Se publicaron ayer los resultados de la esperadísima convocatoria para concretar la compra masiva de libros de pequeñas editoriales mexicanas —con un presupuesto total de 50 millones de pesos—, bajo el pretexto de actualizar los acervos de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas.
La propuesta, anunciada por la Secretaría de Cultura federal y el Fondo de Cultura Económica, que dirigen Claudia Curiel y Paco Ignacio Taibo II, respectivamente, nació con la intención de apoyar a sellos independientes luego de que Ediciones ERA revelara la crisis financiera que atraviesa.
Al ver los resultados, es claro que muchos beneficiarios merecen sin duda el apoyo, así que el monto que obtendrán por la venta de sus libros les vendrá bien para respirar unos meses más, ya que realizan un trabajo loable y de calidad, aunque otros, asociados a grandes sellos comerciales, quizá no debieron participar o no tendrían que haber sido incluidos este año, dada la naturaleza y la coyuntura del tema.
Lo que sí me parece una falla o una injusticia abismal —tan grande como el penal que le marcaron a Robben en contra de México en el Mundial de Brasil 2014— es que el mayor monto otorgado este año, que asciende a dos millones de pesos, sea para una editorial que ya recibe apoyo del Estado y que, además, ¡es una de las instituciones convocantes! Me refiero al Fondo de Cultura Económica que, muy convenientemente y sin establecerlo en las bases, se puso en primer lugar para autocomprarse libros.
Uno supondría que, como en cualquier concurso del mundo civilizado, quienes lanzan la convocatoria no podrían participar, pero esa regla pareciera que ya nadie la recuerda. ¿Se vale ser juez y parte en este proceso?
Pese a todo, me habría encantado estar presente en esa deliberación entre camaradas en la que decidieron conceder la cifra más alta a la paraestatal, incluso por encima de Ediciones ERA (por 1.5 mdp) o de sellos como Elefanta Editorial (1.8 mdp), Sexto Piso (1.7 mdp) y Nostra Ediciones (1.2 mdp), y no sería excesivo que Claudia Curiel aclarara el criterio o la excepción aplicada en este caso.
EL RETORNO DE LA FILIJ
Esta semana se confirmó el regreso de la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil (FILIJ) al Centro Nacional de las Artes (Cenart). Nada nuevo bajo el sol.
Llama la atención que los encargados de este foro, que no ha prendido en otras sedes, ahora aseguren que su retorno definitivo está en puerta, como si fuera un gran logro, y que todo fue posible por obra y gracia de la “democracia pura” y de la “obediencia a los públicos”, como reportó ayer la prensa cultural.
Tanta argumentación me sugiere un mero acto de arrepentimiento con aires de desparpajo. Ojalá el ansiado retorno al Cenart —donde la FILIJ llegó a tener problemas severos de logística— consiga el cometido de revitalizar este foro que alguna vez fue referencia en el continente. Esperemos que para la edición 44 de la feria, que se realizará del 13 al 22 de noviembre, el Fondo de Cultura Económica (FCE) destine el presupuesto necesario y se pondere la calidad y la diversidad en su programa.
¿MYRIAM MOSCOSO?
Un detalle que pasó casi desapercibido durante la entrega del Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria en el Idioma Español 2026, otorgado a Juan Villoro el pasado 14 de octubre, fue el gazapo del rector de la UNAM, Leonardo Lomelí Vanegas, quien en su discurso confundió el nombre de la poeta Myriam Moscona —que acudió en representación del jurado— por el de Myriam Moscoso. Es una pena que el equipo del rector no acudiera en su auxilio y le recordara el apellido correcto de la reconocida poeta y narradora mexicana, a quien al parecer nunca ha leído.
