El vaivén del peso de la historia

El empecinamiento de culminar una reforma electoral regresiva profundizará la polarización

Un orador de izquierda puede pronunciar el más incendiario de los discursos, pero intenta señalar los peligros de tales palabras y todo el bando izquierdista alzara un aullido de denuncia.

A. Solzhenitzyn

 

Parafraseando a Tito Monterroso, cuando Lorenzo Meyer despertó, la izquierda y la derecha aún estaban ahí. Menciono al escritor, que en otros tiempos tuvo una respetable reputación, porque es de los escasos analistas políticos que todavía cree en una cuarta transformación con principios muy claros, que construye un proyecto de nación y que está obteniendo resultados tangibles y benéficos para México. Hago un paréntesis para aclararles a quienes me cuestionaban sobre la “convicción íntima” de Claudia Sheinbaum. A mi juicio, está en la misma creencia. Su tarea consiste en construir el segundo piso de un fantasioso edificio sin salirse ni un milímetro de lo que se considera como incontestable.

Es inagotable el relato de gobernantes fracasados que se aferran a lo que ya no funciona. Es algo que viene de lejos, de la primitiva mentalidad de dividir cualquier asunto como profano o sagrado.

Es necesario decirlo, la cuarta transformación es un fetiche: “ídolo y objeto de culto al que se atribuyen poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos”. Urgen ideas claras y pragmáticas. Como bien señala Robert Kaplan, “la historia es shakespeariana, al igual que la geopolítica, un asunto de contingencia”.

Nadie duda que México, en las actuales circunstancias, requiere unidad, pero de consenso, no de imposición; autoridades con legitimidad en el ejercicio del poder y no partidizadas, atropellando la ley, pretendiendo exterminar a quien se oponga; no con juzgadores implacables para sancionar al adversario, pero tolerantes con la oprobiosa impunidad de quienes son afines al partido en el poder.

Estamos en un momento de dudas, lo que los filósofos denominan “fluctuación del juicio”. Ortega y Gasset hablaba de braceo desesperado entre olas. Es evidente el dilema al que se enfrenta la presidenta Sheinbaum (a eso me refiero cuando hablo de ética de la responsabilidad) o continúa en su papel de encargada del changarro sin iniciativa personal como militante de una facción partidista o deviene titular del Poder Ejecutivo federal con todas sus consecuencias.

A nadie le conviene la ambivalencia de su desempeño. Las nuevas tecnologías de comunicación están erosionando los cimientos de la cohesión social. Los encasillamientos emocionales son más resistentes al entendimiento. La política, por culpa de quienes la hacemos, se ha tornado insensata. Sólo liberándonos de la tiranía del pensamiento derecha-izquierda, vamos a tener una deliberación más civilizada y productiva.

Una cuestión es esencial: el Estado debe privilegiar la cultura sobre la política. Es condición fundamental para alcanzar una democracia liberal. No podemos seguir así, se han deteriorado a tal grado nuestras instituciones que nos encontramos en un siniestro vacío. No percibirlo es síntoma grave de irresponsabilidad.

La agenda está saturada. El empecinamiento de culminar una reforma electoral regresiva profundizará la polarización. Una mala negociación del tratado de libre comercio cimbrará aún más nuestra economía. Empeñarse por una mal entendida afinidad ideológica al apoyar gobiernos repudiados por la ciudadanía nos arrastró al abismo; seguir inyectando recursos para la resurrección de un Estado-empresario inepto y corrupto impedirá otorgarle a la población los servicios indispensables. Solapar a recomendados es una forma de corrupción. La seguridad y la justicia son los principales fines del pacto social. Estos son sólo algunos temas. Por lo pronto, un ajuste en el gabinete sería una incipiente, pero buena señal.

Seguir haciendo historia es una expresión que suscita perplejidad. Ojalá no sea un epitafio para señalar un periodo nefasto de nuestro apesadumbrado acontecer.

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