países miembros de la OCDE, México todavía está rezagado con una participación del PIB de apenas de poco más de 20%.

En orden de prioridad es importante la actividad industrial, en virtud de que las estadísticas muestran que ésta estimula la mayor parte en el uso de factores en otros sectores productivos, como la agricultura. Por esta razón es importante que la comunidad mexicana atienda su potencial productor, esto no significa aumentar la “productividad”, sino también estimular la producción real de productos físicos y de servicios, que son los que califican la pujanza socioeconómica del país.

El tema en mucho depende de la oportunidad y profundidad de la reforma fiscal que el gobierno se recete, tomando en cuenta la complejidad de los factores involucrados. No hay tiempo que perder para preparar este importantísimo paso que es clave para el avance equilibrado e incluyente de todo el país. La medida en que la necesaria reforma fiscal requiera ajustes en principios y tasas de aplicación tendrá como efectos el fortalecimiento de la pujanza económica y la confianza de México en el exterior.

No hay que esperar momentos “oportunos” para la inevitable reforma fiscal que tendrá que hacerse en el sexenio que se inicia.

Es muy afortunada la mención del secretario de Economía sobre la necesidad de una reforma fiscal cuyas evidencias de retraso ya se sienten avanzadas. Antes de que nuevamente triunfen los que se oponen a ella.

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