Vivimos rodeados de símbolos, placas, efigies, emblemas y esculturas de bronce, mármol y acero que intentan exaltar la memoria y la grandeza de la Ciudad de México, aunque es claro que no todas las piezas tienen el mismo peso ni han logrado trascender de la misma forma.
Ahí tenemos, por ejemplo, el defenestrado complejo escultórico de Cristóbal Colón; la estatua decapitada de Felipe Calderón en el Complejo Cultural Los Pinos; la Diana Cazadora; el Cocodrilo, de Leonora Carrington; el Caballito, de Sebastián; la intocable Joven de Amajac; el Paseo de las Heroínas, y el Ángel de la Independencia o La Victoria Alada, por mencionar algunos.
Cada una de estas piezas ha tenido un recorrido propio y se ha empleado para fines distintos, aunque la ciudadanía mantiene una relación contradictoria con ese follaje artificial —como en cualquier otra capital del mundo— que un día sirve como emblema para celebrar un partido de futbol y al siguiente es ignorado por la multitud o transformado en lienzo para la protesta en turno.
Son figuras que despiertan asombro y desprecio y que, en ocasiones, han llegado a la literatura de la mano de Efraín Huerta, Carlos Fuentes, Ramón López Velarde, Octavio Paz o Salvador Novo, entre otros.
Por eso no es extraño que, en junio pasado, el Comité de Monumentos y Obras Artísticas en Espacios Públicos de la Ciudad de México (Comaep) “analizara” las propuestas —a cargo de Mariana Gómez, directora de Patrimonio Histórico, Artístico y Cultural— para colocar dos esculturas en el espacio público: Ajolote y Calendario Azteca, ambas de la escultora Edysa Ponzanelli.
La primera será colocada en el Embarcadero de Cuemanco Adolfo Ruiz Cortines, como parte de los trabajos de rehabilitación que se han realizado en el entorno. Además, de acuerdo con el proyecto, para dicha obra —que no requirió autorización del INAH, por estar fuera de la zona de monumentos históricos— la escultora “recolectó plantas y hojas de lirio de Xochimilco, las cuales fueron fundidas dentro de la pieza, que tiene una serie de patrones de flora nativa de la zona de Cuemanco”, según se relató en el Comaep.
La segunda se ubicará en la Plaza Tlaxcoaque. La propuesta original consideraba que fuera colocada frente a la fuente de la siempre vandalizada Capilla de la Inmaculada Concepción, con un diámetro de 4.5 metros y un basamento de metro y medio. Sin embargo, especialistas como la cronista Ángeles Gamio y la artista plástica Glenda Hecksher Ramsden señalaron que la escultura invadiría la visión del monumento histórico, por lo que sugirieron su reubicación.
Imagino que, al ser un tema de suma relevancia, los integrantes del Comaep volvieron a reunirse, un día después, y aprobaron por unanimidad la colocación de Calendario Azteca en la Plaza Tlaxcoaque, enfrente de la escultura de Azerbaiyán, del lado derecho de la capilla, de forma diagonal.
Primero, debo decir que nadie duda de la capacidad de Edysa Ponzanelli para realizar dichas esculturas, pero ¿no sería importante que las autoridades capitalinas lanzaran un concurso para que artistas de todo el país pudieran postular su propuesta a un comité calificador? ¿Cuál fue el criterio para encargar estas obras a la misma artista que hizo el Paseo de las Heroínas?
Y, por otro lado, me parece que las autoridades culturales de la capital deberían concentrarse en temas más urgentes. Por ejemplo, en atender el deterioro del Centro Cultural Ollin Yoliztli, dotar de instrumentos a los alumnos de la Escuela de Música Vida y Movimiento y trasladarlos a una sede digna, o, al fin, edificar la sala de conciertos que aún le deben a la Orquesta Típica de la CDMX. ¿De qué sirve bañar de bronce a una ciudad con tantos pendientes?
