Contra el odio, memoria

Juana Ramírez

Juana Ramírez

El Arco de Juana

¡Fuera judíos! Escuchar esas palabras en 2026, estremece. Este fin de semana aparecieron entre las consignas de una extraña manifestación en Polanco. Se puede cuestionar al gobierno de Israel, condenar una guerra, defender al pueblo palestino y exigir un alto al fuego. Lo que no debería confundirse es la crítica política con el rechazo a una persona por su origen o religión. 

Frente al odio, quizá la mejor respuesta sea la memoria. Desde la salud, mucho a recordar.

Jonas Salk, hijo de inmigrantes judíos, desarrolló en 1955 la primera vacuna eficaz contra la poliomielitis. Albert Sabin, nacido en una familia judía y emigrado a EU, desarrolló después la vacuna oral. El impacto es difícil de dimensionar: en 1988 la polio causaba alrededor de 350 mil casos al año en más de 125 países; hoy los casos han disminuido más de 99% y la OMS estima que la vacunación ha evitado la parálisis a más de 16 millones de personas.

Baruch Blumberg descubrió el antígeno de la hepatitis B, que permitió identificar el virus y desarrollar pruebas para detectar la infección. Recibió el Nobel de Medicina en 1976. Gertrude Elion transformó la farmacología moderna: participó en el desarrollo de la 6-mercaptopurina para leucemia, la azatioprina que hizo más viable el trasplante de órganos, el alopurinol y antivirales como el aciclovir. Ganó el Nobel en 1988.

Podríamos seguir con Paul Ehrlich, figura de la inmunología y la quimioterapia; Selman Waksman, cuyo trabajo condujo a la estreptomicina contra la tuberculosis, o Rosalyn Yalow, Nobel por el radioinmunoensayo, que permitió medir concentraciones diminutas de hormonas y otras sustancias en la sangre.

No es una lista de “inventos judíos”. La ciencia no tiene religión. Es la demostración de lo que ocurre cuando el talento puede estudiar, investigar, migrar, colaborar y crear sin que su origen determine hasta dónde puede llegar.

México también tiene una historia que contar. Durante el siglo XX recibió médicos judíos que escapaban de persecuciones y guerras europeas. La Facultad de Medicina de la UNAM ha documentado la creación de ARS Medici por profesionales refugiados durante el Holocausto, quienes se reunían para intercambiar conocimiento y publicar investigación; también se sumaron médicos mexicanos no judíos.

Uno de los niños refugiados fue Silvestre Frenk Freund. Llegó de Alemania a México en 1930. Fue pionero del estudio de la desnutrición, la endocrinología y la nutrición pediátricas. Presidió la Academia Nacional de Medicina y formó generaciones de especialistas. Desde 2013, el Hospital de Pediatría del Centro Médico Nacional Siglo XXI lleva su nombre.

Su hijo, Julio Frenk, fundó el Instituto Nacional de Salud Pública, fue secretario de Salud de México y es el único latino que ha sido nombrado decano de la Escuela de Salud Pública de Harvard. David Kershenobich, actual secretario de Salud y miembro de la comunidad judía mexicana, es uno de los grandes hepatólogos del país: participó en la creación de la primera Clínica de Hígado en México, investigó la reversibilidad de la cirrosis, presidió la Academia Nacional de Medicina y dirigió durante una década el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán.

La condecoración Eduardo Liceaga —uno de los máximos reconocimientos de la medicina mexicana— ha sido otorgada a Jorge Rosenkranz, Samuel Karchmer Krivitzky, David Kershenobich, Silvestre Frenk, Enrique Wolpert Barraza, Rubén Lisker Yourkowitzky y Raquel Gerson Cwilich. Estos nombres representan importantes aportaciones en investigación, perinatología, hepatología, nutrición, genética y oncología que ayudaron a construir la medicina contemporánea.

Nada de esto significa que una religión produzca mejores científicos. Demuestra lo contrario. La medicina es uno de los mejores lugares para comprender la inutilidad del prejuicio. La ciencia avanza porque el conocimiento cruza fronteras, una generación construye sobre la anterior y personas distintas pueden trabajar en torno a una misma pregunta.

La historia nos enseñó qué ocurre cuando dejamos de mirar personas y comenzamos a etiquetar pueblos enteros. Frente a un “fuera judíos”, hace falta memoria para recordar que cuando una sociedad excluye a alguien por quien es, perdemos todos.