Cuando el espectáculo se vuelve ridículo

El espectáculo no es una guardería, no es un refugio para egos heridos ni un espacio para improvisados.

Gustavo A Infante

Gustavo A Infante

Última palabra

Hay momentos en los que uno, después de tantos años en este oficio, se pregunta en qué momento el espectáculo dejó de aspirar a algo y empezó a conformarse con cualquier cosa. No con talento, no con historias sólidas, no con personajes interesantes, sino con ruido. Mucho ruido... y pocas nueces. Un reality que no conozco... y no por gusto. Arranca un nuevo reality show grabado desde Brasil con 12 parejas. Y lo digo sin rodeos: la mayoría, por lo menos para mí, son perfectos desconocidos. Y no es que yo sea dueño del conocimiento universal del espectáculo, pero cuando tienes décadas cubriendo esta industria, algo debería sonarte. Aquí no pasa. Entre los nombres “conocidos” aparecen Salvador Zerboni, Mario Bezares y Lorenzo Méndez, el exmarido de Chiquis Rivera, quien ahora entra con su primera esposa, la misma a la que en su momento demandó. ¿De verdad no había otra historia qué contar? ¿De verdad el amor se volvió tan reciclable? Esto no parece un experimento social, parece un ajuste de cuentas emocional televisado. Zerboni entra sabiendo que el conflicto es su combustible natural. Bezares busca redención eterna. Y Méndez insiste en vivir del pasado como si fuera una pensión vitalicia. Todo bajo el pretexto del “amor”, cuando en realidad lo que se vende es morbo.

Cuando el ring se convierte en set de grabación y si eso no fuera suficiente, aparece Julio César Chávez Jr. entrenando a Aldo De Nigris para su pelea contra Nicola Porcella el próximo 15 de marzo. Y aquí voy a decir algo que a muchos no les va a gustar: Chávez Jr. no debería estar entrenando a nadie. Debería estarse entrenando a sí mismo. El Junior necesita un campamento cerrado, concentración absoluta, cero redes sociales, cero cámaras, cero enlaces. Necesita boxear, no posar. Prepararse, no grabar contenido. Porque, siendo honestos, sus últimos resultados como boxeador profesional han sido francamente malos. Malos en forma, malos en fondo y malos en disciplina. El ring no entiende de seguidores ni de historias de Instagram. El ring cobra factura. Y si el Jr. quiere regresar en serio, debe dejar de jugar al personaje mediático y volver al oficio que dice amar. De lo contrario, que no se sorprenda cuando vuelva a perder. El apellido no boxea. Ser hijo de Julio César Chávez es un honor, pero también una responsabilidad. Y usar ese apellido mientras se entregan resultados mediocres es casi una falta de respeto al boxeo. No basta con subirse al ring, hay que ganárselo. Y hoy, tristemente, Chávez Jr. está más cerca del

espectáculo que del deporte.

Demandar porque hablan de ti: el colmo. Y como si el absurdo no tuviera límite, aparece el caso de Cibad Hernández, pareja de Alicia Villarreal, quien amenaza con demandar a un sujeto que vive en San Diego, California, porque habla de él, presume relaciones inexistentes, intentó ligarse a Alicia Villarreal sin éxito y dice haber sido cercano a Dulce, que en paz descanse. Perdón, pero ¿en serio? ¿Eso amerita tribunales? ¿Eso merece tiempo, recursos y expedientes? Hay delitos graves, hay víctimas reales, hay injusticias verdaderas... y aquí estamos hablando de egos lastimados. Los tribunales no son terapia emocional. Los juzgados no están para resolver pleitos de cantina ni berrinches de vanidad. No están para callar bocas incómodas ni para inflar egos frágiles. Si alguien te molesta, si habla de más, si presume lo que no es, hay otras formas de enfrentarlo. De frente. Con pruebas. Con carácter. Pretender judicializar cada comentario incómodo no te hace fuerte, te exhibe. Y lo único que demuestra es una profunda incapacidad para tolerar la crítica. Todos quieren reflectores, nadie quiere consecuencias. Éste es el verdadero problema del espectáculo hoy: todos quieren fama, pero nadie quiere responsabilidad. Todos quieren cámaras, pero pocos quieren disciplina. Todos quieren ser protagonistas, pero no están dispuestos a pagar el precio real. Reality shows llenos de desconocidos, boxeadores distraídos jugando a entrenadores y personajes que quieren usar la ley como escudo de su orgullo. Así está el panorama. El espectáculo no es una guardería, no es un refugio para egos heridos ni un espacio para improvisados. Es una industria dura. Y quien no lo entienda, tarde o temprano, queda expuesto. Sin maquillaje. Sin edición. Sin filtro.